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Vulgaridad por desesperación

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Cuando afloran impetuosas las emociones, más que la razón; y al maquiavelismo se recurre para alcanzar notoriedad, el vocabulario ofensivo, denigrante, peyorativo, vergonzoso, herramienta efectiva se convierte y aunque muchos lo aprueban; más, seguramente, se suman para descalificar las palabras vulgares y ofensivas las cuales evidencian la ausencia de ética y decencia; así como un limitado vocabulario de quien comunica sus ideas.

El derecho de disentir le asiste a todo ciudadano y a la senadora Layda Sansores, quien por ser figura pública y representar a campechanos en la Cámara Alta, recato y prudencia le deben acompañar; porque lo que dice y lo que hace, sirve de modelo para miles de niños en formación, para multitudinarios adolescentes desorientados; así como para jóvenes inquietos dispuestos a seguir lo negativo y perverso.

¿Hasta dónde se llega cuando la pasión arrastra? Necesario no es llegar hasta lo más bajo y vulgar para defender una causa, si en realidad es justa para la nación. El cerebro humano es extraordinario para prescindir de la vulgaridad y tiene capacidad extensa para archivar copiosos términos que elevan el prestigio del ser humano, sin recurrir a vocablos denigrantes e incivilizados: de éstos los defensores de la lengua española estarían encantados y agradecidos.

Ciertamente para muchas mujeres, la senadora protagonista del escándalo denigra su propio género; para un sin número de campechanos forjados en el respeto y a quienes representa, seguramente vergüenza les causa; porque de quien no respeta a las madres que merecen total admiración, no puede esperarse mejor actitud y conducta coherente ejemplar; sino violencia, ofensa, odio, venganza, y ofensas.

Cierto es que hay quienes de la confrontación se gozan; de la violencia se divierten, de la ofensas se ríen. Seguramente de las expresiones de la senadora campechana celebran con esplendidez, sin entender que hay caminos para protestar; y que la inteligencia de usarse, arrojaría elementos novedosos para fortalecer el objetivo perseguido; el cual debe ser sano, carente de perversidad, ausente de egocentrismo, libre de propósitos turbios porque así se robustecería la esperanza de vivir en una tierra de paz y respeto.

Como ella otros más, con sus desfiguros públicos e intervenciones pobres, porque la prudencia no es su virtud, reflejan una personalidad carente de valores, ética y congruencia al igual que el diputado federal Antonio García Conejo, perredista también, quien se desnudó porque la vergüenza le escasea y de inteligente nada tiene.

Rogelio May Cocom

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