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Trump en México

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Nuestra gente

“Yo ni empinado quedo bien”, frase franca de un amigo que estimo.

 

Un ciudadano cualquiera como yo, puede decir lo que me plazca de ese engendro —como ser humano y como político— que es Donald Trump, siempre y cuando no sea calumnia que merezca ser objeto de una demanda judicial.

El presidente de la República, quien quiera que fuera, no debería hacerlo por dos razones principales: primero, porque no tiene facultades constitucionales para  exponer al país a represalias de inconmensurable daño, si ese señor gana en las elecciones de Estados Unidos; segundo, porque desde la época en que Estados Unidos se negó a reconocer a un presidente mexicano electo, un diplomático de excepción emitió la después llamada Doctrina Estrada, mediante la cual quedó establecido que México, como nación soberana, no necesita el reconocimiento de gobiernos extranjeros para darle validez jurídica al nuestro, bajo ninguna circunstancia.

Vale la pena recordar que durante muchos años, quien ganaba las elecciones presidenciales iba a visitar al presidente de los Estados Unidos, y la vox pópuli lo interpretaba como un acto de vasallaje y de solicitud de instrucciones.

Donald Trump no llegó sorpresivamente a México, ya se sabía que había aceptado la invitación del presidente Peña Nieto, y no recuerdo haber leído protestas del líder nacional de PAN, Ricardo Anaya Cortés —al que ya le salieron espolones—, o de Alejandra Barrales, dirigente nacional del PRD —muy sensata considerando que es de oposición—, tampoco de Miguel Ángel Mancera, gobernante de la Ciudad de México —que ahora con aspiraciones presidenciales tiene que ser congruente con el PRD—, ni de intelectuales de todos los niveles.

¿Querrá Ricardo Anaya hurgar en la historia del partido que preside, para encontrar que Calderón Hinojosa siendo presidente hizo lo mismo?

Si de este denostado encuentro se hubiera obtenido de Trump una promesa de cambio a su propósito contra los mexicanos indocumentados —no predecible pero sí posible—, sin aplausos hubiera sido evidente la satisfacción general; pero como esa buena respuesta no se dio, entonces hacen falta piedras para tirarle al presidente.

Merced al no intervencionismo que respetamos, mal hubiera sido que EPN le pidiera a DT que se olvidara de ese absurdo muro, que seguro estoy nunca se va a construir, aunque el partido republicano recupere el poder.

Pero sí dijo de la manera que todos escuchamos, que México y Estados Unidos se necesitan mutuamente, que los mexicanos que van a Estados Unidos contribuyen con su trabajo para mejorar la economía de ese país, y esa posición dicha diplomáticamente —como se debe—, contradice los epítetos calumniosos y groseros que constantemente Trump vomita contra nuestros coterráneos.

La señora Clinton no tiene nada de qué quejarse, porque no tuvo la cortesía de responder a la invitación que se le hizo, y por otra parte se equivocan ella y cientos de mexicanos cuando critican la visita de Trump, considerándola como una transfusión de oxígeno en su pobre campaña. ¿Cómo puede saberse que se le dio?

Si la candidata Clinton viniera y sin que se le pida ofrece lo contrario que Trump para los mexicanos —dicho en México ante mexicanos—, se ganaría la simpatía hasta de los latinos indecisos. Es decir, a mi juicio sería un error político que no viniera.

Mientras tanto, seguiremos siendo testigos de cómo los diablitos y los angelitos susurran al oído del presidente Peña Nieto:

—Ponga orden en Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán, ante los desmanes ya insoportables de la CNTE. Meta a las fuerzas armadas.

—No lo haga, los grupos infiltrados en esos actos vandálicos van armados, y sin duda habría derramamiento de sangre similar a la habida en Tlatelolco.

—Como presidente de México no se quede callado ante los insultos de Trump contra los mexicanos; tiene la obligación de defender nuestra dignidad.

—No, señor presidente, no lo haga; podría llegar al poder y entonces, conociéndolo, una falta de tacto diplomático tendría consecuencias desastrosas.

Como ese buen amigo mío dijo, no inmoralmente sino cansado ante un injusto fuego político cruzado: “el presidente Peña Nieto ni empinado queda bien”.

 

Fernando Almeyda Cobos

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