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Memorias de un desmemoriado

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Termino el servicio social o pasantía, termino mi tesis profesional y ya con fecha para el examen profesional parto para el Distrito Federal, específicamente al Hospital de Gineco Obstetricia No. 3 del IMSS, Centro Médico Nacional “La Raza” (este sí Centro Médico Nacional, cuates otros), en donde ya tenía un lugar para estudiar la especialidad que empezaba el primero de marzo de 1967 y concluiría el 28 de febrero de 1970.

Alisto mi cochecito Hillman (Inglés) y me lanzo al nuevo reto. Cerca de Puebla tengo una falla eléctrica y como ahí vivía Panchito Abreu aterrizo en su casa para que me ayude a la reparación, y una vez alistado continúo mi viaje con los consejos de mi cuate para llegar a La Raza, ya que nunca había manejado en ese monstruo de ciudad.

Y lo demostré. Me di una perdida, que terminé en la Villa de Guadalupe, de noche, fallando otra vez mi coche y con un frío fuertecito… y con miedo sabroso de ser violado, robado y qué sé yo, hasta asesinado. Alguien se apiadó de mí, me explicó cómo llegar hacia el hospital y ya cerca de la medianoche, al fin, arribé a mi futuro centro de aprendizaje ya señalado, y me estacioné para no salir de ese nosocomio hasta un mes después.

En esa época los residentes (así llamados los que estudiaban y trabajaban en alguna de las especialidades escogidas y disponibles), vivíamos en el hospital, disponíamos de nuestro cuarto compartido con dos o tres residentes, ropa de cama, limpieza y las tres comidas no tan malas por cierto.

En mi generación fuimos 18 residentes, de los cuales habían un colombiano, un peruano, un paraguayo (militar) un nicaragüense, uno de Santo Domingo, un boliviano. De los restantes tres éramos de la Vera Cruz y de la escuela de ahí, motivo por el cual escogimos estar en el mismo cuarto.

Mis dos compañeros eran mayores que yo, Pelayo varias generaciones antes y Pérez molina dos o tres, circunstancias que en nada perjudicaron nuestra estancia y que en especial para mi desarrollé una sólida amistad con el buen Pelayo, quien originalmente deseaba ser oftalmólogo y como no hubo cupo en esa rama y solamente lo había en gineco no le quedó más remedio que el cambio a regañadientes, pero que lo concluyó muy bien.

Y empezamos con una junta con el jefe de residentes, un norteño mal encarado, quien nos dio a conocer las reglas del juego: lo prohibido, lo permitido, las obligaciones, etcétera, y para finalizar nos informó que el día equis de ese mes de marzo del 67 sería la fiesta en honor del Jefe de Enseñanza del hospital, para lo cual la “cuota” sería de tantos pesitos.

El que esto escribe en reflejo condicionado inmediatamente levantó su bracito para pedir la palabra y dejar dicho que yo no iría a esa fiesta porque no me interesaba, ni me gustaban esas reuniones. El salón en que estábamos estalló en silencio y miradas de estupefacción se cruzaron y coincidieron en mi humilde persona; el jefe de residentes, impávido, calló el cuchicheo y me preguntó mi nombre y grado (R-1, R-2-R-3). También me cuestionó si el día de la fiesta estaba de guardia, a lo que le informé que estaba libre.

Me miró y refiriéndose a mí me informó que entonces, ya que no quería aceptar, ese día estaría de guardia en el lugar de cualquiera de los que sí la tendrían en esa fecha y tan, tan. Y no todo quedó ahí, encabronado hasta la madre le contesté (con mucha educación obviamente) que como mi deseo era el de ser especialista no me quedaba más remedio que acatar ese úkase pero que de ninguna manera estaba yo de acuerdo y tan, tan.

Y cumplí a huevales. Sin embargo, tengo que reconocer que ese cuate jefe de residentes se portó conmigo sin represalia alguna, aunque siempre estuvo muy atento de mi trabajo y responsabilidad, y un día en que fui operado de las amígdalas y le fui a preguntar cuándo debía volver a mis labores, me contestó “cuanto tú lo consideres”, así de escueto, pero que demostraba su reconocimiento a mi desempeño en el trabajo. Bien nacido el cuate norteño.

Tantas veces solicité algo se me concedió, obviamente todo dentro de los reglamentos. Y hablando de reglamentos resulta que este chiquillo aspirante a ginecólogo tenía su examen profesional señalado para el día 17 y 18 de marzo, por lo que tuve que pedir permiso al Jefe de Enseñanza del Hospital para ir a Veracruz a presentarlo.

Debo aclarar que ya se nos había informado en esa primera reunión de todos los residentes, que mientras se estuviera adscrito a Tocoquirúrgica (partos, cesáreas, cirugías), no existían los permisos, por el tipo de trabajo.

Para mí, aun sabiendo eso no me quedaba más remedio que pedirlo, puesto que sin acudir a presentarlo simplemente no podría continuar mi preparación. Y así comenzó el doctor Juan Rodríguez Argüelles, Jefe de Enseñanza, simplemente recordándome que en ese servicio en el que estaba no existían los permisos… Le expliqué mi razón para pedirlo y cuando se enteró que yo aún no me había recibido cambió de color, se enfunfuruño, solicitó a su secretaria mi expediente para comprobar que en mi solicitud de especialidad tenía yo señalado en el renglón de “fecha de examen profesional” precisamente la fecha que yo solicitaba como permiso.

¡Coño!, pareció decir don Juan (como coloquialmente se le conocía) e inmediatamente me preguntó cómo era que hubiera sido aceptado sin haber presentado el examen profesional…

Como es secreto profesional, pero que el sí lo conoció, entonces a regañadientes me autorizó acudir a mi examen, con la condena que si no lo aprobaba ni se me ocurriera volver a la especialidad. Otro ejemplo de criterio de gente grande y razonable —por cierto don Juan Rodríguez medía casi dos metros, el gran Jefe Águila Calva, excelente especialista, de los mejores del país.

Y a Veracruz de vuelta.

Manuel R. Gantús Castro

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