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Fiesta de muertos, una tradición viva

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Unidad familiar

 

Sabores y aromas de flores, pibipollos, dulces e incienso vistieron centenares de  hogares de la capital e interior del Estado, en realidad una fiesta familiar; una de tantas ocasiones en que pobladores participaron de las noches, auroras y paseos.  Ancestral celebración para honrar a los difuntos con manjares y oraciones por el descanso eterno.

 

Orgullosos de la herencia de los abuelos, todavía se conservan las recetas del guisado del plato principal en le mesa; el ritual para poner la mesa siguiendo la tradición familiar, velas, veladoras, bebidas, alimentos y postres, sin faltar la fotografía del finado.

Disfruto nuestras tradiciones —me atrevo a opinar, estimado lector, que muchas personas como usted, como yo, también viven los días de celebración—, vivos y muertos visitamos el camposanto; el reencuentro con los seres queridos aviva lazos, enciende emociones, renacen recuerdos y hasta las lágrimas cristalizan.

Creer o no creer, orar, reír, llorar es de humanos… por eso, considero, corresponde a nuestra generación joven y adulta vivir lo nuestro, proteger la herencia de bisabuelos, enseñar nuestros valores culturales a los pequeños con quienes compartimos este mundo terrenal.

Así como la penumbra engalana la noche en el cementerio, los mercados encienden el apetito. Una recién tablilla grasosa de chocolate o una azucarada concha son el mejor antojo para  una mañana fresca, o ¿por qué no? una taza caliente con un café aromático, para iniciar el trajín en la preparación de los deliciosos pibipollos, mmmm… ¡qué ricura!

Entre hojas de plátano, manteca, x’pelón, epazote fresco, cebolla blanca, rodajas de jitomate, moldes, latas, ollas, el quehacer en la cocina se vuelve una tarea compartida, manos laboriosas; personas vienen, van…

El horno, en la tierra, deja su humo; el tiempo se acerca para recibir entre sus brasas las delicias que minutos antes se prepararon. Uno a uno, cuidadosamente se colocan sobre las piedras en espera del tiempo requerido para su cocimiento.

El ambiente casero, una que otra copita, gajos de mandarinas, jícama con chile, naranjas, un meloso dulce de calabaza o almendrado dulce de pan desdibujan el tiempo que se esfuma como el humo de las velas del altar. La espera se vuelve corta entre plática y plática; los recuerdos de los finados aparecen, las sonoras carcajadas dan vida al hogar, mientras las almas deambulan por la casa.

Al paso de los años algunas costumbres están cambiando, otras desaparecen y algunas más simplemente se olvidan y dejan de hacerse; por eso vale la pena que en las familias, abuelos, padres e hijos mayores continúen poniendo los altares como una expresión de respeto a los muertos. Así, el ejemplo alimenta la tradición. En cada hogar, la preservación de costumbres y tradiciones ayudará a conservar la herencia cultural de nuestros antepasados y legar a las generaciones de este siglo la riqueza de nuestras raíces.

Los festejos de octubre en Campeche concluyen precisamente con la víspera de la fiesta de muertos y el janal pixán (comida de ánimas) dispuesta en las mesas, en espera de la visita de los fieles difuntos. Es de reconocerse el afán con que  los gobiernos estatal y municipal se ocupan durante esos días para ofrecer actividades alusivas al día de muertos: paseos de ánimas, noche de leyendas, desfiles de catrinas, altares, hasta proyecciones especiales sobre rituales y prácticas familiares.

Últimamente, los colegios y autoridades locales manifiestan interés por convocar a la elaboración de altares, algunos celosos de sus saberes mayas y mestizos; otros más del siglo anterior se esmeran por organizarse y participar. Por ejemplo, en las escuelas forma parte del proyecto didáctico con la finalidad de favorecer el conocimiento social de la comunidad, preservar la cultura popular, fomentar la preservación de costumbres y tradiciones. Propiciar aprendizajes basados en la construcción del conocimiento social y cultural de la comunidad.

Finados es una tradición viva para los campechanos. La fiesta de muertos no termina…

 

Teresita Durán

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