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Mi niñez con Mafalda

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Recuerdo que en la década de los sesenta del siglo pasado, circulaba en la Península de Yucatán un periódico que dedicaba todos los días en la parte inferior de una de sus páginas unas tiras cómicas en la que se encontraba Mafalda. Me emocionaba tanto cuando las leía que sentía que se me iluminaba el alma y me provocaba un claro estado de motivación. De pronto el mundo me parecía más humano e inteligente, más crítico y tolerante al mismo tiempo.

En la pasada Feria del Libro que se realizó en la ciudad de Mérida, Yucatán, visitando uno de los stands, surgió de pronto ante mí la maravilla que tomé como pretexto para escribir el presente artículo a mis apreciados y distinguidos lectores de TRIBUNA. Tengo entendido que con motivo del 50 aniversario del nacimiento de Mafalda, la editorial Lumer recopiló todas las tiras que el legendario dibujante Joaquín Salvador Lavado Tejón, mejor conocido como Quino, dedicó a su criatura más adorable.

Siempre he admirado a Mafalda, su forma de ver la vida, su percepción de la realidad, sus agudas críticas, esa lucha consigo misma y con su entorno, y por ende, a todo y a todos los que la rodean. En la modesta “biblioteca” de mi hogar  se localiza un volumen muy antiguo, pero se encuentra muy ajado por el uso constante que le doy, por lo que aproveché esta oportunidad para hacerme de uno nuevo que incluye la mayoría de las tiras cuya lectura me ha llevado varios meses.

Y es que Mafalda no es un producto para tragárselo de un solo bocado, es preferible saborearlo como saboreo mis ricos cacahuates enchilados… a cuenta gotas. Una tira hoy, otra mañana, paladeando cada viñeta, cada pequeña historia. Es la mejor manera de disfrutar del ingenio de Quino en sus personajes, así como de las situaciones en la  que los pone.

No es casualidad que Mafalda sea mujer. Desde hace años, me ha tocado gozar y sonreír de su mano. Por la simple razón de que es liberadora, da dignidad, afirma la inteligencia del ser humano sobre lo que le pasa: tal es la esencia de su ironía. Quizá por ello Mafalda es tan universal, capaz de narrar un universo entero haciendo universal una anécdota particular.

En una de sus tiras Mafalda se encuentra sentada, con la mano sosteniendo su barbilla, mitad molesta y mitad sorprendida por su propio pensamiento: “Es difícil ser mujer: tienes que pensar como un hombre, comportarte como una dama, parecer una jovencita y trabajar como una mula” ¿Qué mujer no se siente reconocida en cualquier latitud del mundo por semejante ironía?

Hija de una pareja burguesa —papá trabaja, mamá es “gerente” del hogar— Mafalda vive un vida serena entre amigos y extraños con los que interactúa sin timidez. Los iguales, los amigos entrañables, el tendero del barrio, los que ejercen el oficio de paseantes,…todos son observados por la fina ironía de alguien que es capaz de pasar las ideas por el corazón, alguien capaz de descubrir en lo cotidiano de la vida las contradicciones del ser humano.

Quizá hoy, a más de uno, le parecerá un poco simple el humor de aquel entonces. Nada más lejos de la realidad. Con el personaje de Mafalda —nacida en un período histórico muy determinado, entre la guerra de Vietnam, Juan XXIII, los Beatles y el feminismo— el pensamiento de los niños asume dignidad y valor a la par de los adultos.

Desde hace más de medio siglo, la mirada de esta niña de seis años sigue planteando grandes interrogantes existenciales sobre la humanidad y sobre los destinos del mundo. Con preguntas incómodas que ponen al desnudo muchas de nuestras fragilidades humanas y no pocos de nuestros tabúes.

Mafalda es un manifiesto extraordinario a favor de la ironía del ser humano y, muy especialmente, de las mujeres, no sólo como víctimas sino también como censuradoras, capaces de dirigir la atención hacia defectos, sueños, fortalezas y debilidades, con fuerza pero sin rencor.

Siento que algo de esto necesitamos en medio de una sociedad tan dura, competitiva y retadora como la que hoy nos toca vivir, en la que la última palabra pretende ser política y sagrada, y donde cada uno dogmatiza desde la pequeña tarima de sus sueños o de sus intereses. No deja de ser chocante que, en un mundo así, sea una pequeña mujer, todavía una niña, con su pelo un poco revuelto, su lazo y su cara de muñeca, la que nos recuerde que de lo sublime a lo ridículo sólo hay un pequeño paso.

Por último, los habitantes de las calles: Nuevo León, Coahuila, Costa Rica y Nicaragua del barrio de Santa Ana de esta ciudad capital, expresan su más amplio y público agradecimiento a la Secretaría de Desarrollo Urbano, Obras Públicas e Infraestructura del Gobierno del Estado (Seduopi) por el invaluable apoyo que otorgó al limpiar, desyerbar y bachear las arterias antes mencionadas. Con esta acción se cristalizó un sueño que desde hace mucho tiempo tenían los vecinos de esa zona que transitan todos los días hacia diferentes puntos importantes de la ciudad. Honor a quien honor merece.

Rafael Martínez Castro

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