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La Preparatoria de Sabancuy

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Una de las peticiones más sentidas, entre las muchas que recibí del estudiantado de la Universidad Autónoma del Carmen cuando, en agosto de 1987, me hice cargo de la Rectoría, fue la de un numeroso grupo de estudiantes, casi cien, de la Preparatoria Diurna, que procedían de la vecina población de Sabancuy; quienes todos los días viajaban desde ese lugar para poder estar bien temprano en clase. Muchos de ellos carecían de lo más elemental , hasta para el desayuno, pues el pasaje era una cuantiosa erogación.

El ejemplo y la tenacidad de estos jóvenes produjeron en mi ánimo una profunda impresión que me impulsó a implorar un milagro y dotar a la risueña Sabancuy, de una Escuela Preparatoria.

Sentía por Sabancuy y siento aún, una romántica predilección nacida en mi ahora muy lejana adolescencia, cuando en un gran cayuco construido por mi tío don Isidoro Calderón Medina, viajábamos a la vela, desde Huarixé, hasta Isla Aguada y Sabancuy, a celebrar con familiares y amigos, las fiestas de la Santa Cruz. Cuánta hospitalidad y cuánto cariño recibíamos de los habitantes de esos dos pedazos del paraíso; aún estoy en deuda.

La máxima Casa de Estudios isleña, pasaba por la etapa de mayor pobreza de su historia. Había que enfrentar además, toda la gama de las politiquerías y rencores en contra de un firme propósito de levantar el nivel de estudios y lograr que hubiera clases. La Unacar era entonces un enorme portaviones plagado de “aviadores” y de un corrupto y voraz sindicato.

Mis estudios profesionales los había realizado en dos planteles ejemplares: la Heroica Escuela Naval Militar, en donde me enseñaron a gobernar y la Escuela Libre de Derecho en donde me formaron como jurista, amante del derecho y la razón.

Esta última, nació a la cultura de la nación, en 1912, como resultado de una huelga de un destacado grupo de alumnos y maestros de la recién nacida Universidad Nacional de México, en contra de la dictadura de Victoriano Huerta. Carente de instalaciones físicas, alumnos y maestros tomaron la decisión de dar y recibir las clases, en un parque público y para ello escogieron un jardín que después se llamó del Estudiante, en el viejo barrio del Carmen, muy cercano al añejo barrio estudiantil de San Ildefonso en la Ciudad de México.

El nacimiento y operación de la Escuela Libre de Derecho, bajo los árboles, lo tenía muy presente ante las carencias de nuestra isleña Universidad.

Entre las buenas cosas que me han ocurrido en la vida está el haberme reencontrado con un viejo amigo de la infancia, a quien había conocido en mis visitas en cayuco a Sabancuy. Hombre culto y bueno como pocos, querido por todo aquel que tenía el privilegio de tratarlo. Casado con una muy estimable dama hija de doña Rosalía Mandujano de Pizá, quien inútilmente trató de enseñarme a tocar el violín. Nunca pasé del libro de solfeo de don Hilarión Eslava.

Nelín, a quien todo el mundo llamaba así; era en el momento en que llegué a ser rector, secretario académico de la Preparatoria Nocturna, acéfala por la renuncia del director y para llenar la vacante lo propuse. Su prestigio de intelectual, maestro y hombre bien nacido, hicieron que por aclamación el Consejo Universitario aceptara mi propuesta y así llegó a ser director de la Escuela Preparatoria Nocturna de la Unacar.

Ya inmerso en la vorágine, en donde había que esquivar huelgas, huelguitas y huelgotas y las carencias económicas, me hacía del tiempo suficiente para platicar con Nelín de mi sueño de fundar la Prepa de Sabancuy debajo de un árbol, ya que carecíamos de todo, sobre todo de dinero. Me toleraba mi santa locura de establecer una escuela bajo un árbol. Presentía que los sabancuyeros, a quienes conocía como gente buena y progresista, apoyarían mi arbóreo proyecto una vez que lo conocieran. Bien sabía de lo que los sabancuyeros eran capaces de lograr. Tenía muy presente que, con don Francisco (Pancho) de la Cabada a la cabeza, formaron una legión que piedra en mano construyeran, al estilo de los antiguos romanos, el Viaducto que los sacó del aislamiento en que por siglos vivieron.

