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La eterna muerte

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Cuando yo muera será un día común. Tal vez un día soleado, lluvioso o nublado. Los que me conocieron se sorprenderán y algunos contarán alguna anécdota mientras la muerte me acompaña en el camino, porque le ha sido autorizado llevarme, mas no secuestrarme en la eternidad.

Cuando yo muera será un día de tristeza en mi hogar y de alegría para mí, porque habrá terminado la travesía de la vida para pasar sin temor a un plano mayor, y a una nueva historia donde mi alma será la principal protagonista.

Una historia que  estoy segura nadie la vive igual a la que vivió en el mundo porque en el universo espiritual no hay cabida a las fallas, los afanes, la riqueza ni la pobreza, está escrito que ahí, todos somos iguales no de palabra, sino en esencia y en busca de la presencia de Dios.

Es al morir donde el cuerpo vuelve al polvo y  tu energía asciende al cielo o desciende al infierno sin dificultad. En esta etapa, también nos encontramos justo en el territorio del Creador y no hay una dimensión de por medio que impida el acceso directo a Él, luego de la purificación porque el lodo, lo impío y lo impuro no puede mezclarse con lo divino sino transformarse.

Cuando yo muera no sé cuánto tiempo o cuántos años pasarán hasta alcanzar el nivel de preparación aceptable, como siempre seguimos asumiendo una prueba. Podría ser el mismo número de años que habré vivido en la tierra o sólo un momento, eso dependerá de cuán agradables fueron nuestros actos a los ojos de Dios o si cumplimos con la tarea asignada al nacer, aunque muchos mueren sin meditar y sin saber nunca cuál fue el propósito de su estancia en la tierra.

Siempre he creído en un poder supremo. Desde niña se me inculcó el respeto, el amor a Dios y la oración. Qué sería de mí si no me hubieran disciplinado a creer en lo celestial, porque sin merecerlo esta vida me ha dado la oportunidad de contemplar su obra. La fe sería vana sin el testimonio que contradice a los que niegan su existencia.

Hoy, la muerte transita libremente por el mundo y se disfraza de mil maneras, cumpliendo su misión de borrar el pasado pecaminoso, robar el último aliento y liberar el espíritu que habita en cada ser humano.

Por los siglos de los siglos la muerte es temida, despreciada, considerada un mal necesario para los que no la aceptan o la rechazan, y ha sido interpretada en el último milenio de distintas maneras por investigadores, historiadores y escritores.

Mientras unos veneran su imagen y han convertido la Santa Muerte en su ídolo, muchos esperan con paciencia la visita de este ángel o demonio eterno, para el comienzo de la existencia en el cielo, en el infierno, en la luz o en la oscuridad.

 

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Elda Clemente Reyes

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