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El molino de don Polo

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“Toda la instrucción posible se adquiere con la vida y no con la escuela”: Selden.

Todos los días al salir de la Escuela Primaria “Pablo García”,  ubicada sobre la avenida República en los años 60’s, a una cuadra del parque de Santa Ana, mi pasada obligada era  el molino de don Polo, denominado “La Lucha”, donde muchas familias del barrio acudían a moler el nixtamal (maíz cocido con cal), para elaborar las sabrosas tortillas a mano, cosa común en esa época.

Por las tardes formaba parte del paisaje urbano ver a don Polo sentado en el umbral del portón de entrada sosteniendo con las piernas una enorme y redonda  piedra que era la pieza fundamental del molino del nixtamal. Era un espectáculo cotidiano verlo golpeando esa gran piedra con un martillo para remarcarle los surcos que molían los granos de maíz cocido.

Todos los días, pero especialmente el primero del mes de noviembre, mi hermano Raúl y yo, muy temprano, íbamos a comprar la masa que mi madre utilizaría para preparar los pibipollos; era una romería el molino de don Polo, en la puerta se colocaban vendedoras de xpelón (frijol tierno), camote, calabazas, hoja de plátano, en fin todas las especias que servían de complemento al tradicional pibipollo.

Don Polo y doña Chabelita, una pareja como las tradicionales de esa época, se dedicaban a su hogar y a su trabajo; este matrimonio procreó  cuatro hijos, que a la postre, cuando se retiran, se quedan a cargo del negocio sus dos hijos menores, Polo y Carmita, hasta su cierre no hace muchos años, tal vez debido a la propagación de ese tipo de giro y la venta indiscriminada de moto-tortilleros que reparten kilos que no son kilos, y medios que no son medios de tortilla, pero con la comodidad que nos da este servicio hemos permitido su proliferación.

El mayor de los hijos de don Polo, hombre querido y respetado por muchos, fue amigo de mi padre y de toda mi familia, don Manuel Pech Rosado, contador de profesión, quien tuvo su despacho contable, uno de los primeros que se establecieron como tal en nuestra ciudad, primero en la calle 57, posteriormente en la 51, luego en Santa Ana y concluyó en la calle 12 por 49, contra esquina del parque IV Centenario o San Martín.

Persona a quien le tengo mucho aprecio y respeto, en días pasados tuve la fortuna de verlo y saludarlo, con sus 85 años a cuestas y después de mucho tiempo de no verlo pensé que no se acordaría de mí, pero de inmediato me reconoció, me preguntó por mi madre, mi hermano, y me comentó que leía los artículos que me son publicados por este medio informativo, y que les gustaba, cosa que le agradezco.

Tuve la oportunidad de saludarlo en su casa, en la boda de Carlos, uno de sus nietos, con Salette, hija de mi amigo Lázaro; fue algo sencillo pero muy emotivo, un ambiente familiar que el profesor Pech y su esposa crearon y que se ha heredado a los descendientes.

El profesor Pech, como se le conoce, fue guía de muchos jóvenes que incursionaron por la Prevo, de la que se encuentra jubilado desde hace 33 años. En este acto el profesor Pech entregó a su hija Elena Aurora, quien heredó de su padre el despacho, la primera máquina de escribir que adquirió con todo y su factura, que durante muchos años sirvió como arma de trabajo a este singular  hombre, siendo la única de cuatro hijos que optó por esta profesión.

Pero lo que lo distingue más, es que ha logrado consolidar una gran familia; la familia Pech Ramírez, conservando muchos de los valores que se han ido perdiendo con el tiempo, como es el respeto a la familia y la unión; el profesor Pech ha sabido consolidar una familia con su ejemplo, como aquellas de antaño, una familia genuina y tradicionalmente campechana.

Santa Ana, al igual que otros barrios tradicionales, tiene gente que los engrandece, don Polo, doña Chabelita, el profesor Pech, sus hermanos y sus descendientes son en mi barrio esos personajes ejemplares; sus calles están orgullosas de haber contado entre las familias de este sector de nuestra ciudad a verdaderos héroes anónimos campechanos, productos del esfuerzo y del trabajo: La familia Pech Ramírez es ejemplo de ello.

Rodolfo Bernés Gómez

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