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Cuando el espejismo se rompió

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LUIS DONALDO COLOSIO RIOJAS

La idea de publicar un libro surgió en un desayuno en la Ciudad de México con Alfonso Durazo y Agustín Basave. Ahí se comentó que en el vigésimo aniversario luctuoso de mi padre deberíamos hacer algo significativo, y se sugirió publicar un libro de testimonios de familiares, amigos y colaboradores. Me gustó la propuesta. Se han escrito muchas obras sobre él, pero no hay una que recoja las descripciones acerca de su personalidad y de sus ideales por parte de quienes estuvieron cerca de él en las distintas etapas de su vida, afirmó Luis Donaldo Colosio Riojas.

 

JAVIER TREVIÑO CANTÚ

En el momento en el que Colosio fue designado secretario de Desarrollo Social en 1992, ya no había duda en Washington de que Luis Donaldo era el prospecto más fuerte para llegar a la Presidencia. Así lo percibía también la prensa extranjera. Yo lo podía constatar en mis conversaciones con editores y columnistas en Washington. El estilo de liderazgo de Colosio lo hacía muy atractivo en el extranjero. Transmitía claramente el mensaje de su propuesta de reforma del poder y el fortalecimiento de la democracia en México, junto con la continuidad de la modernización económica. Se veía bien su propuesta para México de una economía abierta con un sistema político abierto. (…)

Todo había sido cuesta arriba. El domingo 28 de noviembre de 1993 fue el día de la nominación. Era la culminación de muchos meses de preparación. El 8 de diciembre fue la toma de protesta de Colosio como candidato del PRI a la Presidencia de la República. Dos mensajes complementarios, con toda una nueva propuesta, intentarían cambiar al PRI. El equipo de campaña se formó en diciembre y estábamos listos para lanzarnos con todo el entusiasmo en una campaña ganadora. Pero se atravesaron el movimiento zapatista del 1 de enero de 1994 y la ambición desmedida e irresponsable de Manuel Camacho.

Más tarde, el 23 de marzo, nuestro candidato fue asesinado, un gran proyecto de país se desmoronó y la política en México cambió.

Samuel Palma, Cesáreo Morales y yo trabajamos muchas horas en el discurso del 6 de marzo. Nos sentábamos horas y días en torno a mi escritorio, yo tecleaba en mi computadora y los tres lo redactábamos en equipo, simultáneamente, y lo discutíamos, nos reíamos, nos enojábamos, hacíamos el análisis político obligado hasta que cada párrafo quedaba listo. Revisamos versiones y versiones con Luis Donaldo. Encerrados en la casa de campaña ubicada en la lateral del Periférico, por el Pedregal, o en su casa de San Ángel, Colosio tachaba párrafos, escribía nuevas frases, nuevos párrafos, los leía en voz alta. Cuando ya tuvo una versión muy cercana a la final fue cuando lo compartió con el coordinador de la campaña y con algunos escritores e historiadores, amigos de él, para que le hicieran sus comentarios. El discurso quedó listo la tarde del sábado 5 de marzo y Colosio lo envió a Los Pinos.

 

AGUSTÍN BASAVE

El sábado 27 de noviembre de 1993 estábamos mis hijos y yo en Cuernavaca comiendo con Gutierre Tibón y don Pepe Iturriaga en casa de Rodolfo Echeverría, nos invitaron a quedarnos a dormir pero no acepté. Sin poseer ninguna información privilegiada, presentía que algo importante podía ocurrir el domingo y regresé a la capital esa noche. Al día siguiente me despertó una llamada tempranera con la noticia, y me fui a las oficinas de Constituyentes para ser de los primeros en compartir el éxtasis de la victoria. Yo, al igual que Colosio, hubiera preferido que su designación no se hubiera hecho por “dedazo”. Sabíamos que él tenía al priísmo en un puño y nos hubiera encantado arrasar en una convención democrática, pero también sabíamos que lo más importante era ganar limpiamente la elección constitucional. Por lo demás, en esos momentos sólo cabía el festejo. (…)

Y sí, todo iba muy bien hasta el 1 de enero del annus horribilis de 1994. Con el surgimiento de la guerrilla en Chiapas, el ex presidente Salinas propició el resurgimiento de Manuel Camacho al nombrarlo comisionado —sin goce de sueldo— oficialmente para la paz, y acaso extraoficialmente para generar la imagen de una precandidatura —irreal pero disuasiva—, ante un Colosio que había empezado a brillar con luz propia. Se inició entonces una campaña contra la campaña que probablemente tenía el propósito de recordarle al candidato dónde estaba el sol. Donaldo aguantó estoicamente y redobló su esfuerzo sin que el apoyo real que recibía se reflejara en los medios.

