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El cuidado de nuestra casa común

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El próximo 30 de noviembre inicia la 21ª. Conferencia de las partes de la Convención marco de Naciones Unidas sobre el cambio climático y promete ser la más grande que se haya organizado con más de 40,000 participantes de todo el mundo. Se trata de lograr por primera vez en más de 20 años de negociaciones en la ONU, un acuerdo universal, duradero y vinculante que permita luchar eficazmente contra el cambio climático e impulsar y/o acelerar la transición hacia sociedades y economías resilientes y bajas en carbono, marcando como objetivo principal lograr mantener el calentamiento global por debajo de los 2ºC.

Simultáneamente se efectuará la Conferencia Internacional del Agua, cambio global y megalópolis; ambas a realizarse en la ciudad de París, Francia.

Estos trascendentales eventos nos remiten a la Encíclica Laudato Sí; un documento interesante y emotivo dirigido a toda la población mundial en la que, con claridad, profundidad, sencillez y precisión el Papa Francisco aborda el tema ambiental como ningún otro líder en el mundo lo había hecho antes.

Hace una reflexión y recuento de las causas que están dañando y aniquilando a nuestra casa común y el ecocidio a que la estamos llevando e invita a dialogar a todas las personas de todas las creencias y religiones —pues el tema rebasa fronteras e ideologías—, sobre la degradación ecológica, la destrucción del clima y la biodiversidad, y principalmente, de nuestro compromiso con el futuro del planeta.

La Encíclica Laudato Si se puede definir como un texto de ecología integral, pues abarca aspectos que la mayoría de los estudios e investigaciones sobre el tema no habían contemplado como son el origen y naturaleza del ser humano, su actitud, su conducta, su exceso en la utilización de la tecnología, y antropocentrismo. Señala que la hermana Tierra, como la llamara San Francisco de Asís (el santo patrono de los ecologistas), protesta por la explotación insensible y el daño que se le ha provocado debido al uso irresponsable y el abuso que el hombre ha hecho de los bienes que Dios ha puesto en ella, comportándose como su propietario y dominador cuando sólo somos sus huéspedes e invitados pasajeros.

Los ejes de la Encíclica, tal como los menciona el Papa Francisco, son la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.

Es destacable el tema de la “cultura del descarte” que el Papa Francisco ha puesto de moda. Descartar es excluir, rechazar o eliminar a alguien o algo, es tirar y/o desechar lo que consideramos que sobra, que no se necesita y por lo tanto lo etiquetamos como inútil. El Papa afirma: -“hasta las personas son descartadas como si fueran residuos, la vida humana, la persona, ya no es percibida como valor primario que hay que respetar y tutelar, la cultura del descarte nos ha hecho insensibles al derroche y al desperdicio de alimentos, cosa aún más deplorable cuando en cualquier lugar del mundo, lamentablemente, muchas personas y familias sufren de hambre y malnutrición; el alimento que es desechado es como si se robara de la mesa del pobre, del que tiene hambre”.

La Encíclica advierte que la crisis ecológica deriva a la degradación social y conlleva a problemas económicos, aborda la pérdida y falta de empleo, el aumento de la pobreza,  las migraciones, la injusticia, el tema de los cereales transgénicos, la concentración de tierras, los oligopolios, etcétera.

Los seres vivos nos formamos y desarrollamos en una fisiología en la que todo tiene una relación y una reacción por lo que, tanto los aciertos como los errores indiscutiblemente repercuten entre sí y tienen un efecto; y por ello el hombre al destruir su medio ambiente paralelamente, también se destruye con él.

En este contexto, la Encíclica Laudato Sí nos encamina a una cultura de solidaridad y colaboración, concientizándonos que somos el instrumento de Dios para preservar su creación, por lo que se convierte, si la atendemos como nos pide el Papa, en un elemento esperanzador en el salvamento de nuestra casa común.

 

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