Así las cosas, de plática en plática; un sábado en la mañana le dije a Nelín, mañana vamos tu y yo a Sabancuy a buscar un árbol para fundar la escuela. Tolerante como era, no me contradijo y al dia siguiente, la emprendimos cual caballeros andantes, eso sí montados en un automóvil.

Al llegar al pueblo, le pedí que tomáramos hacia la derecha y a unos metros del cuartelillo de la Infantería de Marina, apareció el milagro: un frondoso tamarindo casi al borde del estero. Fue tal mi entusiasmo, que a Nelín debo haberle parecido que el calor y la luz del sol me habían vuelto loco. Allí mismo me lo hizo saber; como también me hizo saber, señalando hacia las hermosas casas techadas con tejas francesas, me expresó: “Mira Pedro esa es la casa de mis padres, pero a lo mejor te interesa la “accesoria” que vamos construyendo a n lado, ven vamos a verla”.

La “accesoria”, era una construcción de unos ocho metros de frente por veinte de fondo, la cual ya estaba techada y a la que le hacia falta el revoco de las paredes, la instalación eléctrica, que incluía unos ventiladores de techo, las puertas y ventanas.

Generoso como era, me preguntó ¿“Crees que sirva para un aula?, la estamos haciendo para un posible local comercial, pero si crees que sea útil como aula, con mucho gusto la cedo para que aquí nazca la Prepa”. El milagro se había realizado, la Prepa de Sabancuy nacería debajo de un “árbol”, sí, pero genealógico.

Ya de regreso a la isla, me planteó la necesidad de sufragar los gastos necesarios para la conclusión de la primera aula de la Prepa de Sabancuy. Quedamos que como la Unacar carecía de presupuesto para ello, tendríamos que aportar de nuestro bolsillo lo necesario. Cada sábado en la mañana , Nelín me visitaba y me decía cuánto se necesitaría par el pago de la “semana”. De nuestro bolsillo salían esos gastos. Enteramos al Consejo Universitario y propuse la creación de la Escuela Preparatoria de Sabancuy y el nombramiento como primer director a don Manuel (Nelín) García Pinto, que desde luego así fue aprobado. Nacía el Campus Sabancuy y la Unacar se proyectaba más allá de las playas de la isla, marcando el sendero de la educación universitaria en el Estado.

Cada domingo viajaba Nelín a Sabancuy y cuando ya estuvo concluida la pequeña obra, me hizo saber que su señora esposa había decidido cambiar su residencia a la casa de sus mayores en Sabancuy.

Se fijó fecha para la inauguración de los cursos de la Prepa y una noche de fiesta con la presencia del Ballet Folclórico de la Universidad, Sabancuy tuvo su Prepa. Esa misma noche, se donaron terrenos para la construcción de la Prepa y más adelante se obtuvo el terreno en donde hoy se levantan, espléndidas instalaciones educativas, para la “mini” Universidad del Carmen. Son un ejemplo claro del trabajo universitario de los carmelitas.

Hoy me regocijo con la noticia de que a Nelín le entregarán una medalla post-mortem en reconocimiento a su labor y su acendrado amor por la tierra que lo vio nacer. Qué lástima que no recibiera en vida el reconocimiento, hubiera sentido la misma emoción que tuve, cuando de manos del gobernador y en presencia de toda la comunidad sabancuyera, se me hizo entrega de un precioso pergamino por mi participación en la fundación de una Prepa bajo un árbol. A mi me distinguieron con la Medalla al Mérito Universitario y otro pergamino por haber fundado la Facultad de Ingeniería en 1989. Gracias por el estímulo otorgado en vida.

Pedro Ocampo Calderón

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