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Crónica de un viaje difícil

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Dice el dicho popular que no es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después.

No cabe duda que el ingenio de los mexicas es un certero golpe a la razón.

Dado que toda la family decidió viajar no me quedó más remedio que aceptar la invitación de mi hermana para pasar la Navidad en la helada ciudad de México. Si el frío era terrible la casa de mi consanguínea era peor.

Me voy ligera de equipaje y regreso con un maletín de más, lleno de libros, películas y otras cosas de regalos.

Al día siguiente me invitan a un desayuno; me voy muy elegante con abrigo, bufanda y altos tacones. Al regreso se me hace fácil pedir que me dejaran en un centro comercial para comprarles unos regalos de Navidad a mis anfitriones.

Entro a la tienda muy oronda sintiéndome soñada mientras me hacía de bolsas estilo Hollywood. Poco a poco empiezo a sentir los rigores de las soñadas bolsas; los tacones me mataban, la compostura se perdía mientras me iba de lado y la bufanda me ahorcaba.

Al salir a buscar un taxi el gélido viento me arrastraba con todo y bolsas y maldecía los p… tacones. Cuando al fin pude conseguir el carro subí en calidad de infartada y medio ahorcada con la p… bufanda que enredada en las bolsas me tenía morada de muerte. Recuerdan a la famosa bailarina Eleonora Duncan que murió enredada en su bufanda les juro que me sentía igual con la lengua de fuera y cerca de Dios. Además la nariz no dejaba de fluir por el frío. ¿Y qué haces, o te limpias los mocos o corres para alcanzar el p… coche.

Al llegar a casa el gato de la familia estaba grave y todos en estado de shock. Pensé que el gato se moría y no habría cena navideña.

Al siguiente día me invitan al teatro y justo al llegar a la taquilla los boletos se agotaron, frustrada, mojada y congelada me tomé una botella de sake yo solita para olvidar mis penas, sólo faltaba el mariachi pero no compagina en un restaurante japonés

Al fin me preparo para regresar a mi cálida tierra y dejar de moquear y volver a ver mis ojos blancos.

Llego al aeropuerto que estaba hasta la madreselva y cargando el pesado maletín y ¡OH SORPRESA! no tenía asignado asiento Campechito retrechero. Cómo me acordé de quién me lo vendió; estaban los vuelos sobrevendidos y me quedé sin subir al avión.

No quiero lastimar sus castos oídos de todo lo que me dije, los brazos a punto de ser amputados de correr de un lado a otro con el p… maletín.

Estoy segura que en mis años mozos me reía de la aventura, pero hoy no cambio mi cama, mi calorcito, los rituales navideños fuera de casa ya no están para esta mosquetera.

Espero y les deseo de corazón que lo hayan pasado mejor que yo y lo sigan pasando, aunque el año que empezamos va a estar de poca.

Rosa María Lara de Rullán

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