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Feliz vialidad

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Para mis cuates

Bueno, Campechito era un pueblito tranquilo. Todos nos conocíamos y nuestra vetustas murallas impedían el paso del viento más no del tráfico de los escasos vehículos por tracción animal, ya que un genio de la milicia se había encargado de destruir parte de esos lienzos precisamente con esa excusa de que le impedían la refrescada de la benévola brisa de este nuestro tranquilo mar campechano que es fecundado cada tarde por el sol poniente.

Poco a poco fue aumentando el número de habitantes, más bien muy poco a poco, ya que desde que yo recuerde en mis años de infancia, al entrar a la ciudad en la antigua carretera a Mérida, aparecía un letrero que aseguraba “Campeche (nada de San Francisco de Campeche) 25,000 mil habitantes” ¿o serían 45,000? Chi lo sa, para el fin de este artículo no es importante lo exacto de unos números, sino la esencia de mis sesudas apreciaciones, ¡vaya!

Como es fácil de entender, la vialidad era muy sencilla debido al escaso número de coches y camiones circulando por nuestras estrechas calles, herencia de nuestra colonial ciudad la que obviamente no fue pensada, y mucho menos diseñada, para esos automotores que como amenaza de una ciencia ficción nos devoraba irremediablemente.

¿Por qué ante el devenir de los años a nadie se le ocurrió que esos avances de la tracción mecánica y parte del progreso lento, muy lento, pero irremediable, necesitaría otro tipo de calles más amplias, nuevas, extendidas a otros sitios, etc?

Claro que para nuestra niñez, la de mi tiempo, ese retraso fue maravilloso porque nos permitió poder disfrutar de aquellos juegos diseñados para ser elaborados, actuados, precisamente en calles casi libres de esos artefactos contaminantes y así jugábamos una variación del béisbol con pelota de hule, timbomba, quemadas, encantado, canicas, etc., todo lo señalado y mucho más que he olvidado… ¡ah!, y el trompo, casi nada, que el placer se iniciaba desde el ser testigo de su elaboración con maderas de ciricote, especialmente bella, veteada, hasta su prueba ya con la punta lista para los calados y demás acciones… que necesitaba uno estar bien aguzado como la punta precisamente, ya que si a la hora de los calados habían unos vivales que tenían dos trompos: uno, con el que competían y otro, escondido y que era el que sacaban subrepticiamente (qué te recuerda Fernando Rubio) para dar los calados, ya que ese el escondido, tenía la punta anormalmente afilada e ilegal, y que como se recordará rompía el trompo, o por lo menos lo dejaba muy dañado.

Con el paso de los años estos juegos fueron desapareciendo poco a poco, por varias razones, pero una importante lo fue el aumento de los automotores, camiones de pasajeros, bicicletas, etc. La llegada de la televisión cambió muchas cosas, no digamos los sitios para disfrutar de los deportes: canchas, estadios y demás sitios ad hoc, hasta actualmente como todos ya sabemos, la era de las computadoras, los jueguitos electrónicos.

Así una era de disfrute y juegos compartidos tornó a su fin, irremediablemente porque desapareció su hábitat para desarrollarlos: ¡la calle!

Propiedad de todos menos de los coches, la calle amorosa con sus callejones en donde mi querido e inolvidable Jorge Bravo inició su desarrollo; en donde el Campe contaba sus fantasías y una que otra verdad; la calle 57, la mía, en donde los cuentos de aparecidos y brujas nos espantaban contados por doña Joaquina, esa misma calle que veía desfilar diariamente a los personajes inmortales de Chaplin, Rompepita, José Llorón, La Tinajita, la Chiva apretada, Carenzo, el Ponteduro que no permitía que los niños fueran a llorar…

Esa calle, esas calles de todos los barrios, de todos nosotros, los de intramuros o extramuros, que ahora nos fueron sustraídas por el “progreso”; esas calles ayunas de niños que en antaño las alimentaban con las mentadas, las carreras, los escondites, los pleitos, las risas, y ahora en hogaño pertenecen a las máquinas, las bestias, que destruyen todo, hunden las calles, ensucian el aire, y así desaparecieron los juegos y miles de niños no tuvieron la oportunidad de vivirlos… lástima por ellos, lástima por mis hijos, y los tuyos, y los nuestros. Ni modo.

Y a propósito, mi intención era escribir sobre el desgarriate que significa el tránsito, la vialidad (más elegantemente), y ya ven en que terminó esto.

De todas maneras esa vialidad atroz, incompetente de sus vigilantes, criminal, ahí está, para que nos ocupemos otro día. ¡Vale!

Manuel R. Gantus Castro

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