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Salvatorianos

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Comienzo estas líneas con una moraleja que oí el domingo pasado en el templo de San José Obrero, en misa de 12 del día, y que más o menos va así:

Vivían Juanito y su madre en medio del bosque, y estando muy enojado el primero porque su mamá no quería darle más postre, empezó a gritarle:  te odio, te odio, y no conforme con ello salió de la pequeña vivienda y siguió gritando, te odio, te odio.

Inmediamente, el eco que provenía del bosque le repitió: te odio, te odio. Muy asustado Juanito entró a su casa y refugiándose en los brazos de su madre le dijo: “En el bosque hay un niño que me dice te odio, te odio.

Su madre, llena de ternura ante la inocencia del niño, lo toma de la mano y lo lleva afuera de la casa y le dice: ahora sólo grita te amo, te amo, a lo que el pequeño Juanito grita confiando en su madre: Te amo, te amo. Inmediatamente el eco del bosque le regresa te amo, te amo.

La madre de Juanito le dice:  Ves pequeño, todo lo que digas o hagas en la vida, siempre se regresa en el mismo sentido.

Necesario es apuntar que este hermoso relato viene a colación ahora que se ha puesto en entredicho la honorabilidad y la espiritualidad del padre Sebastián y de la congregación de los sacerdotes Salvatorianos.

Mis hijos no han estudiado ni en el Instituto Mendoza, ni en la Escuela Preparatoria Fray Angélico,  si bien han estudiado en escuela religiosa, no fue en esas, pero mi conocimiento de la congregación salvatoriana viene de que soy parroquiana de San José Obrero.

Ahí asisto los domingos a misa y he podido constatar el bien que le han hecho a la comunidad estos humildes y trabajadores hombres, que totalmente lejos de su país han venido a esta tierra, no como conquistadores, sino como promotores de la fe y motivadores de la juventud y de familias enteras.

Yo les invitaría a que asistieran a una hermosa misa de 10 de la mañana, en cualquier domingo que se les ocurra. Es una verdadera celebración familiar, llena de alegría y de espiritualidad, que indudablemente estos religiosos han promovido, niños que hacen las peticiones, jóvenes que cantan en un coro que contagia, adultos y ancianos que  participan al unísono en una eucaristía que motiva a querer más, y eso sólo por hablar de lo espiritual.

Pero también en lo material, el templo se encuentra esplendoroso y creciendo, las siete capillas a su cargo con participación constante de los vecinos, y muchos de éstos, gente humilde y trabajadora, con la que los Salvatorianos comparten el pan de cada día, sin grandes pretensiones.

La verdad, no soy quien para juzgar a nadie, ni sé cuál es el problema, lo que sí me queda claro es que no podemos dejar que estos sacerdotes Salvatorianos se vayan a ningún lado, aquí hacen mucho bien, y además lo están haciendo muy bien.

Hay que hacer mucha oración, para que Dios mueva los corazones de quienes tienen que decidir y los Salvatorianos puedan seguir participando y actuando entre nosotros por mucho tiempo más.

 

Comentarios: [email protected]

Concepción Sansores Ambrosio

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