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“Rehabilitación” acabó con su vida

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Han pasado 10 años desde aquella amarga experiencia vivida durante casi un año de internamiento en un centro de rehabilitación. Los amigos recuerdan con tristeza a J.A.N.P., quien sin su consentimiento y de manera sorpresiva fue sacado a la fuerza de su casa por seis hombres, superándolo en fuerza y estatura.

Eran “los Pelones”, un grupo de personas que estaban en tratamiento para abandonar adicciones. El apodo obedece a que son rapados para evitar la propagación de piojos y como medida de higiene.

Con 18 años de edad, J.A.N.P., ingresó a uno de los centros de rehabilitación por orden de su madre, que lo creía caso perdido por su adicción a la mariguana y al alcohol, joven flojo y sin ganas de superación que se dedicaba al pandillerismo y al robo.

Mediante consejos del vecino y del propietario del centro, quien se paseaba por las tardes en el Centro Histórico en un lujoso carro deportivo de color rojo, firmó la carta de autorización, confiada en que su hijo recibiría atención especializada, profesional, con trato justo y humanitario.

El primer mes fue aterrador. Los internos eran obligados a bañarse con agua fría, los alimentos debían ingerirse casi putrefactos, la energía eléctrica era suspendida en los primeros minutos de la noche, en ocasiones debía compartirse la cama con alguien más y los insultos, golpes y humillaciones estaban a la orden del día, hasta que J.A.N.P., no soportó y se fugó. Transcurría el tercer mes de internamiento sin pensar que con esa acción había firmado su sentencia.

No pasaron muchas horas cuando fue localizado, y pese a que pidió auxilio, las personas a su alrededor lo miraron indiferentes. Fue abordado por compañeros  que descendieron de una camioneta del “Jefe” con la orden de desnudarlo como castigo por haberse escapado.

En el centro de rehabilitación lo esperaban a patadas y puñetazos en partes no visibles del cuerpo, le colocaron una bolsa en la cabeza y algunos empleaban manopla de acero para que el dolor sea mayor, todo de manera meticulosa para que no quedara evidencia de los moretones.

Fue la primera advertencia. Pese a que solicitó varias veces hablar con su madre, siempre recibió respuesta negativa, y cuando ésta asistía a preguntar por su estado los encargados le impedían verlo y le decían que además de los pagos mensuales de casi dos mil pesos, si quería llevar comida sería para todos.

J.A.N.P., nunca probó lo enviado por su madre, pues la olla de comida era compartida por los propios encargados.

Sumido en la depresión y harto de los golpes, nuevamente escapó, pero el nuevo castigo era el peor de todos. Además de los golpes tenía que cargar con una mano por más de dos horas una cubeta llena de estiércol, para que al cansarse todo le cayera encima. Los internos eran obligados a defecar en el recipiente durante un día, para que al llegar la noche comenzara la tortura.

Así pasaron los meses, y a casi un año de internamiento su madre, arrepentida de haberlo enviado a un lugar de maltrato, inició los trámites para solicitar su baja voluntaria del programa. Se lo negaron al principio, pero amenazó con llevar el caso a las autoridades y  “los Pelones” cedieron.

J.A.N.P., jamás pudo abandonar las adicciones. Lo que empezó de forma experimental acabó con su vida, al volverse dependiente de alcohol combinado con crack (piedra). En ocasiones gastaba mil pesos para obtenerla y hasta el día que decidió acabar con su vida culpó a su familia por haberlo internado sin consultarle.

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