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Viejo símil

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Pesimista es aquel que piensa que todas las mujeres son malas. Optimista es el que espera que realmente lo sean… Astatrasio Garrajarra llegó ebrio a su casa, como de costumbre. Al oír que su esposa bajaba por la escalera corrió a la sala y se sentó muy serio en un sillón para hacer como que leía un libro. “Me entretuve leyendo, vieja —le dijo a su mujer con tartajosa voz—. Como ves, el libro que leía es muy grande’’. “Leías, ¿eh? —masculló con enojo la mujer—. Anda, cierra esa maleta y vete a dormir’’… La corrupción es uno de los mayores males que padece México. Esa lacra parece consubstancial a nuestra vida pública. Es difícil echar la culpa a alguien, pero yo tengo para mí que eso de la corrupción existe desde la llegada de los conquistadores. No quiero significar con esto que nuestros antepasados aborígenes hayan sido un dechado de acrisolada honestidad, pero los documentos que se pueden consultar, y el rico acervo de la tradición, indican que corruptelas de todo orden y desorden se instauraron en la Nueva España desde la época colonial. Algunos virreyes fueron ejemplo de honradez, pero los más aprovecharon el cargo para hacer fortuna, y se fueron de aquí con la escarcela llena de dinero mal habido. ¿Por qué no hemos logrado erradicar la corrupción? Porque en este país tiene vigencia el viejo símil según el cual las leyes son como las telarañas: capturan al débil, en tanto que el fuerte las rompe. Mientras México no sea un auténtico Estado de Derecho, mientras las leyes se puedan torcer y desvirtuar, la corrupción continuará, rampante, y el imperio de malas artes como la famosísima “mordida”, y los “moches” de nuevo cuño, prevalecerán… El vendedor hizo sonar el timbre de la puerta, y le abrió la joven criadita de la casa. “¿Podría hablar con el señor?’’ —pidió el hombre—. “—No está —le informa la muchacha—. Anda en Cancún’’. “¿En viaje de placer?’’ -preguntó el vendedor. “No lo creo —responde la fámula-. La señora iba con él’’… Don Cornulio llegó a su casa antes de tiempo y encontró a su esposa en la recámara presa de inexplicable agitación. “¿Estuvo por aquí mi compadre Fornicio? —le preguntó a su mujer—. Me parece que huelo su loción’’. “Vino a buscarte —respondió, nerviosa, la señora—. Pero como no estabas se marchó’’. “¡Pues qué tonto! —se burló don Cornulio—. Mira: ¡dejó los pies atrás de la cortina!’’… Después de examinar al abatido señor le dijo el médico: “Sufre usted de agotamiento general, don Chinguetas. Debe renunciar a la mitad de su actividad sexual’’. Doña Macalota, la esposa de don Chinguetas, ahí presente, le preguntó al galeno: “¿A cuál mitad debe renunciar, doctor? ¿A la mitad en que piensa, o a la mitad de que habla?’’… El subastador dio tres golpes con su mallete, y anunció: “¡El reloj de pulso mostrado por la señorita Granderriére se adjudica al señor de la corbata roja!’’. “¿Cuál reloj? —se sorprende el aludido—. ¡Yo estaba pujando por la señorita Granderriére!’’… El sacerdote amonestaba a la muchacha de cascos ligerísimos. “Lo que deberías hacer, Coscolinia —le dijo—, es pensar en el más allá’’. “Es en lo que más pienso, padre —respondió ella—. Cuando estoy con un hombre siempre quiero que llegue más allá’’… FIN.

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