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El México bárbaro de hoy

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Asombroso resulta ver las imágenes de extrema violencia en contra de un policía granadero, de tránsito o cualquiera que sea su función cuando es abatido a palos, piedras y patadas en el suelo en un lugar llamado San Bartolo Ameyalco.

Pero no piense que este sitio se encuentra en la lejanía de un  monte o en la salvaje e intrincada selva negra, roja o verde; no señor, se encuentra en una de las delegaciones más importantes del Distrito Federal, en donde concurren las mejores y más caras escuelas de educación de todos los niveles incluyendo importantes áreas de investigación y de seguridad pública.

El jefe de Gobierno como el delegacional reconocen intereses particulares —en este asunto—, de dueños de pipas de agua con ganancias millonarias mensuales que pueden llegar a perder, y que son los principales instigadores.

Sin embargo nada de ello justifica  la violencia ni  los ataques a los representantes de la ley, nada explica la falta de acatamiento a una autoridad que acude en cumplimiento de una orden para procurar el orden público.

Estos episodios en la capital no son nuevos, han habido espeluznantes escenas de personas quemadas, lamentablemente siguen sorprendiendo los casos de extrema violencia.

Al escribir estas líneas se difundía la noticia de que en otro pueblo del Estado de México en la región de San Andrés en la zona de los volcanes en un operativo en contra de la tala ilegal, los pobladores azuzados por quien sabe quién golpearon y asesinaron a dos policías, según porque los guardianes del orden habían disparado a los taladores.

Todo ello muestra el reflejo de un salvajismo excesivo en franca convivencia con instituciones y hombres ilustres y otros de poco lustre, que no han podido hasta la fecha, disminuir el grado de violencia en algunos pueblos o comunidades de las que conforman las diferentes delegaciones capitalinas.

En el caso de Ameyalco se detuvieron a cinco personas quienes recibirán las sanciones que correspondan, el castigo es necesario pero no es la única solución.

Estos actos dejan claro que en esas comunidades está ausente el respeto por la policía, existe una total desconfianza para quienes representan la autoridad en seguridad pública, de ahí las muestras tan violentas sin control.

No debe soslayarse el rezago en proporcionar atención  a sus diferentes necesidades, imprescindible tender puentes para incrementar las fuentes de  trabajo, mayor nivel educativo y protección de su entorno no sólo el físico, sino también ambiental, y por supuesto ganar terreno en la confianza de los habitantes, en fin o dicho de otra manera, para empezar se trata de que no reaccionen como verdaderos salvajes emulando aquel México bárbaro que aún no termina al menos en estos lugares y en esta época.

Nada vale la pérdida de una vida humana.

Situaciones violentas que no sólo son privativas de la ciudad de la nube gris, sino de varias partes de la República donde podrían estar incluidos habitantes de comunidades de nuestro Campeche, por ello se tienen que respetar sus derechos esenciales a la libertad personal, seguridad jurídica, legalidad, presunción de inocencia y prohibición de detenciones arbitrarias, sobre todo esta última para no desencadenar hechos semejantes.

Sergio Iván Padilla Delgado

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