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Oaxaca, alejado de Dios

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Nuestra gente

 

Fernando Almeyda Cobos

 

Es, Oaxaca, uno de los estados más pobres de la República Mexicana. De los más pobres económicamente hablando, sí, pero de los más ricos desde el punto de vista de las tradiciones de sus ocho regiones, celebrando anualmente La Guelaguetza que es la  festividad autóctona más importante del país cuya fama ha trascendido las fronteras mexicanas. De su ancestral pobreza podrían citarse muchas causas: los malos gobiernos que ha padecido, la marginación, lo intrincado de su orografía, su difícil gobernabilidad estatal por regirse por usos y costumbres 418 de sus 570 municipios, el tozudo aferramiento a sus tradiciones y a sus lenguas maternas —quince— que le dificultan integrarse a la modernidad incluida la educación de sus niños.

Es, Oaxaca, un Estado que le ha dado a México muchos personajes ilustres de la política, de la cultura, de las artes y del deporte: Porfirio Díaz, Benito Juárez, José Vasconcelos, los hermanos Flores Magón, Macedonio Alcalá, Valerio Trujano, Andrés Henestrosa, Rufino Tamayo, Miguel Cabrera, Francisco Toledo, Matías Romero, Vinicio Castilla, Jesús (Chuy) Rasgado, Álvaro Carrillo, Susana Harp, Lila Downs y, ¿por qué no?, María Sabina, indígena que curaba con hongos alucinógenos y que se internacionalizó por eso.

Es, Oaxaca, un Estado que quiero mucho porque ahí nació Anita, mi esposa, y porque me sirvió de hogar durante ocho años de mi vida laboral.

Es, Oaxaca, una entidad alejada de Dios, porque ha sido muy mal gobernada. Malo, el periodo en que cogobernaron Ulises Ruiz, APPO y Sección 22 del SNTE, el corazón y el cerebro de la CNTE.

Peor, mucho peor, ahora, porque Gabino Cué es la figura representativa del Poder Ejecutivo en tanto que la CNTE está sentada en la silla gubernamental. El Gobierno real, pues.

Oaxaca no se merece ese destino.

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