Inicio»Opinión»Año uno

Año uno

0
Compartidos
Google+

Gabriel Guerra Castellanos

Por algún motivo, a los humanos nos da por medir las cosas en periodos arbitrarios y y predeterminados. Así, los cumpleaños, aniversarios y los números redondos (cien días, bienios, trienios y, por supuesto, sexenios) nos sirven supuestamente para evaluar, comparar y medir, obsesión que todos tenemos.

El primer año de la presidencia de Enrique Peña Nieto es objeto de tal escrutinio. De entrada conviene poner las cosas en su debido contexto. Así como a Fox habría que juzgarlo —también— por el instante único, irrepetible, de la alternancia y el cambio que vivió y las expectativas que generó (momento desaprovechado); a Calderon debería calificársele —entre otras cosas— por el tamaño de los retos y obstáculos que enfrentó: un país polarizado y confrontado, una oposición irreductible, y un fenómeno de criminalidad mayúsculo, todavía hoy inimaginable.

Enrique Peña Nieto llegó ante un escenario de expectativas mixtas, hasta contradictorias. Por una parte se hablaba ya del Momento Mexicano, y grandes publicaciones extranjeras como The Economist, Financial Times y The New York Times explicaban las razones del optimismo. Basadas en indicadores macroeconómicos y en el análisis del entorno regional, estas predicciones recogían algo más: la sensación, dentro y fuera de México, de que se podía avanzar más rápidamente una vez que sucesivos gobiernos habían hecho, incompleta o tardada, su tarea.

Apertura comercial, autonomía del banco central, integración a la zona norteamericana, estabilidad macroeconomica, solidez de finanzas publicas, avances relativos en transparencia y rendición de cuentas, mayor competitividad del sector exportador, fueron algunas de las razones aducidas para vaticinar el despegue mexicano. Y no sin razón, porque con todas las carencias y deficiencias del “modelo mexicano”, la estabilidad alcanzada durante 18 años sin crisis ni ajustes mayúsculos han permitido una solidez indispensable para pensar en cosas mayores.

El otro lado de la moneda de las expectativas era el de la llegada de un candidato del que se decía que era mucha más forma que fondo: hecho por y para la televisión, se decía que Enrique Peña sería un presidente sin una visión transformadora y demasiado comprometido con los “poderes fácticos”.

El viejo PRI, ese era el segundo gran factor de escepticismo. Y es que con razón o sin ella, al viejo PRI se le atribuyen poderes casi mágicos y malignos: por su supuesta culpa somos corruptos, antidemocráticos, ineficientes, clientelares. Yo siempre tuve mis dudas acerca de que un partido que era más un instrumento del gobierno en turno pudiera hacer todas esos milagros y la alternancia terminó de convencerme: lo corrupto, lo clientelar, lo ineficiente, no es monopolio de un solo partido.

El Presidente del que tan poco se esperaba ha sorprendido a propios y extraños en su primer año. Vivo o muerto el día de hoy, el Pacto por México logró lo inimaginable: que el Congreso discutiera y aprobara la mayoría de las “reformas estructurales” que tantos venían exigiendo. Si bien falta todavía la cereza del pastel, la energética, con las ya aprobadas se supera con mucho lo alcanzado, en reformas, en los últimos 18 años.

Varias de las modificaciones van a contrapelo de los deseos e intereses de muchos de los supuestos padrinos o madrinas de Enrique Peña. La educativa, la de telecomunicaciones, la fiscal, ciertamente no están hechas para agradarles. Y los gobernadores priístas, del viejo o del nuevo PRI, no tienen los privilegios y prebendas que muchos imaginaban con el regreso de su partido.

Hace falta mucho más que un año para evaluar a un gobierno, y el de Peña tendrá que demostrar con resultados concretos, y no sólo avances legislativos, de lo que está hecho y lo que es capaz de lograr.

Por lo pronto, mucho más de lo que se anticipaba. Ahora viene lo más dificil: aterrizar las reformas. Al tiempo.

 

Noticia anterior

Choferes no respetan las tarifas

Siguiente noticia

De política… y cosas peores