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Un hermoso domingo

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Algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara con desear la salud.

Aristóteles.

 

Habían transcurrido solo un par de meses de haber vivido una experiencia a la que me arrastró Gustavo Ortiz Ávila, cuando de nuevo me involucra en un proyecto que jamás me hubiese imaginado.

Corría el año 1969, cuando se monta la obra de teatro “Un hermoso domingo de septiembre”, de Ugo Betty; fue Joaquín Lanz quien la adaptó, escribió el libreto y la dirigió, y Manuel Lanz creó la música y las canciones. A ella se integró Manuel Ávila como asistente de dirección.

Fueron Rosa María Lara, José de la Cruz Isaac y Manuel Dodero los principales protagonistas. Con las actuaciones especiales de Carolina Azcárraga y Abelardo Carrillo.

Actuaron también: Maruja del Río, Esperanza Burad, Sergio Gracián, Agustín Zavala, Fidel Farías, Sixto Sosa, Mario Novelo, Enrique Carrillo, Miguel Arce, Jorge Arteaga y Guillermo Turriza. Era Álvaro Ortiz quien conducía la presentación.

En el grupo de jóvenes, aunque sin duda las más de las mujeres antes mencionadas también lo eran, se encontraban Amira Abreu, Aura Bolio, Capullo Sosa, Damaris Sandoval, Jackeline Sandoval y Laura González. Como verán esta obra estaba impregnada de mujeres bellísimas; entre los varones Humberto Puerto, Manuel Sosa, Pedro Cuevas, Luis Casanova, Gustavo Ortiz y quien esto escribe.

Recuerdo que los ensayos y las puestas en escena se realizaron en el auditorio del Instituto Campechano, en esa época su director era el Lic. Ermilo Sandoval.

Fueron muchas las vivencias que tuve con este selecto grupo, mucho de ellos formaban parte del ballet del Gobierno del Estado.

¿Cómo llegue ahí? Alguien invito a Gustavo y como hacían falta jóvenes que se integraran a este proyecto, me llama y acepté por la amistad que me merece; lo hice con pánico, ahora sí, escénico.

Cuando se realizaban los ensayos y como yo no tenía ningún diálogo y Gustavo solo una frase “ahora tiro yo”, mi amigo andaba por todos lados del teatro; contrario a él, yo permanecía sentado en una de las butacas, viendo lo que ahí sucedía.

Desde que llegué a formar parte de este grupo, una de las muchachas siempre me hacía sentir incómodo, ya que se acercaba y me abrazaba, haciéndome sentir mal, se daba cuenta y más lo hacía, y yo más me apenaba. Esto se lo comento a Gustavo y me “aconseja”: para que te deje de molestar, cuando te abrace apriétale una bubis. Yo obedezco y dio resultado.

Después de varias representaciones vino una gira por el país, ya que participaríamos en un concurso de teatro en la Ciudad de México. El lugar donde nos presentamos fue el Teatro Hidalgo, fue todo un éxito.

José de la Cruz Isaac (Charles), uno de los actores, además de su profesionalismo, ayudó mucho a todos los que se lo pedían y hasta los que no. Tengo muy fresco en la memoria que de regreso a Campeche y al parar en Perote, Veracruz, ya muy avanzada la noche y después de muchas horas de viaje pesado, amén de un frío de esos que te calan, al estar sentado en grupo para cenar ocurrió la siguiente anécdota.

A Gustavo, Perico, Pelón y a otros más ya se nos había agotado el dinero; Charles los invitó a cenar. Yo muerto de hambre, pero sin dinero, no pedí nada. Él me preguntó: ¿no vas a cenar? Le conteste: —no gracias, no tengo hambre.

Mi rostro reflejaba el deseo de comer, Charles insistió en la invitación  y yo reiteré  mi “no gracias”;  creo que me veía una cara de hambriento que me dijo ¿si quieres te presto dinero?, y así como mis amigos aceptaron la cena, yo, antes de que terminara de ofrecerme prestar un dinero dije que sí. De Charles fueron muchos sus actos de solidaridad para con nosotros, era una persona muy amable y respetuosa.

En el tramo de México a Perote la temperatura estaba muy baja, a lo que no estábamos acostumbrados; los últimos asientos del autobús estaban saturados de los vestuarios, algunos de nosotros se pasaron a esa área y parecían hormigas en invierno, enterrados entre los vestidos.

En el autobús se vivía un ambiente de camaradería; recuerdo a Gustavo cantando algunas canciones de Carlos Lico, era una fiesta.

Otro suceso fortuito se dio al llegar a Campeche, el punto final era la calle 12, entre la 57 y la 59. Charles había adquirido durante el viaje unas piezas de vidrio que cuidaba con celo; al estar retirando las maletas, uno de nosotros —no recuerdo quien—, con tal de apoyar, toma el paquete donde se encontraban las estructuras de cristal y lo avienta sobre las otras valijas, cae al suelo y se rompen. Imagínense la pena del que intento ayudar y la desilusión de su propietario.

Una de las frases de Antoine de Saint-Exupery enmarca esta experiencia: “Si busco en mis recuerdos los que me han dejado un sabor duradero, si hago balance de las horas que han valido la pena, siempre me encuentro con aquellas que no me preocuparon ninguna fortuna”.

Rodolfo Bernés Gómez

 

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