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Día del Migrante entre hambre, sol y selva….

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EL DESENGAÑO, Candelaria.— A 200 días de su llegada a la franja fronteriza entre Guatemala y México, los desplazados chapines permanecen en el olvido del Gobierno del Guatemala, y sobreviven gracias a las dádivas de algunas asociaciones religiosas y altruistas, y con la visita esporádica de personal de la Cruz Roja sólo para “tomarse la foto” y dejarlos de nuevo en el abandono.

Son 105 familias que huyeron el 2 de junio pasado de la comunidad guatemalteca de “Laguna Larga”, cuando agentes de la Policía Nacional Civil, miembros del Ejército de Guatemala y personal del Consejo Nacional de Áreas Protegidas los expulsaron de su comunidad, ubicada en el área protegida del Parque Nacional Laguna del Tigre.

Las 410 personas entre niños, adolescentes, jóvenes, adultos y senectos, llegaron a la línea fronteriza entre México y Guatemala para buscar la protección de organismos internacionales y evitar la represión de su gobierno. Esperaban llegar a una solución, pero no han habido negociaciones y no han logrado llegar a ningún acuerdo.

Y luego de la novedad de su llegada a esta línea fronteriza, donde el frío cala hasta los huesos, y donde conviven con las plagas de mosquitos y todo tipo de alimañas, los organismos internacionales se olvidaron de ellos.

Las asociaciones civiles altruistas dejaron de ayudar y los gobiernos de México y Guatemala los ven con desdén, por lo que sobreviven en condiciones infrahumanas y afrontando diversas enfermedades.

Asentados a escasos kilómetros de la comunidad mexicana del Desengaño, en la línea divisoria entre México y Guatemala, los migrantes desplazados pasan la noche en carpas habilitadas con bolsas y lonas. Algunos han construido chozas con guano y material de la región para refugiarse de las lluvias y el sol, pero otros duermen a la intemperie, expuestos a cualquier ataque.

Sin más ayuda que la que le proporcionan ocasionalmente las instituciones y algunas asociaciones civiles mexicanas, los refugiados chapines tratan de sobrevivir como los primeros habitantes del planeta, entre la caza y la pesca, sin dar el paso a la agricultura, puesto que las tierras no les pertenecen.

Pese a todo, siguen esperando que su gobierno les defina su situación para que se resuelva el problema y regresen a sus comunidades, de donde fueron expulsados hace más de cinco meses.

 

SIGUE LA CRISIS HUMANITARIA

Los desplazados enfrentan una verdadera crisis humanitaria, porque no cuentan con su propio gobierno, que les había prometido apoyarlos con alimentación y no cumplió, por lo que siguen dependiendo de la dádiva.

Por un lado han soportado lluvias por mal tiempo que ha azotado a la zona, y el inclemente sol, que con las sencillas carpas que tienen como cobijo en poco los protege, por lo cual padecen hambre y diversas enfermedades.

“Nuestra intención ha sido pedir asilo a México, para ser reconocidos como mexicanos, porque hemos sentido el aprecio de este pueblo, pero no hemos tampoco concretado nada”, señala con un gran dejo de tristeza, el líder de los desplazados, Constantino Vázquez Suchite.

 

Los patojos, niños grandes y sin derechos

 

De los 410 guatemaltecos que vivían en Laguna Larga, 105 son niños y niñas que enfrentan una situación aún más difícil y vulnerable. Los patojos, como se les conoce, son niñas y niños “ya desarrollados”, pero que no cuentan con tres garantías básicas, tres derechos establecidos a nivel constitucional, según reportó a nivel mundial la periodista española Gloria Serrano en su medio digital “El Salto Diario”.

Artículo 1.— Protección a la Persona. El Estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona y a la familia; su fin supremo es la realización del bien común.

Artículo 2.— Deberes del Estado. Es deber del Estado garantizarles a los habitantes de la República la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral de la persona.

Artículo 3.— Derecho a la vida. El Estado garantiza y protege la vida humana desde su concepción, así como la integridad y la seguridad de la persona.

Tos, diarrea, fiebre, dengue, enfermedades de la piel y piojos son los padecimientos más comunes en el campamento, por el que también deambula la fauna del ecosistema: víboras nauyacas y de cascabel y mosquitos, sobre todo mosquitos.

La periodista Serrano narró que ya tuvieron un caso de paludismo y que dos mujeres sufrieron un aborto por lo precipitado del desplazamiento. De momento y sin ser médico de profesión, Elmer es quien se encarga de cuidar la salud de todos los miembros, Es un voluntario y habitante de La Laguna.

Los patojos no asisten a la escuela, sus días transcurren caminando descalzos entre tiendas de campaña o refugios llanos, pescando mojarras en el mismo río donde se bañan y las mujeres lavan la ropa, del que acarrean y toman agua.

Por lo general subsisten con lo que logran pescar y comiendo alimentos enlatados, pues, abandonada en Laguna Larga y sin autorización para ingresar, la siembra de la comunidad la dan por perdida.

En medio de la miseria los patojos ríen, se entretienen con juegos de mesa y un teléfono móvil. Ahora dibujan sus viviendas —las que fueron sus hogares— tal como las recuerdan antes de que fueran destruidas.

Sus padres son desplazados históricos: indígenas o campesinos despojados de sus tierras, líderes comunitarios amenazados de muerte, luchadores sociales acosados por el Ejército, todos mezclados con alguno que otro kaibil en retiro.

Comentan que fue durante el gobierno de Álvaro Colón —entonces presidente de Guatemala (2008-2012) — cuando las amenazas de desalojo por parte de la Conap, la PNC y el Ejército de Guatemala se intensificaron.

En 2011, Genaro Reyes Galdámez, líder fundador de la comunidad de Laguna Larga, fue asesinado. Se dice que su muerte se debió a problemas con miembros de la población, pero algunos creen que está relacionada con la existencia de una pista clandestina destinada al narcotráfico que, supuestamente, Genaro denunció ante el Ejército.

Dos meses después de su salida, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) realizó una visita al sitio. Luis Vargas, relator de la CIDH para Guatemala; Álvaro Botero, secretario; Joana Zylbersztajn, miembro de la Comisión, y Liliana Valiña, representante de la Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos para Guatemala, llegaron en helicóptero y estuvieron cerca de dos horas escuchando los testimonios de esta y de otras comunidades que también temen ser desalojadas, como El Reloj y La Mestiza.

Antes recorrieron el poblado destruido. La 72 Hogar Refugio para personas migrantes y el Equipo Indignación —ambos de México— estuvieron y se sumaron a la exigencia de “retorno, reparación y justicia”.

Estas organizaciones, junto con Voces Mesoamericanas y Resistencia Civil de Candelaria solicitaron a la CIDH medidas cautelares a favor de la comunidad.

Doscientos días después, sigue la espera… Que parece interminable. Y tal vez de imposible solución.

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