En Aguascalientes, Hidalgo, Yucatán y Nuevo León debo haber asistido a actos y mítines paralelos a los que vieron ciertos periódicos que los reportaron “desangelados”. Pero mientras eso ocurría, algo más grave se estaba fraguando en alguna otra parte, algo que trascendía ese juego político de ambiciones y sometimientos y sobre lo cual quizás escribiré algún día. El hecho es que, tras del espléndido discurso en el Monumento a la Revolución y justo cuando empezábamos a ver la luz al final del túnel, llegó el día del oprobio, el 23 de marzo (de 1994). Tengo cincelado en mi mente el momento en que me avisaron, durante una sesión de la Cámara de Diputados, de lo sucedido en Tijuana, y la llamada de mi hijo mayor que me pedía llorando que nunca más fuera yo candidato a nada, porque a sus 10 años descubría que los buenos no ganaban: eran asesinados.

 

VÍCTOR SAMUEL PALMA

La tradicional cohesión en torno del candidato presidencial respondía a una sencilla pero sólida regla: quienes le habían disputado la candidatura a quien finalmente había logrado la postulación quedaban inhabilitados constitucionalmente para mantener sus aspiraciones, puesto que al ocupar cargos públicos, y no habiéndose separado de ellos con seis meses de anticipación, quedaban fuera de posibilidades. (…)

Cuando el entonces presidente de la República señaló: “No se hagan bolas, el candidato es Colosio”, pretendía dar una respuesta a la maraña, controversia o “bolas” que él mismo había generado.

En esas condiciones, Colosio desplegó una campaña en circunstancias sumamente adversas, ante señales controvertidas que provenían de lo más alto de la estructura de poder. Su temperamento lo llevó a buscar acuerdos, pretender que las dificultades podrían superarse con base en el diálogo, pero la vida no le alcanzó. Atrás de la puerta estaba la conspiración.

En efecto, un contexto no mata a un candidato, pero el contexto que le tocó vivir a Luis Donaldo fue el más adverso que candidato alguno a la Presidencia de la República por el PRI haya vivido en la etapa hegemónica de este partido.

Para el PRI el asesinato de Colosio ha representado un signo dramático, por tratarse de un partido cuyo parto se derivó del magnicidio de un presidente de la República electo, Álvaro Obregón (1928). Se asumió que nunca más un hecho de sangre estaría inmiscuido en la lucha presidencial.

En mucho, el carácter hegemónico del PRI y los rasgos autoritarios del sistema político se asimilaban y eran aceptados en función de tal compromiso implícito: ya no habría asesinatos en la lucha presidencial. El artero crimen de Luis Donaldo significó un regreso a ese viejo trauma, apenas interrumpido por los 66 años transcurridos entre 1928 y 1994.

 

ALFONSO DURAZO

La política ha sido siempre un juego de intenciones invisibles; la motivación interior que mueve a un político es siempre un secreto. Desde la cúpula privilegiada en que me ubicaba mi condición de secretario particular de Luis Donaldo pude tener una idea clara sobre algunas de las claves de su carácter y de su estilo tan personal y atípico de ser político y hacer política. (…)

Lo que en realidad sucedía en aquellos tiempos es que factores políticos y reglas del juego a los que Luis Donaldo había estado vinculado hasta el momento de su postulación como candidato a la Presidencia de la República buscaban su sometimiento al viejo orden; buscaban su complacencia con los intereses creados y las inercias, que tras la fachada de un falso éxito, eran responsables de la crisis política con la que había iniciado México el año de 1994.

Era cada vez más evidente que Luis Donaldo jamás aceptaría desempeñar el reducido papel histórico de continuador de la herencia autoritaria y neoliberal que el régimen pugnaba por asignarle. La suya fue desde el principio una candidatura silenciosa pero con evidente rebeldía, convencido de que la salida para México estaba en el diseño de una nueva forma de ejercer el poder.

Era un hecho también evidente que no gobernaría con camarillas ni para camarillas. El modelo de escriturar privilegios a una camarilla política estaba agotado. No siendo producto de grupos ni de complicidades, le resultaba viable el camino de la apertura; era precisamente uno de los márgenes que le permitiría la emancipación. Por otro, la estrategia de unidad requería de alianzas políticas. Como candidato de la unidad que se propuso ser, estaba comprometido con la integración de un gabinete representativo, comprometido con el país y con un impulso renovador. (…)

Una desaparición prematura nos privó de este hombre extraordinario en la vida pública del país. ¿Echarle la culpa a su mala estrella? Demasiado fácil. Queda finalmente el consuelo de que toda tragedia trae su catarsis, y el asesinato de Luis Donaldo derramó sangre redentora. Los mexicanos empezamos a hacer de la lucha un patrimonio.

