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El suicidio, la autodestrucción

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Por: Daniel Cantarell Alejandro

Lo del suicidio es un tema preocupante. Lo ha sido siempre. Una reacción anímica de origen multifactorial que ha tenido, histórica y culturalmente, diversas interpretaciones. En unos, es una respuesta para mitigar los sentimientos de culpa. En otros, en cambio, es un autocastigo para fugarse de la realidad. Cualesquiera que sean los objetivos, el acto no deja de ser una entidad patológica. Y triste.

En nuestro país, el Estado de Campeche es, proporcionalmente, uno de los sitios con mayores índices del problema. Y, como en cualquier parte del mundo, lo mismo se presenta en personas pudientes que en familias humildes. No hay distingos, como tampoco culpables. Hay, sí, responsables, y en ello estamos incluidos autoridades y sociedad civil. La parte emotiva es personal, no colectiva.

Lo peor es que hasta lo politizan. Hay quienes no se tientan el corazón para hablar del suicidio buscando culpables, pero no hacen propuestas para resolverlo. ¿O ellos sí pueden introducirse en el pensamiento del suicida para hacerle abortar sus intenciones? El asunto no va por ahí. El problema es grave en Campeche, pero no imposible para que todos ayudemos. Es cuestión de conciencia. Y de voluntad.

El suicidio es un drama histórico. La literatura está plagada de este acto de autodestrucción. Recuérdese el caso de Werther, el más ejemplificativo, protagonista del escritor alemán Joahns Wolfgang Goethe, quien tras ser víctima de la depresión al no ser correspondido por Carlota, decide suicidarse. Consciente de su debilidad anímica, evita el reto y opta, equivocadamente, evadir su realidad.

Lo patético es que ve el suicidio como un acto de valor. “—No tiemblo —le escribe a Carlota en su carta póstuma— al tomar el cáliz terrible y frío que medará la embriaguez de la muerte”. Y a su amigo Guillermo, como contemplación paradójica de la vida, le dice: “—Por última vez he visto los campos, el cielo y los bosques”. Una conducta ambigua. Como la decisión final, quizá, del suicida.

Werner Wolff, en su pequeño libro de psicopatología, considera que el suicidio “es un asesinato invertido”. El acto de destruirse a sí mismo, de matarse, de hacerse desaparecer de la faz de la vida, no es más que un trágico episodio contra el “yo”, ese ente interno que lo mismo nos eleva la autoestima que nos produce sentimientos de inferioridad. Un efecto dual. Nuestra personalidad, pues.

Y es aquí donde entran los extremos conceptuales del ser humano: la manía que es la exaltación de nuestra actividad, y la melancolía que es la depresión misma y que se distingue por nuestra falta de espíritu, de fe, de iniciativa, de decisión positiva. El optimismo y el pesimismo, respectivamente, en sus grados convencionales, o la bipolaridad cuando se subordina en el esquema patológico.

La depresión es la causa más determinante del suicidio. Y la depresión, en un sentido anímico, es apatía, dejadez, incuria, empequeñecimiento, indiferencia, descuido, pasividad. Yo diría, para ser más explícito, que es falta de fe en uno mismo. Y es aquí, en este punto neurálgico, donde todos, sin excepción, debemos atacar las causas. Y no es cuestión sólo del gobierno. Es, insisto, asunto de todos.

Debo señalar que el 85 por ciento de la consulta externa tiene orígenes psicosomáticos. El paciente que explota en llanto luego de describirnos su sintomatología creyendo que su procedencia es estructural o funcional, nos confirma con su actitud que su problema es fundamentalmente anímico. Y es entonces cuando nos relata su rosario de problemas familiares o personales.

La madre que carece del respeto de los hijos, la esposa que se mortifica por la infidelidad del cónyuge, el o la joven que es abandonado por su pareja, el profesionista que se frustra por no lograr sus objetivos, el personaje envuelto por deudas económicas, el individuo que vive con un sentimiento de culpa, y así sucesivamente, son la causa de factores que alimentan la falta de fe en sí mismos.

Hay víctimas en estas circunstancias que recurren, incluso, a actitudes previas, especialmente a la drogadicción y al alcoholismo, sobre todo cuando existe una disolución familiar, y más aún —que es todavía más grave— cuando domina la violencia en el hogar. Son personas que se aíslan, se bloquean, se enclaustran, se vuelven antisociables. Sienten, falsamente, que han perdido la fe.

En su libro “El hombre contra sí mismo”, Karl Augusto Meninger reconoce tácitamente que este tipo de pacientes son peligrosos para su propia personalidad. “—La conducta antisocial puede encubrir intenciones autodestructivas”, dice. Es decir, puede encubrir a un suicida en potencia. Pareciera que la sociedad le resulta intolerante a su “yo”, y por ello busca autocastigarse. Busca evadir la realidad.

Creo que ésta es la etapa más determinante. La más visible. La más oportuna para valorar los alcances del transtorno y aplicar la terapia de afecto, de autoestima, de confianza, de seguridad, de comprensión. Y es también donde todos tenemos una obligación moral de romper ese dañino estereotipo de autodestrucción: médicos, autoridades, amigos y, sobre todo, los familiares.

Hay individuos que maquillan su sentimiento de autodestrucción. Se les observa contentos, alegres, risueños, optimistas, festivos, joviales, tranquilos. Y, de pronto, dan la trágica sorpresa del suicidio, de concretar el castigo a su “yo”. La deducción es confusa, pero puede deberse, consciente o inconscientemente, a una última aspiración de mantener el control anímico de su conducta. De su fe.

El suicidio es complejo. Muchos casos son maquinados con antelación. Pero otros son repentinos, sin dar tiempo al autoanálisis. En ambos, sin embargo, el entorno deja olor a calvario: familias destrozadas, hogares bajo el palio de la resignación. Son estampas dolientes que nadie desea en la peor de las circunstancias. Imágenes que debiéramos sepultar para siempre en la desolación.

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