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El pecado de ser viejo y enfermo

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La modernidad acaba con las pantallas verdes, hogar de vida silvestre. Con la danza que producen las ramas cuando el viento juguetea con las hojas y con las hermosas faenas que producen cuando el aire atraviesa sin lastimar sus arbustos.

Los pacientes en hospitales han mostrado recuperarse más rápidamente de cirugías cuando desde sus habitaciones se ven árboles.
Se ganaron el derecho de vivir, había una relación entre árbol y humano, el primero le regalaba oxígeno, el segundo admiraba las obras de arte que se creaban con el viento que jugueteaba con sus hojas, un espacio visual y de recreación.

El 30 de junio de 1520, el conquistador Hernán Cortés lloró debajo de un árbol de ahuehuete después de haber sufrido una cruel derrota a manos de los mexicas. Casi 500 años después, los restos de este árbol aún siguen en pie. Pasaron los siglos y este árbol se
convirtió en símbolo del valor y resistencia que los indígenas mostraron ante los invasores españoles.

La fuerte relación entre personas y árboles es más evidente en la resistencia de una comunidad de vecinos a que se talen árboles con motivo del ensanchamiento de las calles. O cuando observamos los heroicos esfuerzos de personas y organizaciones para salvar árboles singularmente grandes o históricos en una comunidad, sin que eso cimbre la conciencia de quienes talan sin rubor alguno.

Sin embargo ese espíritu no se presentó en la ciudad y modernos dientes filosos mutilaron la vida de cinco viejos habitantes, no se despidieron cuando eran celosos guardianes de las murallas. Por viejos y enfermos los árboles con más de 50 años de vida proporcionando oxígeno y sombra se acabó, y nuevos inquilinos, 60 plantas de macules, en el lienzo amurallado ocuparán su lugar, en junio.

Árbol de sombra o árbol de fuego llamado también debido al encendido color de sus flores de color rojo anaranjado, en contraste con el magnífico verde de sus hojas, ahora sólo quedan recuerdos de las bondades que ofreció en su juventud, nadie evitó ese crimen ecológico. Ni Gilberto, en 1988, y mucho menos Opal y Roxana, en 1995, los abatieron.

Por increíble que parezca, fueron los mismos protectores del ambiente quienes dejaron el corazón abierto de cinco árboles con más de 50 años regalando oxígeno, aumentando la calidad de vida de los residentes de las comunidades. Una pantalla siempre verde provee protección de los vientos invernales y es una barrera que proporciona privacidad.

Los árboles de la calle proveen sombra y cobertura de superficies pavimentadas reduciendo los escurrimientos
y el calor de reflejado. Los pájaros y otros animales silvestres son atraídos a dicha área. Los ciclos naturales de crecimiento, reproducción y descomposición de la planta vuelven a estar presentes, tanto en la superficie como debajo de la tierra.

La copa de un árbol está diseñada para captar la luz solar y al extenderse sombrea el piso, causando bienestar en un día soleado y protegiendo la fauna, la flora inferior y al hombre y sus bienes, del efecto dañino del impacto directo de los rayos solares. Su copa está diseñada para que el aire pase a través de las hojas, filtrando los polvos, cenizas, humos, esporas, polen y demás impurezas que arrastra el viento. Las hojas pubescentes y la corteza rugosa en el tallo atrapan tales impurezas.

El árbol secuestra el bióxido de carbono que contamina la atmósfera a través de la fotosíntesis que realizan las hojas, el árbol atrapa el CO2 de la atmósfera y lo convierte en oxígeno puro, enriqueciendo y limpiando el aire que respiramos. Se estima que
una hectárea con árboles sanos y vigorosos produce suficiente oxígeno para 40 habitantes de la ciudad.

Queremos tener árboles a nuestro alrededor porque nos hacen la vida más agradable. La mayoría de nosotros respondemos a la presencia de árboles no sólo admirando su belleza. En una arboleda nos sentimos serenos, sosegados, descansados y tranquilos. Nos sentimos como en casa. Los árboles cuya tala se propaga deben ser evaluados en forma previa por especialistas en sanidad vegetal, los que dictaminarán sobre la conveniencia o no de su trasplante o tala.

Sin embargo, eso no ocurrió en el caso de los que fueron cortados por razones de construcción del megadrenaje. Si esa magna obra no existiera, la copa de esos árboles viendo al cielo ahí estarían ofreciendo oxígeno para los pacientes del Seguro Social,
sombra para quienes esperan el transporte público con el canto de las aves y una pantalla verde alegrando un día soleado.

Candelario Pérez Madero

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