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Lo hallan los Reyes Magos en Campeche

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A Gustavo lo encontraron Melchor, Gaspar y Baltazar en Campeche; jugaba con palitos en la acera de la calle 10, a un costado de Catedral, mientras su abuelo tocaba el acordeón.

Es la forma en que se ganan la vida cada vez que hay vacaciones, porque trabajar en el campo ya no da para vivir si la familia crece o llega la vejez.

Tiene ocho años de edad, y pronto regresará a la escuela, al menos eso asegura su abuelo, quien prefirió no revelar su nombre, sólo el del niño. No quiso decir apellidos, tampoco dónde pernoctan en Campeche, y ningún otro dato personal. Se negó a explicar por qué, mientras sostenía su instrumento, que dejó de tocar cuando se le entrevistaba.

Mientras su abuelo respondía, Gustavo le veía los dedos, aferrados a los botones de caja, una Honner viejita que luce sucia, rumbrada por la lluvia que les ha caído.

Su expresión no es la de un niño triste, tampoco famélico como la de otros que como él “habitan” calles y parques de otras ciudades que, según su abuelo, han visitado para chambear, tocándole a la gente melodías felices, porque “¡yo no pido limosna, mejor toco!”.

Y es que, aseguró el anciano, Gustavo nada más lo acompaña cada vez que no hay clases. Salen de Salitrillo, una pequeña comunidad de Puebla, cada vez que hay vacaciones. “Mi nieto regresa y entrará a cuarto grado”, afirmó, sin detalles.

Allá, dijo, “no hay chamba, el campo ya no deja para vivir, peor si ya eres viejo”. Fue como explicó por qué su acordeón cuelga de su cuello.

Esta vez pasaron Navidad en Campeche, y los agarró el día de Reyes Magos. Ayer en la mañana que tocaban sobre la 8, no sabían que a dos calles, cerquita de ellos, seguía el Paseo de Reyes. Únicamente había junto a él un recipiente verde donde la gente les echa monedas. Era mediodía, y no habían juntado mucho.

Un vendedor de sunchos se detuvo y le dio uno a Gustavo, lo sacó rápido del envoltorio, y lo comió.  Otros Reyes Magos anónimos llegaron de pronto a dejarle juguetes: carritos, un par de raquetas y un avioncito de plástico, que lo puso a jugar junto a su abuelo, que no dejaba de mover sus dedos sobre los botones de su vieja Honner, contento.

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