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Convive Laura Hernández con su bebé en la penitenciaría

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“Mi niño nos ha dado vida, esperanza y mucha alegría durante estos últimos nueve meses”, señaló Laura Hernández López, mientras se seca las lágrimas al añorar su libertad. De sus ojos cafés oscuros emana un brillo renovador al mirar a Ángel Gabriel, su hijo, que juega sin saber que también está preso en el penal de San Francisco Kobén.

El semblante de Laura cambia. Sonríe. El lustro que lleva encerrada ante la condena de 10 años por transporte de cocaína en un autobús de pasajeros, no ha mermado sus esperanzas y entusiasmo, y sobre todo el amor de su esposo, al que conoció cinco meses antes de que la detuvieran. “No me ha dejado sola. Me ha dicho que el día que salga, él saldrá también, porque está preso igual, aquí conmigo”.

A sus 29 años, Laura lleva a cuestas cicatrices en el alma, heridas que la llevaron a la devastación y depresión por el encierro. Ha tenido cinco hijos, uno de ellos, una niña con síndrome de Down, falleció, mientras esperaba ser sentenciada. Al los otros tres no los ha vuelto a ver. Solo sabe que la mayor de 16, se casó.

Ángel Gabriel, el más pequeño, permanece a su lado. Con él renació su alegría y deseos de superarse. Sus otros dos hijos no saben que purga condena. Ella les habla por teléfono y les dice que trabaja. Un halo de tristeza nubla de nuevo su mirada, al recordar el reclamo constante de que “creen que no los amo”.

Lo único que quiero es saldar mi deuda con la sociedad, recuperar a mis hijos y regresar a Chiapas, para estar con ellos y trabajar duro, junto a mi esposo, que se mudó para acá para no dejarme.

Ángel permanece en su regazo, mientras relata cómo su condición de pobreza, ingenuidad, el abandono del padre de su hija con síndrome de Down, la necesidad de pagar tratamiento médico especializado de la pequeña y la falta de programas estatales en Chiapas, la orillaron a tomar una errónea decisión.

Con la promesa de tener dinero suficiente se colocó paquetes de cocaína alrededor de su cintura para transportarla de Quintana Roo a Tabasco. Fue contratada como “mula” con dos mujeres más. Las descubrieron en el 2011 en un retén militar del ejido 20 de Noviembre, de Calakmul. Les confiscaron casi 14 kilos de cocaína.

Mientras habla, su pequeño se inquieta al aburrirle las pelotas de colores que la directora del penal le obsequió. Laura se siente bendecida por Dios a pesar del encierro y del tiempo que parece dilatarse cada segundo. Cada día parece eterno, sobre todo por la distancia de sus otros hijos y del cariño de su esposo, quien acude religiosamente a verla en días de visita.

 

EL MILAGRO DE LA LIBERTAD

El carisma del bebé no solo ha contagiado de alegría a Laura, sino hasta a la más longeva de sus compañeras, a quien parece la ha amargado los años de reclusión.

Doy gracias a Dios porque en el penal me ayudaron para que operaran a Ángel, que al mes de nacido tenía obstruido uno de sus intestinos, vomitaba todo lo que le daba y mírelo ahora. Apenas despierta, grita para que mis compañeras lo lleven a caminar.

Laura afirma que ha recibido asistencia médica, psicológica y apoyo para la compra de pañales, leche, alimentos y medicamentos. Lo que no pudo cubrir cuando nació su cuarto hijo.

Espera salir el próximo año para reencontrarse con sus pequeños. Por eso dejó atrás su rebeldía y mala conducta, y cumple las tareas encomendadas por el juez de Ejecución de Sanciones Federal.

Aunque su abogado prácticamente la abandonó, no pierde la esperanza de un milagro. Como aquel que le devolvió la alegría, cuando menos lo esperaba: su hijo Ángel Gabriel.

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