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No temas, mi pequeño rebaño

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No temas, mi pequeño rebaño, porque Su Padre ha tenido a bien darlos el reino. Vendan sus bienes y den limosna; hagan talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está su tesoro allí estará también su corazón. Tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Ustedes estén como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; les aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo ustedes, estén preparados, porque a la hora que menos piensan viene el Hijo del hombre”. Pedro le preguntó: “Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?” El Señor le respondió: “¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Les aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: ‘Mi amo tarda en llegar’, y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá”.

El Evangelio de este domingo nos invita a la confianza en Dios. Para descubrir el sentido de esa confianza, tenemos que descubrir los errores que hemos desarrollado sobre la imagen que Dios es, solo para recordar; no se trata de un ser externo en el que deba confiar, él está en mi ser, en lo que tiene de fundamento y me proporciona todas las posibilidades desde dentro de mí. Esto es lo que significa: “Su Padre ha tenido a bien darlos el reino”. Miremos la imagen de Dios que formó en nuestras vidas. ¿Habría que corregirla?

El dios araña, que necesita chupar la sangre al ser humano para salvar su trascendencia, no es el Dios de Jesús; el Dios que solo espera para castigarnos y está molesto con el libro de cánones del derecho en la mano, no es el Dios de Jesús; el Dios del que depende caprichosamente mi futuro, no es el Dios de Jesús; el Dios que me colmará de favores cuando yo haya cumplido la Ley, no es el Dios de Jesús.

El Dios de Jesús es don total, incondicional y permanente; es lo que nos tiene que llevar a la más absoluta confianza. Ni siquiera depende de mí lo que Dios me da en todo instante, la fe consiste en fiarse absolutamente de ese Dios; este Dios es increíblemente bueno y generoso, este Dios es amor.

Cuando se cree firmemente en esa imagen de Dios, cuando uno se fía totalmente, entonces no hay dificultad que acobarde, no hay pena que ahogue, ni hay dolor que aniquile. Ante los mayores peligros, ante el más grande riesgo, el creyente y fiel seguidor de Jesús, el Salvador, podrá decir con san Pablo: “Sé de quién me he fiado”.

No olvidemos que Jesús sabe leer nuestros corazones, que contemplan con pena algunos temores; “No temas, mi pequeño rebaño”, nos dice con ternura, porque nuestro Padre ha tenido a bien darnos el Reino; la amistad y el cariño de Cristo nos deben animar a seguir a su lado a pesar de que parezcamos débiles o pocos, ante tantos que siguen la imagen de Dios equivocada.

Nos puede desesperar que no influimos casi nada en la marcha del mundo, que no conseguimos preservar a nuestra sociedad, inclusive dentro de la Iglesia, por la corrupción moral y doctrina.

Sin embargo, no podemos dejarnos vencer por esas circunstancias; hemos de pensar que el influjo de la enseñanza de Jesús, Maestro, es más del que aparentemente se ve. Él nos enseñó a sembrar y esperar que los frutos llegaran en su tiempo; por otra parte, Dios puede siempre más, y la última batalla, la decisiva, la que marcará para siempre la suerte del hombre, esa batalla está ganada de antemano por Dios. a

Lo único que nos corresponde es ser fieles por encima de todo al mensaje de Cristo, y no a los intereses personales o personas equivocadas y ambiciosas. Seamos fieles al compromiso del bautismo que el mismo Dios Padre pronunció: “Tu eres mi Hijo amado”. Estemos siempre a la espera del Señor, viviendo cada momento con la misma intensidad con que viviríamos el último; portarnos bien de forma habitual, considerando que cada instante puede ser el definitivo: el que hace posible la dicha sin fin junto a Dios.

No debemos vivir obsesionados con y por la muerte, nuestro destino es la vida y hay que saber vivir esta vida que es un regalo de Dios; no olvides que en tu vida es donde se fragua y se cocina la vida posterior, la vida perdurable, la vida eterna. Todo lo que haces y dices aquí ante este rebaño, un día tendrá su eco en la eternidad; todas las mentiras serán descubiertas y se acabará la paciencia de Dios Padre si no vives en su amor misericordioso.

Cristo luchó mucho en esta vida, se la jugó en su lucha contra el Príncipe de las Mentiras y sus frutos, precisamente porque amó esta vida hasta el extremo; es por lo que nunca cedió ante las tentaciones del mal, vivió siempre en vela, vigilante, arremetiendo contra él y defendiendo a muerte los valores del Reino, que entre tantos, son: amor, paz y justicia.

Sin duda alguna Jesús nos hace un llamado a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad. En toda la historia de la Iglesia había y hay momentos en que se hace de noche, sin embargo, no es hora de apagar las luces y echarnos a dormir; al contrario, es hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando de verdad hacia el futuro de nuestra Iglesia.

Hemos de valorar, cuidar y agradecer el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas, que viven hoy su adhesión a Cristo y su pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable. Es, sin duda, uno de los frutos más valiosos del Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado directa y explícitamente de ellos.

Estos creyentes pueden ser hoy el fermento de parroquias y comunidades renovadas, en torno al seguimiento fiel a Jesús; son el mayor potencial del cristianismo, los necesitamos más que nunca para construir una Iglesia abierta a los problemas del mundo actual, y cercana a los hombres y mujeres de hoy. Hay que unirnos más en esta espera del nuevo Reino.

Pedro le preguntó: “Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros?…” Tomemos esta parábola muy en serio; está dicho por Ti, por tu parroquia, por tu Diócesis. Seamos fieles en las cosas pequeñas, para merecer un Reino y Vida eternos; empecemos por un poco más de amor, justicia y paz en nuestro ambiente. Alejémonos del Príncipe de las Mentiras, del odio e injusticias, y no “temamos porque somos un rebaño de Dios”.

 

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