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Historia de Larry

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Bertha Paredes Medina

Si Larry hablara, seguro el miércoles 13 de julio de 2016 habría dicho con desparpajo, añadido al característico e imperdible tonito de los ingleses, “Bye David, welcome Theresa”.

¿Quién carambas es Larry que tiene el empacho de mirar —sin preocupante pestañeo— cómo el señor Cameron se retira como primer ministro? ¿Y cómo ve minutos después que llega la señora May, nueva primera ministra al número 10 de la Downing Street?

La definición simple, dice: Larry es un funcionario público con residencia asignada, que recibe 100 libras anuales por el cargo que desempeña.

Normalmente se le mira echado a las puertas de la residencia, y si se aburre suele dar cortas caminatas en los alrededores del centro de la ciudad de Londres. De porte pulcro y presumido, típico corte inglés, es un personaje cotidiano del paisaje que es motivo de atención, y si está de buen humor, fraterna con los turistas dejándose tomar fotografías; si no está de buenas o si la carga de trabajo lo dejó agotado, se tira en el pórtico de la residencia a gozar de un buen descanso.

El gato Larry es el vivo ejemplo de nobleza de la sociedad. Rescatado del abandono, fue adoptado gracias a los buenos oficios de la Sociedad Protectora de Animales de aquel país, y elegido para el puesto de jefe de caza ratones.

La historia cuenta que es tradición —desde hace un siglo— que un gato se encargue de los problemas de ratones que se sufre el domicilio donde reside el primer ministro. Antes, con Margaret Thatcher y John Major, ocupantes de la residencia, hubo otro felino hasta que Tony Blair lo jubiló (por supuesto, con el correspondiente estipendio económico legal). Entonces, se abrió la oportunidad para un sustituto: Larry.

Con la renuncia de David Cameron —recuérdese el Brexit— surgió la preocupación acerca del destino futuro del gato guardián. Para acallar especulaciones, tuvo que salir un portavoz del gabinete británico a aclarar que “es un funcionario público y no pertenece a la familia Cameron, así que se quedará dónde está”.

Es decir, continuará en funciones al servicio de la nueva primera ministra Theresa May, actividades que, explicó el mismo portavoz, “se encuentran la de recibir a los invitados y probar muebles antiguos para la calidad de sus siestas, mientras que su captura de ratones se mantiene todavía en fase de planificación táctica”. Una excelente descripción del simbolismo y valor que se procura a los animales.

Otra oportuna aclaración fue acerca de que el exministro Cameron no tenía “buena relación” con el gato, este asunto quedó claro al mostrar, el propio Cameron, una última foto con Larry sentado en su regazo, hablándole y despidiéndose del pequeño felino y al dedicarle más tarde, tiernas palabras en su discurso oficial de despedida.

En mi apreciación personal, la historia de este gato es clara muestra del sentimiento de protección que la sociedad dispensa y debe ofrecer a los animales, una actitud social que a diario incorpora nuevos adeptos para ayudar a darle una oportunidad de vida a todo tipo de mascotas.

Aquí mismo, entre nosotros, actualmente existen numerosos jóvenes que en callada labor recogen y resguardan animalitos abandonados en las calles para brindarles techo y alimentos. Los asean y curan si es necesario, para luego darse a la tarea de encontrarles un hogar de adopción. Lo hacen por convicción, sin esperar nada a cambio, padeciendo angustias cuando el dinero no les alcanza para las consultas y los medicamentos, que la mayoría de los animalitos rescatados necesitan.

Estos —yo les llamo héroes y heroínas anónimos—, no reciben más que la satisfacción personal de haber hecho la diferencia entre un animal desprotegido a uno protegido. Sin duda son campechanos y campechanas que merecen el agradecimiento de una sociedad concientizada en el rescate y  protección de esos pequeños peludos de cuatro patitas, que son rayitos de luz, alegría y esperanza.

Pensemos: Detrás de cada perro o gato abandonado en las calles, puede haber otro útil Larry.

 

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