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Don Carmito Buenfil Martínez

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“Todas las cosas buenas de este mundo no son buenas más que por el uso que hacemos de ellas, y que las disfrutamos tanto cuando nos sirven, como cuando las juntamos para dárselas a otros, pero no más”.

Daniel Defoe

 

Las primeras cuatro décadas del siglo pasado fueron fieles testigos del nacimiento de muchos hombres y mujeres, que con su actuar y don de gente consolidaron ese gentilicio que hoy nos identifica, no solo en México, sino también en muchos países del mundo: “campechanía”.

La cita con nuestro personaje se pacta un sábado al mediodía en su hogar, en el barrio del Cristo Negro de San Román. En una de esas casas que cuentan con una bellísima vista y se encuentra situada frente al malecón más bello de México, el de Campeche.

Sin duda, muchos de estos hombres y mujeres son sinónimo de campechano y campechana, que según el Diccionario de la Lengua Española significa: jovial, abierto, alegre, franco espontáneo, natural, sencillo; en resumen, gente buena, y este es el caso de don José del Carmen Buenfil Martínez, quien nació en la ciudad de Champotón, el viernes primero de junio de 1923.

Don Carmito, como la gente lo conoce, se enamora y casa con Nelly Amaya Mena, persona singular, fallecida en el año 2001. Procrearon cinco hijos: Nelly, Rosa Elena, Laura, Jorge y Carlos. Personas emprendedoras y trabajadoras, que saben que todo se logra con tenacidad y trabajo.

Colaboran sirviendo a la iglesia; entre los grupos en los que participaron y de los que fueron iniciadores, se encuentran: Cursillos de Cristiandad, Caballeros de Colón, La Acción Católica, el Movimiento Familiar Cristiano, el Círculo de Novios, entre otros, apoyando al obispo de aquel entonces don Alberto Mendoza y Bedolla.

Su pasión, el Movimiento Familiar Cristiano del que fue su presidente por más de 15 años, se dice fácil, pero los que hemos caminado en este sendero sabemos que no es así.

Trabajó por muchos años como inspector fiscal en la Secretaría de Finanzas del Gobierno del Estado, llegando a ser jefe delegacional. Durante 12 años, fue subsecretario de Egresos en esa secretaría. Fungió durante nueve años como presidente del Consejo Consultivo de Participación Ciudadana del Municipio de Campeche.

Don Carmito en el año 1980 se involucra en un proyecto interesante, crear en Campeche un restaurante a la altura de los mejores de México; el 303. Respecto a esto, relata que estando de vista en la ciudad de Miami, Florida, se encontraba cenando en el restaurante del hotel Omni y preguntó al mesero si conocía a un buen chef. Coincidentemente un amigo de éste, de origen cubano, acababa de llegar a los Estados Unidos.

Conciertan una cita para el día siguiente y así conoce a Enrique Pestana, quien con su portafolio de evidencias demuestra su experiencia en esas lides, a quien invita a trabajar confiándole la organización del restaurante, así como la capacitación de todo el personal, desde los responsables, hasta el garrotero, haciendo énfasis en la pulcritud no solo del establecimiento sino de todos los que ahí laboraban.

A este personaje se le debe la inclusión de una de las comidas que más identifican a la gastronomía campechana y que sin duda en algún momento, quienes esto leen han degustado: “el camarón al coco”, receta que muchos se han adjudicado pero fue Enrique Pastrana el primero en incluirla en su menú.

El camarón al coco es una receta de origen caribeño, pero Enrique la modifica al agregarle puré de manzana, ingrediente que sofistica al platillo y le da ese toque especial. Después de más de 35 años de instalarse en el paladar de los campechanos, se puede decir que “el camarón al coco” es campechano por adopción.

En una visita al mercado de la ciudad —acompañado de uno de los miembros de la familia Buenfil Amaya—, Enrique se admiró de la gran variedad de legumbres que se producían en el campo campechano, las que aprovechó para elaborar un menú de altura; este restaurante en su época fue el lugar obligado a visitar.

El menú incluía, entre otros platillos: crema de camarón, conchas de mariscos, triángulos griegos, crepas de mariscos, y sin faltar, desde luego, los ricos camarones al coco.

La vida de esta empresa fue fugaz, solo cuatro años y medio pero que mucho ha significado para la gastronomía campechana. La pregunta obligada era el por qué la decisión de cerrar. Por su expresión y el lenguaje corporal, comprendí que no iba a comentar al respecto y lo respeto.

Son muchas las cosas que han quedado en el tintero, ya que nuestro personaje cuenta con un sinnúmero de anécdotas por demás interesantes.

Don Carmito y doña Nelly han dejado huella en su paso por la vida. Gracias don Carmito y gracias doña Nelly —donde sea que esté—, por ser ejemplo de amor a nuestro Estado y su aportación, no solo a la gastronomía campechana, sino por aquellos hombres y mujeres que recibieron de ustedes sus enseñanzas. Que Dios los bendiga.

Rodolfo Bernés Gómez

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