Inicio»Opinión»Una velada muy agradable

Una velada muy agradable

0
Compartidos
Google+

El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina, ni un comercio, ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia.

Gilbert Keith Charleston.

En el transcurso de la semana recibimos la invitación de un familiar muy querido, mi tía Carmen, quien cumplió años el día 14. Su hermana mayor, la tía María, lo cumplió al otro día, ambas nacidas en el mes de abril.

La cita fue en la casa de los abuelos, donde ambas vieron por primera vez la luz y vivieron hasta desposarse con quienes fueron sus compañeros hasta que el Señor los llamó a su presencia, nuestros tíos Pepe y Fernando.

Permítanme decirle que mi abuelo Eutimio sólo vivió hasta los 56 años, por lo que muy pocos de sus 16 nietos tuvimos la oportunidad de conocerlo, pero también déjenme decirle, o más bien presumirles, que todos tenemos un cariño y amor muy especial hacia él. Aún no sé de alguien que lo haya conocido y me haya dicho la mínima cosa negativa de él, sólo he escuchado cosas buenas.

Con un sentimiento de nostalgia, esa noche reviví un momento de mi vida, ya que tengo sólo un recuerdo de él, y rememoro viéndome parado en el umbral de la puerta de la cocina, que daba precisamente de frente a la habitación de mis abuelos.

Era apenas un niño que aún no cumplía los cuatro años, donde observé una escena triste que se entrampó en mi corazón: mi abuelo postrado en una cama, enfermo, pocas horas antes de su partida.

En un momento dado, nuestro anfitrión y primo Fernando nos mostró aquel cuarte y me encontré parado precisamente en ese lugar de mis recuerdos, y le comenté aquel suceso. Él no tuvo oportunidad  de conocerlo, pues cuando eso sucedió no había nacido.

Me mostraba un cuadro con una pintura del rostro del abuelo, que al decir por mis tías, mi madre y los que tuvieron la dicha de verlo y tratarlo, es “la viva imagen” de cómo era don Eutimio Bernés Justiniano. Estoy seguro que nos hubiera querido mucho, que hubiese sido un buen abuelo, cariñoso, consentidor y hasta cómplice en nuestras travesuras. A mí me hizo mucha falta.

Sé que mis abuelos estarían orgullosos de todos sus nietos. En lo personal estoy orgulloso de ser miembro de esta familia, algunos reconocidos por sus logros, muestra de ello, Pepín, al que siempre le he dicho lo orgulloso que me siento de ser su primo, y estoy cierto que todos compartimos ese sentimiento.

Ver a mis dos tías esos dos últimos bastiones que quedan de la familia Bernés Aragón, junto a la viuda de uno de sus hermanos, Mireya, mi madre, como siempre me causa una singular alegría.

Los que tuvimos la suerte de estar ahí vivimos un rato agradable, como siempre nuestro primo (o más bien tío) Róger Armando, con su carisma, dio un toque de alegría a los que compartimos la misma mesa. Por cierto Róger me comentó que le agradó ver a Raúl Alberto, mi hermano, compartir muy alegre esta convivencia.

Sin faltar el pastel de cumpleaños, y ¡fueron dos!, hubo para ambas. Buen detalle de Fernando; se les cantaron “Las Mañanitas”, se les deseó lo mejor y, lo más importante, lo disfrutaron a placer, al igual que todos nosotros.

Fueron muchos los recuerdos que afloraron en la mesa que compartí con mi madre, hermano, tías y algunos primos. Desde las trampas que hacía Róger Armando para agenciarse las mejores figuritas de las planillas que se vendían en la tienda de mi tío Manuel Aragón, su papá, hasta cómo ordeñaban el cajón de las ventas algunos de mis primos en el expendio de granos de mi tío Pepe Alcocer.

También recordé que pillé unas monedas de la tienda de mi tío Manuel, pues me di cuenta que algunas de ellas, al cobrar mi tío y meter el dinero al cajón, caían al piso y rodaban debajo de un enorme mostrador, travesura que nunca había confesado.

Todas estas anécdotas le dieron ese toque especial que emana de una familia reunida para compartir un evento especial, festejar o convivir y recordar con nostalgia, con cariño, con orgullo, con pena, todas esas cosas que afloran en esos momentos familiares.

La noche además de ser muy bella, nos hizo olvidar el calor sufrido por la mañana, ese bochorno digno de esta época primaveral y donde el cambio climático la vuelve más canicular. Esa noche el clima fue benigno con toda la familia, el sofocante calor matinal aminoró y se convirtió en un fresco nocturno que envolvió a toda la familia, que permitió que la consanguineidad, aunado a la camaradería, se convirtiera en el marco ideal para hacer de esta reunión “una velada muy agradable”.

Rodolfo Bernés Gómez

Noticia anterior

El caos vial

Siguiente noticia

Monitorean en Animaya