Inicio»Opinión»Religión y política

Religión y política

0
Compartidos
Google+

Por: Fernando Almeyda Cobos

En uno de sus libros, Karl Marx definió a la religión como “el opio de los pueblos”, el espíritu de un mundo que carece de espíritu. En el mismo contexto, Fernando Savater, un anarquista moderado se refirió a la política, en su libro “El topo”, también como el opio de los pueblos.

Desde mi punto de vista el ser humano necesita creer en algo que le sirva de aliciente, de camino hacia la meta, de moderador o hasta de juez interior, por lo que se refugia en una religión; asimismo, el hombre es un animal político si se entiende como política a toda intencionalidad o misión de la vida diaria: la política de una empresa, de un hogar o de una institución, derivándose de ese concepto la necesidad de la política aplicada a la gobernabilidad de los pueblos, en cuyo caso se requiere de la política-política, término no común que en lo que sigue denominaré sólo como “política”.

En mi caso soy católico porque nací en un hogar donde se creía en esa religión, aunque de manera pasiva, no activa. A medida que crecí seguí con esa creencia porque creo que es la mejor, pero debido a mi formación analítica tengo grandes dudas que opacan mi débil fe.

A través de mi esposa, creyente convencida, logré despejar algunas de mis muchas dudas y por ello me muevo en ese medio de manera voluntaria, con perfil bajo. A gusto, no por obligación ni por hacerme notar, asisto a misa cada domingo y también en algunas ocasiones especiales.

Por el otro lado, practiqué con convencimiento la política estudiantil y luego, casi incidentalmente, me vi inmerso en la política que busca el poder gubernamental, en el PRI. De eso hace ya 54 años y sigo siendo priísta, recibiendo pero también dando, porque es así como el equilibrio contribuye a la cohesión y a la convicción.

En los países del mundo occidental aplican la democracia para renovar a sus autoridades de acuerdo con los tiempos que sus propias leyes tienen establecidos, pero como en todos ellos hay cuando menos dos partidos políticos, cuando uno de ellos asciende al poder el otro le pone obstáculos por la miserable explicación de ser la oposición, afectando el desarrollo general de cada país por la falta de continuidad en los programas de largo plazo.

De la política no comulgo con quienes en campaña prometen mucho más de lo que en la práctica pueden dar, ni con los que buscan el poder para medrar con cínicas justificaciones de cobrarse los años de “sacrificio” para lograrlo o de que quizá no vuelva a tener otra oportunidad; nunca estaré de acuerdo con quienes prometen que tendrán abiertas las puertas de su oficina “para estar cerca de la gente”, pero que ya en el poder comprueban que eso es inoperante y se encierran en sus confortables despachos como reyecitos, pero sin  designar a alguna persona que con buen trato atienda las innumerables quejas ciudadanas a fin de canalizarlas donde corresponda dándoles seguimiento oportuno y adecuado, pero teniendo como máxima el respeto a la dignidad humana. No se hace así, desafortunadamente, y por esa razón la ciudadanía no cree ya en los políticos y prefiere no votar.

Pero ni así aprenden los políticos, en su mayoría, a que deben intentar recuperar la confianza ciudadana, pues las deshonestidades en que incurren, la opacidad con que manejan los recursos públicos y la antidemocracia que aplican hacia abajo, siguen dañando a sus partidos.

Históricamente, por otra parte, la religión católica ha pasado por etapas de oprobio como la de los 200 años de Las Cruzadas en la Europa de la Edad Media. Como las atrocidades cometidas en Francia, en la época de los Luises, por Armand Jean du Plessis, que a sus 22 años y sin experiencia religiosa, heredó de su padre el obispado de Lucon, iniciando de esa manera una carrera de tenebra cortesana que lo condujo, despues de múltiples traiciones a nombre de la religión, a adquirir el título nobiliario de duque, con los más altos poderes de Francia: se trata del tristemente famoso Cardenal Richeliu. O como la ominosa etapa que en México se vivió con el fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, que murió sin pagar sus culpas mundanas contra niños y jóvenes.

Sin embargo, a la par que la Iglesia Católica sostenía como pecado toda forma artificial de control de la natalidad como el uso de preservativos para hombres y mujeres, la vasectomía y el ligamento de las trompas de Falopio, el empleo de píldoras anticonceptivas y hasta la no culminación del acto sexual, aduciendo que dicho acto no era para descarga de pasiones sino para procrear, encubrió durante 50 años a muchos de sus sacerdotes pederastas en Australia, Estados Unidos, Chile, Colombia, España, Irlanda y México, principalmente.

En resumen, religión y política compiten por la más mala imagen popular, pero deberían tolerarse una a la otra.

En la época contemporánea los gobiernos de los tres niveles no se meten con los religiosos y sin embargo los sacerdotes sí incurren en el error anticonstitucional de arremeter contra el Gobierno desde el púlpito, o lo que se le parezca, llegando al extremo de descalificar decisiones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Con desacato a los fundamentos cristianos se abrogan de la autoridad moral para calificar de entes antinaturales a los homosexuales y a sus respectivas uniones conyugales, cuando que con ese mismo aberrante criterio se podría incurrir en la blasfemia de que la Virgen María le fue infiel a su esposo José, ya que fue concebida por el Espíritu Santo.

Con esa secular obnubilación la jerarquía católica induce a sus sacerdotes a desviar sus naturales necesidades sexuales hacia donde no deben, por ese absurdo voto del celibato al que los obligan. El colmo es que a esa condena hacia el máximo tribunal judicial mexicano se unan jerarcas de otras iglesias, cuyas vidas no son precisamente virtuosas.

El obispo, el sacerdote, el laico, y en general todos los mexicanos tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones generales, independientemente de nuestras preferencias religiosas, políticas, sexuales, sociales y económicas que tengamos.

Si el clero y los políticos no lo entienden así, en el pecado llevarán su penitencia o el repudio social.

Noticia anterior

Que nadie intervenga en bienes religiosos, exige Diócesis de Cuernavaca

Siguiente noticia

Invitan a talleres de jarana en el Centro Municipal de Danza