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El Tajo de Nochistongo

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La muy noble y leal Ciudad de México fue fundada sobre las construcciones aztecas que formaban la gran Technotitlán. Los españoles tomaron muy en cuenta que la Ciudad de México sería una ciudad lacustre, esto es, una gran ciudad rodeada de los lagos de Texcoco, Chalco, Xochimilco y otros menores; que las precipitaciones pluviales, concentradas en el Valle de Anáhuac, era una cuenca pluvial cerrada; esto es que carecía de ríos o arroyos que hicieran posible que las aguas excedentes tuvieran salida.

En tal razón, desde los tiempos de los aztecas, las inundaciones eran muy severas y frecuentes; para evitar estas acumulaciones de agua, tan dañinas a los habitantes en la tierra firme de la Gran Technotitlán, construyeron un largo dique, que no llegó a tener la utilidad deseada. Se le conoce en la historia, como el Albarradón de los Indios. En su momento, también los españoles hicieron una obra semejante, que se le llamó: El Albarradón de los Españoles.

Como la ciudad española, ya conocida como México, también sufrió, como una gran calamidad, los embates de las aguas de la lluvia acumuladas en el fondo del valle y, sin tener salida, los lagos derramaron sus excedentes por calles y sobre las calzadas de la naciente ciudad.

A principios del siglo XVII llegó a la capital de la Nueva España un ingeniero alemán de nombre Henrich Martin, que en nuestra historia se le conoce como Enrico Martínez. En 1607 acometió la magna empresa del desagüe del Valle de México, proponiendo un gran tajo, en parte abierto y en parte cerrado (túneles), que iría desde Nochistongo, por donde desaguaría el Río de Cuatitlán, en el hoy Estado de México, hasta el Río Tula, por donde se verterían las aguas al Río Pánuco, que desemboca en el Golfo de México.

En 1637, la obra de Enrico Martínez se dio por concluida, sin que fuera eficaz. La capital de la Nueva España duró bajo las aguas durante cinco años. Enrico Martínez fue encarcelado , acusado de ineptitud.

La obra del Tajo de Nochistongo se continuó durante muchos años, bajo diversos directores y con las consecuentes inundaciones, hasta 1900, en que fue inaugurado, con gran pompa y circunstancia, por don Porfirio Díaz, después de tres siglos de que Enrico Martínez comenzó a construir el dichoso Tajo.

La Ciudad de México siguió sufriendo, y para 1952 en el centro de la ciudad estuvo bajo las aguas durante tres meses, y ya para entonces el disgusto de los vecinos se convirtió en desdén político y maldición; así Gustavo Casas Alemán, a quien se consideraba sucesor en la Presidencia de la República de su primo hermano Miguel Alemán, tuvo que declinar sus aspiraciones.

Años después se comenzaba la construcción del drenaje profundo. Obra ordenada por Adolfo Lopez Mateos, no pudo verla concluida por su muerte. En el periodo presidencial siguiente se construyó la línea uno del Metro y se avanzó mucho en la obra del drenaje profundo.

El que se veía como favorito para la sucesión presidencial era el Gral y Lic. Alfonso Corona del Rosal, jefe del Gobierno del DF, quien resultó anulado en la liza política, por los acontecimientos del dos de octubre de 1968.

En nuestra ciudad, agobiada por tantas y tantas inundaciones, producto de la mala administración pública, se enfrenta hoy a soportar las una y mil molestias que una obra, que se espera sea benéfica, nos está causando a los campechanos, y desde luego poniendo en juego las capacidades técnicas y profesionales de los que intervienen en la dirección del megadrenaje, obra que de resultar ineficaz sepultará para siempre las ambiciones políticas de los que esperan resultar agraciados con la sucesión gubernamental que se avecina.

Sin embargo, en Campeche, la obra del Tajo de la Avenida Central podrá durar mucho y ser de muy mala factura, pero no podrán echarle la culpa a las lluvias “atípicas” y tendremos que conformarnos con llamarlo no el Tajo de Nochistongo, sino el Tajo de “NOchistar”.

Pedro Ocampo Calderón

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