Inicio»Carmen»Simplemente Brigitte

Simplemente Brigitte

0
Compartidos
Google+

Semejaba un día de fiesta. La caravana de vehículos lanzaba sus estruendos entre el ruido del claxon y las risas y los gritos de los adolescentes que, en medio de las inclemencias del sol, se confundían al unísono en el trayecto de la carretera.            —¡Todos a Bahamita! —dijo una voz que, al frente del contingente, parecía llevar la batuta del recorrido.

Bahamita era una de las playas más transparentes de la Isla. Era tal la limpidez de sus aguas y la agradable finura de su arena, que su nombre había sido el resultado en diminutivo de las siempre admiradas y admirables islas Bahamas, famosas por sus playas.

Toda cubierta de muy altivas palmeras, la zona parecía más que un paraíso, y su sombra, en franca comunión con la longitud de los cocoteros, daba una inmensa sensación de frescura.

—Ya deben estar filmando, dijo Antonio, uno de los tantos compañeros de la secundaria que, sin solicitar permiso a sus padres, habían decidido sumarse a última hora a la improvisada caravana que se había formado circunstancialmente para transladarnos a Bahamita.

La atractiva playa estaba aproximadamente a la mitad de la Isla. Y, en ese entonces, era considerada una región casi lejana pues el casco de la ciudad apenas se extendía a dos kilómetros dentro de su zona limítrofe, en un sitio donde estaba un pequeño parque dedicado a la memoria de Cuauhtémoc, aún cuando más adelante —en lo que en el pasado reciente habían estado fincas y conucos— existían algunas viviendas y los edificios de la Universidad del Carmen.

El imán de aquel jolgorio popular, especialmente juvenil, se llamaba Brigitte Bardot. Sí. Efectivamente. La escultural actriz francesa. El sex symbol de la época correspondiente a mis años mozos.

Brigitte había llegado a la Perla del Golfo para filmar algunas escenas de la película “El Boulevard del Ron” al lado de Lino Ventura,  la producción de este largometraje, después de haber grabado otras escenas en varios puntos de la República Mexicana (como Tlacotalpan, en el Estado de Veracruz), había decidido hacer escala en Bahamita.

La actriz arribó con esa cauda filmográfica que inició en 1952 y que de inmediato se consolidó con títulos como “Si Versalles pudiera hablar” (1954), “Helena de Troya” (1956), “Y Dios creó a la mujer” (1956) y “La profesional y la debutante” (1970), entre tantas otras.

En Ciudad del Carmen se hospedó en un motel que estaba poco más allá del parque dedicado a Cuauhtémoc. Y desde ahí, a muy temprana hora, había salido rumbo a la playa con su equipo de producción —incluyendo su “doble”— para filmar las escenas correspondientes. Transcurría el año de 1971.

—Tranquilos que ya estamos llegando, dijo uno de los compañeros, en medio del alborozo que significaba para aquellos adolescentes —y más todavía en la provincia— conocer, apreciar muy de cerca, y si era posible hasta saludar, a la hermosa actriz, entonces cobijada por la aureola de la fama cinematográfica.

Brigitte, en efecto, era una de las actrices más influyentes en el ánimo de los cinéfilos de entonces.

Al lado de Sofía Loren, Gina Lollobrígida, Elizabeth Taylor y Claudia Cardinale, formaban el esquema de los símbolos de la feminidad de la época.

Ya empezaba a despuntar por ese tiempo —al menos en el gusto de nuestra transitoria adolescencia— una actriz que se convertiría en el sueño de los arrestos juveniles: Ornella Mutti.

Conocer a Brigitte y, más aún, verla actuar, era excelente oportunidad, máxime si ocurría en uno de los escenarios carmelitanos más prominentes como lo era la exclusiva zona de Bahamita, privilegiada por la naturaleza.

La llegada de la caravana resultó impresionante. Camionetas, carros y motocicletas se acodaron a un lado del balneario, ante la mirada suspicaz de los marinos de la Armada de México y de los policías municipales que, apostados cerca del equipo de filmación, vigilaban los movimientos de las decenas de personas que habíamos acudido al llamado de un rumor que había propalado que allí, en Bahamita, estaría la actriz francesa.

Brigitte jamás se inmutó ante la presencia de la gente. Todo lo contrario. Buscó mezclarse con todos aquellos que, curiosamente asombrados por su carisma, pretendían su cercanía.

Demostró sencillez. Y esta actitud, indudablemente, inspiró confianza. Algunos, incluso, pidieron retratarse con ella; y otros, menos avezados, simplemente prefirieron aparecer discretamente, casi ocultos, atrás de los protagonistas de las gráficas.

Uno de los integrantes —creo que el director del filme, Robert Enrico— pide que guardemos silencio. La filmación, en breve, dará inicio. Mientras, el cuerpo de la producción da indicaciones a los principales actores: Lino Ventura y Brigitte Bardot.

