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Democracia directa

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La democracia representativa surgió como práctica en el siglo XIX ante la resignación de que “sólo una pequeña porción de la población contaba con una adecuada educación, disponía de recursos materiales, gozaba de acceso a información sobre asuntos públicos y tenía el tiempo para utilizar dicha información responsablemente”. (The Economist, 1996).

Fue hasta el siglo XX que, tanto en la teoría como en la práctica, que la democracia vino a exigir que el derecho a participar plenamente en la vida política debía ser extendido, si acaso con unas pocas excepciones, a toda la población adulta que residía permanentemente en un país”. (Dahl, 1999).

Una dimensión determinante del proceso de globalización en la esfera política se relaciona con su organización y la forma de gobernar en la sociedad, independiente del papel del Estado.

Es increíble que a pesar del carácter desigual, heterogéneo y contradictorio del proceso de globalización, lo conciban como conducente a una ampliación de la democratización.

La democracia directa en una sociedad de masas, dicen, es imposible, por ello la globalización la determina, como una forma elitista de democracia y de competencia por los votos. Se trata de una tendencia contradictoria y desigual a la recomposición de la sociedad civil, pues promueve la fragmentación de fuerzas sociales, el alejamiento entre la base de la sociedad y el liderazgo político.

No obstante, en la perspectiva de la democracia representativa moderna con sufragio universal —poliarquía con mayor evolución en países desarrollados—, se aduce la necesidad de ampliar este régimen a gran escala, con el fortalecimiento de instituciones políticas esenciales como: elecciones libres, libertad de expresión, autonomía de asociación, fuentes alternativas de información, ciudadanía inclusiva y control de la función pública a cargo de ciudadanos representativos elegidos.

Existen otras perspectivas sobre el problema de la democracia en las etapas intermedias de la globalización que hacen hincapié en la necesidad de crear canales para democratizar y encauzar algunas de sus tendencias desintegradoras en las sociedades y construir una ética de responsabilidad en la política global.

Una de tales perspectivas parte de la convicción de que el gran cambio que sufrirá la humanidad en este siglo ocurrirá en la esfera de lo político: el florecimiento de la idea de la “verdadera” democracia.

La democracia directa reemplazará a la democracia representativa, mediante el recurso al referendo como instrumento básico para la expresión de la ciudadanía en su totalidad, a través del voto y en el momento apropiado cuando las circunstancias lo ameriten.

El desplazamiento de la democracia representativa a favor de la democracia directa se sustenta en el insuficiente control por parte del electorado y la lenta y dispendiosa corrección de aquellas decisiones tomadas por sus “representantes”, no respondan adecuadamente a la voluntad de la ciudadanía.

Es necesaria la extensión de la democratización, entendida como institución y ejercicio de procedimientos que permiten la participación de los interesados en las deliberaciones de un cuerpo colectivo…”  Esto nos conduce, sin regreso, a la democracia directa.

Hoy, quien quiera tener un indicador fiable del desarrollo democrático, no debe considerar el número de personas con derecho al voto, sino el número de lugares diferentes a los tradicionales, donde se ejerce ese derecho.

Jaime Mireles Rangel

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