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“Juegos del llanto”

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En anterior artículo, previo a la Navidad, inicié una referencia hacia la vialidad, que en el devenir del mismo, los recuerdos de aquel Campeche de mi infancia dejaron atrás mi interés por el flujo de coches y el caos en el que diariamente estamos inmersos.

Regreso a mi destruida ciudad y nuevamente me invade esa sensación de angustia y encabronamiento ante tanta incompetencia respecto a esa vialidad, calles especinadas en estar con cráteres, demagogia provinciana con el mismo cuento de esperar el futuro, cuando éste es amenazado por la falta de money según nos informa el gober mismo y que amenaza —y empieza ya— a despedir trabajadores como el método más sencillo que se le ocurre aparte de elevar impuestos.

Inicio de nuevo año que para aquellos que perderán su ingreso y por lo tanto la forma de manutención de su familia los enfrenta a un ominoso e inmediato futuro. Al mismo tiempo en cantinflesco lenguaje elevado a la quinta potencia cree que descalifica a quien o quienes instalaron un espectacular, dirigido al eficientísimo secretario de Gobierno, denunciándolo como autor de ciertas maniobras destinadas a conseguir una posible diputación federal. Sea lo que fuere es obvio que ese es el deseo de él y de su jefe y uno no entiende por qué el escozor ante esa revelación archi esperada.

Aprovecha el momento para emitir conceptos (?) que intenta descalificar y nos suelta el recorte de trabajadores y con su incoherencia acostumbrada nos consuela entonces asegurándonos de no sé qué obras por venir, bla, bla.

¿Y la vialidad? Bueno, no todo sigue igual… sino peor. Dese un paseíto por la esquina de la calle 10 en San Martín, como único ejemplo; antes de estar ausente todo era un caos. Los peatones para cruzar en ese sitio lo hacían arriesgándose a ser atropellados por los caballerosos camiones de pasaje urbano quienes acompañados por los estúpidos e irresponsables guiadores de vehículos particulares, y sin respetar señalamientos de los semáforos (obviamente no todos, pero sí la mayoría) y ante la ausencia de algún policía de tránsito, cooperan con mucho gusto para el desgarriate de día con día. Los pobres peatones –esos de quienes la “autoridad” ad hoc aseguran que son “primeros”… ¿recuerda?: El peatón es primero, no tienen más remedio que aventarse como el tío Lolo en espera de que algún conductor se apiade y le permita cruzar que, también hay que decirlo, aunque mínimos los hay y ceden el paso.

El comentario general de los aguerridos críticos era —y es— no entender la razón de que la autoridad responsable de la vialidad no hubiera dispuesto que algún heroico miembro de ese cuerpo colegiado fuera destinado a esa —y a otras esquinas—para hacer respetar esa vialidad y tomar bajo su protección a los inermes e inocentes peatones que tienen que utilizar esos cruces a cuenta de su integridad física y también moral y esotérica.

¿Y qué creen? Pues resulta que sí se les ocurrió después de meses, y disponen de estudiantes de la Academia de Policía, pero, siempre ese canijo pero, no los sitúan en esa esquina, por lo que el peligro para el peatón sigue incólume pero aumentado sin pudor alguno.

Han habido varios casos en que los atropellamientos se han evitado gracias a que el peatón en turno logró gracias a sus reflejos y juventud sortearlos favorablemente. El que esto denuncia ha sobrevivido por contar aún, a pesar de sus sesenta años, con una vitalidad y ligereza de movimientos, secundarios a sus prácticas guerrilleras, que le han permitido cruzar diariamente en tan peligrosa esquina; algunas veces de puro encorajinamiento, encabronamiento, vaya, me he enfrentado retadoramente para ganar el paso a algún vehículo, pero al día de hoy que me he topado con un émulo de “nacidos para perder” (born losers), como en aquella inolvidable película con Peter Fonda, y que por poquito me lleva la madre si en un momento no logro brincar en grácil esfuerzo y librarme así del susodicho asesino en potencia motociclado.

Después de esto les aseguro que me he retirado de volver a intentar esa forma de protesta y mejor decidí escribir todo lo anterior y dejar pública evidencia de ese desaseo y responsabilidad a esas incompetentes autoridades de cualquier atropellamiento “accidental” que pudiera yo recibir, como aseguró don Corleone en la inolvidable Padrino I, al ofrecer al resto de los mafiosos el no utilizar la violencia como prueba de su voluntad.

Y además aviso que si en un plazo no mayor de siete días posteriores a la publicación de este escrito, ese problema no se ha resuelto poniendo a un policía para dirigir ese paso peatonal, personalmente me encargaré de dirigir ese tráfico a favor del peatón con mi nombramiento de “Tránsito ciudadano” en una camiseta.. .a ver si así entienden y nos protegen de una vez por todas. He dicho. ¡Vale!

Manuel R. Gantús Castro

 

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