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Proyectos inconclusos

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Peor aún sin respetar los tiempos reglamentarios en las etapas requeridas de acuerdo al tipo de obra: bacheo, relleno, edificación de aceras, carreteras, instalación de luminarias, señalización vial, construcción de escuelas y edificios para servicios públicos, etc.

Ante las deficiencias observadas, han surgido grupos de ciudadanos que reclaman y manifiestan rechazo al momento de recibir la obra de ínfima calidad, de poca duración y peligrosa para los vecinos.

Un ejemplo es el drenaje de la ciudad capital. Están a la vista de los contribuyentes la inadecuada planeación y coordinación y la lentitud de las compañías en las etapas del llamado megadrenaje: excavan, rellenan, rompen, tapan, vuelven a romper y por semanas permanece así. El propósito de hermosear la ciudad nos está costando a todos, no por el millonario gasto, sino por las molestias ocasionadas a causa del desorden en las fases del trabajo.

Vale la pena, preguntar ¿cuándo había visto que en las avenidas principales –ruta del drenaje– las tapas metálicas del desagüe y rejillas rebasen el nivel del pavimento? ¿Por qué a los pocos días de aplicar la última capa de la recién pavimentada carretera se excavan canales para la instalación eléctrica o de señalización en los cruceros o glorietas? ¿Las constructoras ganadoras de las licitaciones están certificadas, tienen el personal competente en ingeniería, movilidad y construcción? ¿Por qué las empresas trabajan sin coordinación? Mientras una repara, otra desbarata, llega una tercera y cambia el proyecto, y si no se convence la autoridad, le pagan a una cuarta compañía dizque para reparar lo malo… ¡la historia de nunca acabar!

Complica el caos –vial y emocional de peatones y conductores– tener que librar camiones de volteo tirando por las calles diversos tipos de material en polvo, no se diga de unidades pesadas (contaminando con el humo del diesel quemado) transportando piezas de concreto, estructuras, tablas, alambres, clavos sueltos en el asfalto… ¡No, no! Ecos de una ciudad en reconstrucción…

Lo anterior no es privativo de San Francisco de Campeche, ocurre tanto en cabeceras como en juntas municipales, poblados y ejidos. De un presupuesto inicial sobrevaluado se gasta más de lo autorizado, el resultado: obras deficientes y proyectos inconclusos.

La ciudad se encuentra en permanente reconstrucción, porque además el plan de urbanización no atiende un proyecto integral que asegure movilidad urbana ni responde a la necesidad y calidad de servicios públicos de los habitantes.

Sin un plan de desarrollo urbano, con unidades habitacionales deprimentes, privadas residenciales rodeadas de placitas comerciales con kioskos de antojitos, a lado de una residencia un hospital, a lado de un hospital un lote baldío, junto a éste una obra abandonada ¡qué aspecto! Y si a ese panorama agregamos la abundante basura en camellones, aceras, andadores, calles y avenidas, el apocamiento de la belleza citadina aumenta. Pareciera que las autoridades municipales son apáticas al orden y  la limpieza, pues no se atreven a aplicar las leyes y reglamentos, ni mucho menos a implementar una campaña integral y permanente de limpieza en toda la ciudad.

Poco a poco en los cruceros y postes de los camellones aparecen lonas, cartulinas, carteles o cualquier tipo de publicidad, anunciando sus servicios,  carros ambulantes de alimentos (con sus respectivos tanques de gas butano), mesas y sillas sobre las aceras ¿dónde están los empleados públicos para vigilar, aplicar sanciones y retirar esos puestos y anuncios? Retan a los supervisores del Ayuntamiento, pagan mordidas y lo grave… no pasa nada.

Lo vergonzoso es la mala imagen que se llevan paseantes y turistas. Acaso, ¿los campechanos merecemos la incapacidad de los directores del Ayuntamiento o de las secretarías estatales de Gobierno? Ciertamente, las entidades tienen sus particularidades, presupuesto asignado y plan de desarrollo, la comparación no justifica el lento avance pero sí es referente para reconocer lo mucho que falta para posicionarse en niveles mayores de desarrollo humano, calidad social y movilidad, para estar a la altura de las ciudades coloniales de América.

La calidad de vida de la gente no depende de cuánta obra pública realicen los gobiernos, sino de la calidad de sus servicios públicos y de la participación ciudadana para vigilar el ejercicio del presupuesto, conservar en buen estado cada una de las obras y demandar el cumplimiento a los gobernantes, quienes alguna vez fueron a solicitar el voto y jamás regresaron a informar o, en el mejor de los casos, a saludar a los vecinos del barrio o Distrito.

La vida democrática no está supeditada a la cantidad de partidos políticos, mientras mayor sea el número de candidatos por cada partido, más gastos, más contaminantes auditivos, visuales y físicos; dinero mal gastado porque, como siempre sucede, el ganador no termina el periodo de su gestión por el que resultó electo, pues tiene prioridad su ambición personal o decisión partidista por encima del compromiso cívico, la atención ciudadana, obtención de satisfactores para el progreso, bienestar social de los votantes y sus familias.

A veces, los funcionarios olvidan que sus familias transitan por las mismas calles y se vuelven insensibles a los problemas cotidianos, mientras los contribuyentes reclaman un mejor uso de los recursos económicos, cero corrupción y más eficiencia. La situación es crítica, lamentable. La  voz de los ciudadanos es  señal de alerta.

Los residentes de este rincón mexicano ya no le temen a corsarios, ni piratas, tampoco viven de melancolías coloniales. En pleno siglo XXI abrazan la confianza de su gente, resisten con bravura pero están decididos a usar la razón y la fuerza del trabajo para un presente digno.

Teresita Durán Vela

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