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El poder, un juego de ajedrez

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A medida que leo y escucho hablar de la institucionalidad hacia el sistema y las estructuras de cualquier institución social, analizo los comentarios de las personas que se sienten aludidas a ser portadores y a la vez, benefactores de este concepto sin entender por qué lo han desvirtuado tanto al grado de calificarlo como algo absurdo, carente del respeto que actualmente muy pocos le conceden.

Como si fuera un juego, hoy en día, la lealtad, la gratitud y la institucionalidad se mueven como piezas de ajedrez donde sólo importa ganar no perder. Tres palabras que se acuñan como perfectas amalgamas que no siempre terminan unidas sino generalmente divididas o fragmentadas por la endeble razón que las rodea.

Con ellas juega la mayoría de la gente en su vida cotidiana, familiar, social y política, nada escapa de ser visto bien o mal de acuerdo al fin que se persigue. La famosa frase de Nicolás Maquiavelo “El fin justifica los medios”, a la que recurren quienes no encuentran otra manera de justificar lo injustificable todavía es mal empleada.

La deslealtad, ingratitud y la falta de institucionalidad no existen porque sí, en algunos casos se vuelve costumbre y en otros, son el resultado a una respuesta a un efecto, es algo parecido a un noviazgo o enamoramiento. Cuando una pareja se encuentra en esta fase todo es color de rosa, las palabras, las promesas y las atenciones no se escatiman ni se regatean, pero termina e inicia la segunda fase de la relación con el matrimonio o la vida conyugal entonces las cosas cambian y muestran su verdadero rostro.

Todas las cartas quedan al descubierto y pareciera como si la persona que mintió es la que más disfruta mostrarse tal como es en realidad. Es obvio que frente a estos escenarios el despertar de golpe y porrazo sea al principio doloroso, frustrante y deprimente. Sin embargo, nada queda al azar y tarde o temprano las consecuencias aparecen sin censura. El olvido y la falta de credibilidad se convierten en el principal fracaso del ser humano que no puede recuperar el tiempo perdido, las promesas sin cumplir y sobre todo, el respeto.

No hay nada peor que perder lo más preciado por decisiones, tentaciones y elucubraciones que al final culminan destruyendo y arrebatándole lo que tanto deseo tener, aquello por lo que tanto luchó y venció obstáculos al grado de hacer y decir lo que jamás pensó realizar.

El desleal, el ingrato y traidor no siempre es el que ejecuta la venganza, sino el que la dirige, la orquesta, arrincona, excluye y se deshace de los que considera sus “enemigos”, el mismo que termina convertido en el artífice de su propio destino, un destino equivocado, lacerado, arruinado moralmente en el ejercicio de su poder, su prestigio y al final, casi siempre encuentra el olvido sin retorno de su pueblo y de los que una vez consideró sus amigas, amigos y cercanos.

Las nuevas generaciones no pueden ni deben darse el gusto de usar, recurrir o instrumentar acciones como éstas. La lealtad, la gratitud y la institucionalidad parecen desmoronarse en los lazos frágiles que los unen justo en el momento que más debieran estar fortalecidos sin resentimientos ni excusas, sólo con la convicción y el argumento que un día convenció.

“El poder recibe el matiz que el político y el gobernante le quiere dar, pero envilece la mente del ingenuo, del ignorante y la del más brillante cuando el corazón se predispone al rencor”.

Elda Clemente Reyes

 

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