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La tolerancia como valor

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Ser tolerante en la vida es lo mismo que ser respetuoso, indulgente y considerado con nuestros iguales. Es una cualidad personal que se define como el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás, aunque sean diferentes o contrarias a las nuestras. Ser tolerante es ser condescendiente y permisivo con alguien a causa de las circunstancias que medien, es no impedir que haga lo que éste desee, es aceptar y admitir la diferencia o la diversidad. Para que los niños establezcan buenas relaciones con sus semejantes, es necesario que se les enseñe desde muy pequeños a ser tolerantes.

Practico a mi manera la religión católica, pero si la tolerancia fuera una más la haría también. En muchas ocasiones me encuentro con personas que pretenden demostrarme que su creencia es la única verdadera, no terminan de entender que la religión se adquiere desde las raíces mismas de nuestra infancia, el lugar donde nacimos. Varias veces he comentado que doy poca importancia a los lugares donde se reza, sea una catedral, una mezquita, una sinagoga, sólo me interesa saber en qué se convierte el ser humano cuando sale de allí.

Hay preceptos inalienables y comunes a todas las creencias positivas: el amor al prójimo, la actitud humanística inamovible, la búsqueda incesante de la justicia siendo la compasión más importante que la pasión. No creer en otra vida no es para nada ser altivo o soberbio, es simplemente expresar el derecho a la duda que todos recibimos al nacer.

Me preocupa hoy en día la facilidad con la que se llega al fanatismo, me aterra que seres humanos dizque “racionales” puedan torturar, decapitar, quemar vivo a uno de sus semejantes, me aflige que la lapidación exista tanto en la Biblia como en el Corán, me inquieta los crímenes cometidos a través de la historia por casi todas las religiones y mitologías.

Cuando escribo estas líneas exclusivamente para mis distinguidos lectores de TRIBUNA, me viene a la memoria la canción de Silvio Rodríguez: “Tolerancia, tolerancia, palabritas en el mantel pocos platos se la sirven”. Si cada cual se preocupara de hacer feliz a cada cual, todos al final seríamos felices, he aquí la única verdad. Lo que llamamos civilización no consiste solamente en saber escribir sin cometer faltas de ortografía, pues la cultura sólo sirve cuando logramos asimilarla, hacerla nuestra, utilizarla como una luz para despejar el camino, si es mera erudición para brillar en sociedad de muy poco sirve.

Lo importante no es que nuestro guía sea Jesús, Jehová, Buda, Mahoma, Brahma, Visnú o Shiva, sino la coherencia que pueda ofrecer nuestra vida toda, la puesta en práctica de lo que consideramos como nuestra verdad. Por eso mismo sigo considerando como cualidad esencial la gentileza en toda su sencillez, porque no sabe de fronteras ni de diferencias, la ternura sigue siendo la primera virtud.

La tolerancia no es solamente la capacidad desarrollada para aceptar discrepancias, diversidad, es también el arte de poder aprender de quienes tienen otras creencias. Un maestro mío nos decía constantemente que cuando el diálogo se torna agresivo deja de ser diálogo. Podemos tener conceptos diversos frente a lo que ciertas personas llaman pecados: contaminar el planeta, deforestar, llega a ser mucho más grave que las travesuras amorosas que todos hemos hecho.

Si pudiéramos considerar a los demás como nos evaluamos a nosotros mismos seríamos a toda luz mucho más indulgentes, en muchos casos somos lo que escondemos, no lo que aparentamos, lo importante es saber conservar la mirada que tuvimos siendo niños, pero sublimada por lo que la vida nos enseñó.

Es la razón por la que Mafalda se convirtió en mi consejera predilecta, decía: “A medio mundo le gustan los perros y hasta el día de hoy nadie sabe qué quiere decir guau”. Creo que la amabilidad y la indulgencia son frutos de experiencia, los pocos pasos que me faltan para entrar al otoño me está enseñando más que la primavera.

Finalmente, hago un llamamiento a mis apreciados lectores de TRIBUNA para que combatan activamente el miedo, el odio y el extremismo con el diálogo, la comprensión y el respeto mutuo. Luchemos contra las fuerzas de la división y unámonos en pos de nuestro futuro común. No cabe duda, inspirado he estado esta noche.

A mi apreciado y fino amigo, Rogelio May Cocom, articulista de TRIBUNA y Premio Estatal de Periodismo 2014, le agradezco el haberme obsequiado el libro: “Más que un carpintero”, de Josh McDowell. Es un libro de argumentos convincentes para los escépticos en cuanto a la deidad de Jesús. Mil gracias Rogelio, sin tu amistad y sin este libro crucial no hubiese comprendido más las enseñanzas de Jesús.

Rafael Martínez Castro

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