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Una ocasión para no olvidar

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Saramago escribió el libro Pequeñas Memorias para compartir con sus lectores un regreso a sucesos que marcaron su infancia y sirvieron para forjar carácter y vida futura. Eso es lo maravilloso de las reminiscencias permiten volver en la mente y el tiempo a momentos mágicos que dan sentido a nuestras vida porque recordar es… volver a vivir.

Recordé esta magnífica obra literaria, ahora que tuve el privilegio de asistir a un evento que, precisamente, fue hermoso recuento de vida y recuerdos de un gran campechano cuya fama es de alcance nacional. Me refiero al respetadísimo creador cultural Manuel Lanz Cárdenas.

Faltaría espacio para detallar su fructífera vida en medio de las bellas artes. Aunque podría acotar que ha sido un brillante hombre que, como un Midas de la cultura, todo lo que tocaba lo convertía en oro. En cada vertiente del arte en que incursionó lo hizo con éxito total. El evento que he mencionado fue motivo para que la Universidad Autónoma de Campeche le rindiera un merecido reconocimiento y le concedieran el Premio Universitario a la Cultura. Merecido galardón a quien inventó el sarao campechano, fortaleció el alma del carnaval  de la UAC y fue faro de enseñanza para generaciones de jóvenes que desarrollaron sus habilidades artísticas y culturales.

En este homenaje hubo un discurso destacando méritos y trayectoria. Hubo un video con comentarios sobre su persona y logros profesionales. Le entregaron el pergamino del premio y llego el momento más esperado de la noche: Escuchar lo que el charlista y conversador tenía que decir. Se hizo silencio y un haz de luz iluminó la figura de don Manolo sentado a la mesa dispuesta para hacer uso de la palabra. Se acomodó los lentes, miró al frente  y dijo con su inconfundible tono de voz: ¡Enciendan la luz! …Explicando la motivación de ver los rostros de la gente que lo aprecia y que esa noche tuvimos el honor de acompañarlo. Empezó, entonces, el recuento de vida profesional y universitaria; platicó sus anécdotas con diversos rectores de la Universidad con quienes trabajó de cerca.

Fue como si el tiempo se detuviera y él lo moviera a su antojo, llevando al público a rememorar sucesos de décadas atrás, pero todavía frescos en su memoria. Contó de su paso en Bellas Artes acompañado de ese grupo de campechanos que alguna vez tuvieron oportunidad de trabajar por la cultura de México.

Detalló su amistad con Jacobo Zabludowski, Raúl Velasco, doña Esther Zuno y el entonces Presidente Luis Echeverría. También reconoció una especie de competencia personal que traía con Salvador Novo. Relató múltiples anécdotas de sus logros en el teatro, la música y la danza.

Hizo mención de sus libros que son legados a las actuales y futuras generaciones. Como un Saramago detallando sus memorias este prolífico hombre de cultura, hizo de esa noche la noche de sus mejores memorias. Un exquisito regalo para los presentes. Don Manolo calló. Alcanzó a expresar su agradecimiento, un agradecimiento desde lo más hondo de sus sentimientos, a la vida, sus amigos, su familia y la Universidad. Los asistentes con la emoción a flor de piel rubricamos, de pie, con un largo aplauso.

El propósito de la noche había sido cumplido. Pero más allá del premio vimos a un hombre, con ese brillo de vida en la mirada, que sabe ha hecho cosas formidables por el arte de Campeche. Fue una fina catarsis para la memoria. Una ocasión para nunca olvidar.

Bertha Paredes Medina

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