Por lo que a mí toca, a partir del asesinato de Luis Donaldo he pensado sobradamente acerca del régimen político que hizo posible aquel crimen. No es mi intención abordar aquí ese asunto, pero sí hablar de algo que a mi parecer influyó mucho en lo ocurrido en el 94: los valores que han imperado hasta ahora en el quehacer político y la necesidad de sustituirlos. El punto de partida es impulsar su opuesto ético a todos aquellos valores que han guiado y marcado al aún antiguo régimen.

Al margen de las modalidades del atentado, su muerte es un hecho deshonroso en la vida política de nuestro país. En esos años, la sociedad asistió abrumada a la tremenda lucha por el poder que se libraba en las alturas. Uno tras otro se sucedieron los pleitos en la cumbre, incluidos los asesinatos del cardenal Posadas y de José Francisco Ruiz Massieu. ¿Quiénes estuvieron realmente atrás de esos gatillos?, tal vez nunca lo sabremos. Es casi imposible separar las certezas y las especulaciones, pero nadie podrá quitarnos la certeza subjetiva de que fue un crimen fraguado desde el poder, o en sus alrededores. Y entre certeza y especulación descanse en paz Luis Donaldo, al lado de su compañera Diana Laura, esa extraordinaria y gran mujer.

 

JULIO HERNÁNDEZ LÓPEZ

Después del asesinato de Colosio esperé que el priísmo nacional exigiera claridad en las investigaciones y castigo no solamente a un presunto autor material, sino además a quienes hubiesen tejido esa trama poderosa. (…)

A la distancia sigo creyendo que el asesinato de Colosio fue una maniobra que sólo pudo ser concebida, ejecutada y mantenida en la impunidad por el propio poder supremo que en ese momento constituía el salinismo, en sus dos vertientes más notables, la del propio Carlos, como cara política reformista, y la de Raúl, como operador financiero comprometido con intereses oscuros, tanto en negocios con recursos públicos, como de otra índole. También creo que el sonorense Colosio se resistió a ser la pieza dócil, manipulable, que ese salinismo pretendía llevar a Los Pinos para instaurar un caciquismo transexenal que devendría en el intento de facilitar la reelección del propio Carlos Salinas de Gortari (esos mismos proyectos de caciquismo transexenal fueron frenados por el sustituto que el salinismo también calculaba que sería dócil, el inexperto Ernesto Zedillo, que sin embargo tocó el resorte clave para apaciguar a Carlos, al encarcelar a Raúl). La ejecución de Colosio, desde mi punto de vista, frenó el proceso de reforma democrática y arrojó al país a un torbellino altamente lesivo para los intereses populares, hasta llegar al neosalinismo encopetado que hoy se vive. Hoy mismo, como Luis Donaldo el 6 de marzo de 1994 en el Monumento a la Revolución, es posible ver a ese México “con hambre y sed de justicia”, de “gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla, de mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales”. Con ese Luis Donaldo es con el que luché por el cambio democrático durante años que marcaron mi vida.

 

ALEJANDRO ENCINAS RODRÍGUEZ

Han pasado 20 años. Aburto está a punto de reducir su condena y obtener su libertad. Los expedientes levantados por los tres fiscales especiales han pasado al archivo muerto de la Procuraduría General de la República. La versión del asesino solitario que realizó dos disparos continúa sin convencer.

Se han escrito infinidad de libros y se han producido documentales y películas que ponen en duda las investigaciones y apuntalan la tesis de que se trató de un crimen de Estado, tramado desde las esferas del poder y los intereses que temían perder el control del candidato y con ello, sus privilegios.

Si Colosio iba a tener la fuerza y la voluntad de alcanzar las reformas que planteó en su discurso ante la militancia priísta en el Monumento a la Revolución, nunca lo sabremos.

Muchos políticos han querido retomar demagógicamente ese discurso y convertirlo en un ideario. Erigirse en los herederos del mismo, cuando los hombres y mujeres que formaron parte de su círculo cercano se han disgregado e incluso algunos se sumaron a quienes consideraban sus adversarios.

Lo cierto es que el México nacionalista que Colosio proponía, el que pretendía reformar el poder para consolidar la democracia y transformar la política económica para abatir la desigualdad, el México federalista, el de la defensa del patrimonio y los recursos naturales del país, el de la inclusión social para el desarrollo, hoy no existe. El PRI le ha dado la espalda al país.

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