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El ladrón honrado

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Francisco Ávila Pérez

 “El Manitas”, cumplidor

Bajo de estatura sin ser enano, fuerte, muy listo, como de treinta años, llegó al pueblo sin familia, nadie sabía de dónde venía y no tenía oficio, ni trabajo conocido.

Para despistar, si lo ocupaban, hacía mandados, usaba gorra beisbolera, hablaba con facilidad el español y le gustaba relacionarse con todos (era sociable).

Pero tenía un defecto, le gustaba robar, gallinas y pavos, no se sabía su nombre, le apodaban “El Manitas”. Vivía sólo en una choza que le prestaban, lejos del Centro.

A cualquier hora del día, se le veía recorrer las calles de la población, saludando a su paso con mucha educación. Pronto se relacionó y fue conocido por la policía y el mismo presidente municipal, a quienes le contó (en secreto), su afición.

Estas autoridades eran corruptas, les gustaban las tranzas. Cuando “El Manitas” platicó con ellos, le dijeron: “Mira, aquí se crían muchos pavos, duermen sobre los cercos a orillas de la calle (como ya habrás visto), si los robas, agarra sólo los grandes y gordos, llevas uno a casa del comandante (dijo el presidente), otro a mi casa y otro para ti. Los amarras bien de las patas y los dejas tras las rejas, nosotros ya sabremos quién los llevó y los comeremos con discreción. Si quieres me dejas también el tuyo y te lo pago al otro día, pero barato ¡Eh!… Si alguien denuncia, no les haremos caso, pero… ¡Ten cuidado! ¡Mucho cuidado!… que no te vean y menos vayas a hablar”.

“El Manitas” les dijo que sabía hacer su trabajo y puestos los tres de acuerdo, comenzaron los robos de gallinas y pavos con mucha frecuencia. Los dueños iban a quejarse y nadie descubría nada, ni sospechaban de nadie. El ladrón siempre estaba en el Palacio Municipal y en la Comandancia haciendo mandados para el despiste.

Un día el Sr. presidente municipal necesitaba recibir a una comisión de diputados y otras personas importantes de la política estatal a quienes pensaba (de acuerdo con el comandante) dar un sabroso almuerzo, que se serviría en su propia casa.

Mandó llamar a “El Manitas” y le dijo: “Ahora es cuando, ve como lo haces, agárralos donde puedas, pero necesitamos cinco pavos grandes y gordos, para una fiesta que se hará en mi casa el domingo en la mañana. ¡No nos vayas a fallar!” “Pero patrón, (dijo “El Manitas”), ya casi no hay pavos en la población, ya los hemos comido todos, la gente ya desconfía y los encierra en sus casas, va a ser difícil”. “Tu averigua en dónde hay, pregunta como si nada, pero no me falles…”

Así “El Manitas” investigando llegó a saber que el papá del presidente municipal tenía en las orillas del pueblo una granja y que criaba especialmente pavos.

El señor no dormía en su granja, sino que iba a su casa en el pueblo y en su terreno dejaba tres perros muy bravos para la vigilancia. Consiguió “El Manitas” tres kilos de carne y el sábado por la noche fue a la granja, dio de comer a los perros y escogió siete pavos a gusto del presidente, los cargó, le llevó cinco (como le había pedido), le dejó uno al comandante y el otro para él.

Después de unos días, el granjero fue a la Presidencia Municipal y le dijo a su hijo que le habían robado en su granja el sábado por la noche, siete pavos grandes y gordos, ¡los mejores!

Él lo escuchó y prometió ordenar al comandante que se hiciera la investigación, que no tuviera cuidado, que se fuera a su casa.

De inmediato mandó a buscar a “El Manitas” a quien le reclamó que le hubiera robado a su papá y que sólo le pidió cinco y no siete.

El ladrón contestó que él sólo obedeció la orden de que buscara donde fuera los pavos, y que no fallara, que los escogiera grandes y gordos y además, cinco le llevó, y como quedaron, uno para el comandante y otro para él. Recuerde jefe que le dije que soy un ladrón honrado, obediente y cumplido. ¿Dígame?, ¿Le fallé? El presidente no tuvo más remedio que callar, de los pavos nunca se supo y “El Manitas” se fue del pueblo.

 

Obrasfranciscoavila.blogspot.com

 

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