El equipo fílmico parece un ejército. Hay aproximadamente 40 personas a cargo de toda la producción, desde el director hasta quienes participan en el doblaje, pasando por los técnicos, los iluminadores, los asesores, los mensajeros y, desde luego, los actores.

Brigitte permanece sentada mientras su “doble” realiza algunas escenas con Lino Ventura. Ella observa detenidamente. Cruza las piernas mientras su esbelto cuerpo, en traje de baño, se cubre con el reflejo de los rayos solares que caen tímidamente por los entrecejos de las palmeras. Platica al oído, en tono bajo, con quien da las instrucciones para hacer las tomas correspondientes. Vuelve a observar, en tanto la pareja se desliza en una escena amorosa.

Todos estamos en silencio, sólo con el juego de los movimientos de los ojos que siguen la secuencia de la expresión corporal de los actores.

—Ya me cansé, dice uno de nuestros compañeros, luego de aburrirse tras ver una y otra vez la repetición de la escena que, a juicio del director, tiene detalles que no encajan en sus instrucciones.

Brigitte entonces se levanta de su asiento. Va hacia donde está su “doble” y Lino Ventura. Y queda libre en el escenario playero, con una exuberante escenografía verde representada por las gallardas y altivas palmeras de coco.

La actuación ocurre. Algo así como una escena de amor traumatizada con un acto de violencia. Ella corre por la playa, perseguida por Lino Ventura. El trasfondo del paisaje, en verdad, resulta bastante impresionante. Más que impresionante: un supraparaíso. Eso es lo que le da firmeza a la escena. La belleza del lugar. La finura de Bahamita.

Luego de dos o tres tomas, Brigitte sonríe relajada. La verdad, es una mujer impresionante, atractiva, sin contrastes de ningún tipo.

—Parece una escultura, dice uno de los asistentes que refiere los mejores epítetos a su persona, a su trayectoria y, especialmente, a las caracterizaciones realizadas en esa ocasión, ante decenas de carmenses que se desplazaron hacia Bahamita para verla actuar.

Y es que sus 37 años, por ese entonces, no se notaban ni en su rostro ni en su cuerpo, todo un conjunto anatómico de armonía desplazándose por las aguas no sólo de Bahamita, sino de Puerto Real, donde disfrutó también la tranquilidad de la playa y la transparencia de su mar.

Verla transitar en esos días por la ciudad, recorriendo las calles y callejuelas del centro histórico hasta La Puntilla, visitando el parque principal del puerto y el templo parroquial, y disfrutando al mismo tiempo de la arquitectura decimonónica de El Jesús, fue un paladar para quienes —ojos masculinos sobre todo— únicamente la veíamos a través de la pantalla grande sin imaginarnos que algún día vendría a esta isla para realizar una escena ataviada de arena y de mar, foliada con el vaivén de las palmeras.

Algún tiempo después, cuando el filme empezó a circular por el mundo y llegó a México, la curiosidad se centró —al menos en nosotros los carmenses— en ver el paisaje de Bahamita reflejado en el espejo de sus aguas y en la suavidad de su arena.

Poco importaba hasta ese momento si Lino Ventura personificando al Capitán Cornelius sobrevivía al naufragio luego de que los guardacostas norteamericanos hundieron su embarcación, o si Brigitte Bardot haciendo el protagónico de Linda (la actriz de un filme) era convencida por el traficante de alcohol para irse con él a la misteriosa aventura marítima por la ruta de “El Boulevard del Ron”.

Esperábamos más fascinados que apareciese los cinco minutos de fama de Bahamita que, si bien nunca se dice el lugar —situación normal en estos casos cuando la trama ocupa distintos lugares de varios países—, para nosotros los carmelitas de todas maneras nos resultaba trascendente.

Y sí. Allí estaba mi ínsula a través del espacioso tramo playero que alguien, en el pasado, comparó con Las Bahamas, luciendo en todo su esplendor esa exuberante superficie cubierta, como trasfondo, de gallardas palmeras proyectando una estampa verdeante propia de la vida misma de la naturaleza.

Desde entonces disfruto los minutos de gloria que quedaron como estampas para el recuerdo, una imagen que se fue con el amarillamiento letal dejando casi desierto el ventanal de Bahamita como ocurrió con toda la Isla del Carmen.

Serían las seis de la tarde cuando retornamos a la ciudad, luego de que los trabajadores de la producción levantaron el anclaje de sus equipos quedando el lugar nuevamente desolado y silencioso.

Brigitte Bardot ya se había retirado. Pero su figura sencilla, delgada, fina, espigada, armónica, proporcionada, seguía aleteando en el ambiente de quienes, testigos de aquel incidente, habíamos disfrutado de su presencia y su actuación.

Y así nos quedó su imagen, que es la misma que seguimos conservando desde que se consumieron los sueños de la adolescencia.

Daniel Cantarell Alejandro

Noticia anterior

Autobús colisiona a Spark en periférico

Siguiente noticia

Sorprenden a mujer al intentar robar dos pantalones en conocida tienda