Inicio»Opinión»El valor de la palabra

El valor de la palabra

0
Compartidos
Google+

Para algunos las palabras no son más que sonidos que emergen de su boca; sin embargo, para otros representan el significado de su vida misma, su honor, su honra, su valor como seres humanos. La palabra como tal le da un significado a la existencia del hombre. Es la imagen de su ser interior, ésta es el resultado de la dinámica de sus diálogos internos.

En sus inicios sociales la interacción de los seres humanos se fundamentaba tan sólo en ella, en la palabra. Así adquirió valor como promesa, juramento, compromiso, deber, pacto, convenio, sólo ella sostenía reinos, alianzas, etcétera. En fin, la palabra regía el destino de los hombres.

En los últimos tiempos el ser humano ha olvidado el gran valor que tiene la palabra, lo que se dice y lo que se hace. Hay palabras que nos alaban, palabras que nos dan esperanzas, palabras que nos ofenden…

¿Habrán meditado alguna vez los profesores sobre el valor de sus palabras? Para la mayoría de los niños que asisten a la escuela, el profesor es la máxima autoridad, la ley suprema. Lo que dice es absoluto, no admite discusión alguna.

En ocasiones los padres jamás podrán convencer a sus hijos de que el profesor ha cometido un error en algún tema. Por ello hay que preparar con mucho cuidado a quienes llegan a sembrar en esas pequeñas cabecitas, porque todo lo que les digan quedará cincelado en sus mentes para siempre. Y eso es una inmensa responsabilidad.

Quizá cabe la analogía con aquellos que dirigen a los pueblos; el político que convence y emociona a las masas; el mandatario que comunica, consulta y rinde cuentas. Ellos son la autoridad de la sociedad.

Si dentro de un salón de clases se debe cuidar el valor de la palabra, cuánto más no será en un grupo social. Los políticos, si quieren realmente permanecer vigentes, deberían ser los más interesados en cumplir lo que dicen. En respetar su palabra.

La palabra —decía mi abuelo— vale más que mil papales firmados. ¿Será que somos capaces hoy de decir lo mismo? ¿Será que nuestra sociedad realmente valora lo que se dice?

La tendencia actual dos indica que nos hemos ido acostumbrando al juego de la verdad y la mentira. Que nos hemos ido contaminando de la teoría del discurso políticamente perfecto hasta llegar a generar mentiras perfectas. A realizar el acto irresponsable de ir ajustando lo que se dice al momento o a la audiencia. Hasta ir haciendo declaraciones para medir la reacción del público y según ella, salir luego a corregirlas, desmentirlas o explicarlas.

Esa falta de credibilidad del que miente no se queda en un solo tiempo. A la larga, también va minando a las instituciones que deberían permanecer más allá del mandato del encargado.

Mientras, el desgaste de autoridad hace que cada vez sea más difícil generar consensos positivos, pues ya nadie quiere confiar en el rumbo que se marca. Cuando usted mi distinguido lector de TRIBUNA observe a un profesor que necesita gritar o gesticular airadamente a los alumnos para imponerse, puede estar seguro de que a ese señor ya nadie lo respeta.

Aquellos que haciendo caso omiso a la realidad mantienen la confianza ciega, suelen estar motivados por intereses que no admiten racionalidad en contra. Son como los “chavos” del ejemplo que no permite prueba en contra del profesor equivocado.

Quienes manejan la comunicación unidireccional deberían irremediablemente meditar el valor de su palabra y su efecto. Si esta cae devaluada —ya sea producto del exceso o de la escasez—, todos dejamos de confiar. Y la falta de confianza debe ser una de las derrotas más grandes —si no la más grande— de un político.

Las palabras pueden tener un impacto profundo en la vida de las personas, cuando son dichas con la autoridad legítima ganada y mantenida a través del respeto. Todo lo demás es autoritarismo.

Finalmente, hay que reivindicar el valor de la palabra, porque es una poderosa herramienta que puede cambiar para bien nuestro entorno social. ¿Y usted mi distinguido lector acostumbra cumplir su palabra?

Envío mi más sentido pésame a las familias Hernández Hernández y Hernández Curmina por el lamentable fallecimiento del Lic. Edgar Hernández Carpizo, hombre leal y buen amigo. Durante su amplia trayectoria jurídica se distinguió siempre por su entrega y profesionalismo, así como una marcada camaradería que lo convirtió en una persona muy apreciada por la sociedad campechana. Por lo cual hago votos para que el Creador lo reciba en el seno de su gloria y envíe a sus seres queridos la resignación y el consuelo a sus corazones. Descanse en paz un campechano ejemplar.

Rafael Martínez Castro

Noticia anterior

Preparan proteger a unas 60 mil reses

Siguiente noticia

Maiceros demandan apoyos