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Tala ilegal afecta a los carpinteros

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Aunque se enfrentan carencias por el alto costo y la tala ilegal de la madera, el oficio de carpintero permanece, aseguró don Francisco Javier Pérez, que a sus 82 años de edad aún trabaja y se siente orgulloso de lo obtenido, como costear los estudios de doctora y abogada de sus hijas.

Pérez Quen es carpintero desde hace 50 años. Es una de las 297 mil 197 personas ocupadas en actividades relacionadas con el trabajo de la madera en México, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

En el Día del Carpintero admitió que la vulnerable situación económica y el desinterés en estudiar lo llevó a aprender este oficio desde que tenía 10 años de edad. Era un niño cuando conoció las técnicas de su maestro Manuel  Medina Maldonado, con quien estuvo seis años. Se fue a otra parte cuando cerró por su avanzada edad.

Estuvo en dos talleres, uno del señor Pedro Sánchez, en  Santa Ana, y en la mueblería “Chetumal”, y tras varios años de ahorro y esfuerzo levantó su propio negocio.

En un modesto taller en el barrio de San Francisco, donde se le entrevistó mientras pasaba una tabla en una canteadora e  igualadora de madera, dos equipos antiguos que consideró mejores que los actuales. Recordó cuando empezó a tener clientes propios, y en ese entonces las ganancias eran buenas.

Hoy apenas alcanza. La situación para quien se dedica a la carpintería es complicada, porque es más costosa la madera, y apenas da para adquirir la de pino, que no es de calidad como cedro y caoba. La madera se compra por pie — 30 centímetros de largo por 30 de ancho, y una pulgada de grueso— y cuesta entre 40 y 60 pesos, hace 50 años costaba cuatro.

Los altos costos son por la sobreexplotación y la nula reforestación de árboles en años anteriores, sumado a la alta tala clandestina.

Antes me dedicaba más a crear puertas, marcos, clósets, muebles, todo para una casa, mesas y sillas, y ahora todo es diferente, porque el problema económico afecta a todos. A pocos les alcanza para comprar muebles de madera.

“La situación es difícil pero me gusta mi trabajo. Es algo precioso. Te dan una tabla y la conviertes en obra de arte, con dedicación y paciencia”.

Con melancolía avizora que el futuro de su taller sea posiblemente la venta, pues no tuvo un hijo varón que se hiciera cargo, aunque está agradecido, pues junto con la bendición de Dios costeó los estudios de sus dos hijas. Una es ginecóloga y la otra abogada, Guadalupe y María Eugenia, respectivamente, suspiró.

Faltan más apoyos económicos para quienes tienen un oficio, consideró, “pero en lo que llegan, uno tiene que dar lo mejor, para obtener el reconocimiento de los clientes.

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