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La iglesia y yo

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“Los políticos y los religiosos son vendedores de ilusiones, unos para disfrutarlas en la tierra y otros para el más allá”.

Autor desconocido.

 

Yo y todas las personas que conozco desde que era niño fuimos a la doctrina de la iglesia católica, después confirmados y luego bautizados. En mi caso, desde que despegué las alas me olvidé de la religión, salvo cuando tenía algún problema que es cuando me encomendaba a todos los santos.

Desde los 15 hasta los 27 años me mantuve aislado. A los 10 años de casado, sucumbí ante los deseos de mi esposa para integrarnos a un grupo católico llamado “encuentros matrimoniales”.

Por razones laborales nos fuimos a otro Estado y ahí nos integramos al “movimiento familiar cristiano”. Fui cursillista, participé en retiros espirituales y después de haber “progresado”, mi esposa y yo ofrecimos pláticas a grupos nuevos del MFC. Fue esta la etapa que más me gustó, pues los sacerdotes se comportaban como amigos, sin misterios ni tapujos, todos comandados por el obispo Arturo Lona Reyes.

Haber estado muy cerca de monseñor Lona Reyes, llamado por todos los fieles como el “padre obispo”, fue una maravillosa experiencia para mí. Moreno, alto, grueso, enérgico pero amable, era muy querido. Sin embargo, después de varios años de conocerlo los más cercanos fieles dejaron de obsequiarle dinero en ocasiones especiales, que invariablemente él los convertía en víveres y se los llevaba a la gente muy pobre, indígenas sobre todo.

Ahí en la inhóspita sierra canjeaba esos víveres por productos del campo que vendía luego a comerciantes del ramo, de ese modo les evitaba ir a la ciudad a pie o en camiones de carga, e impedía que los comerciantes les pagaran una miseria por el producto de su arduo trabajo.

Vestido siempre de vaquero —con camiseta y huaraches—, solo se ponía la sotana y oficiaba sus misas; nunca usaba los demás atuendos de los obispos. Ahí me enteré que don Arturo no era bien visto por los jerarcas del catolicismo en México, porque creía y practicaba la “Teología de la Liberación” que en nuestro país tenía como líder al  obispo de Cuernavaca, don Sergio Méndez Arceo.

Monseñor Méndez Arceo era doctor en historia, y después de escribir el libro “La real y pontificia Universidad de México”, obtuvo el honor de ocupar la silla 20 de la Academia Mexicana de la Historia. La derecha mexicana lo bautizó como “el obispo rojo”, pese a que su compromiso por los más pobres lo adquirió después de asistir al Concilio Vaticano II.

El propio papa Pablo VI prohibió a todos los religiosos mexicanos que asistieran a los cursos de formación impartidos en el Centro Intercultural de Documentación (Cidoc), del cual Méndez Arceo era impulsor. Además de Lona Reyes, Samuel Ruiz y otros practicaban la misma ideología; en tanto que férreos detractores de ella eran, son, Onésimo Cepeda y Norberto Rivera.

Como se puede apreciar, no es fortuito que el cardenal Norberto Rivera Carrera incite a sus obispos, y éstos a sus sacerdotes, para que cometan el pecado de mentir a sus feligreses respecto a la reforma educativa y respecto a la legislación que legaliza los matrimonios entre personas del mismo sexo.

El artículo 130 de nuestra Carta Magna es letra muerta para estos señores que me avergüenzan como católico que soy. Que confunden el púlpito con el pódium, que consideran antinaturales los matrimonios entre iguales pero no califican así la antinatural obligación de los sacerdotes a mantenerse castos, y cuya sexualidad de alguna forma tienen qué liberar. Que cualquiera que se vaya a confesar es perdonado, pero no perdonan a las personas que se suicidan, que viven en concubinato o  que se separan de su pareja.

Ya varios sacerdotes han colgado las sotanas por ese prohibicionismo que otras religiones no tienen, entre éstos están Antonio Della Gatta, el polaco Koysztof y el mexicano Antonio Álvarez, entre otros.

Yo, pese a todo, seguiré practicando la religión católica y nadie podrá expulsarme de ahí, como tampoco nadie me podrá expulsar de mi partido político.

Fernando Almeyda Cobos

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