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Morir por fiebres

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En el cenobio de Yuste, anunciando la noche eterna, caían

los últimos granos del reloj de arena del tiempo vital del hombre,

en cuyo imperio no se ponía el sol. Estás en mí, yo estaré en ti.

¡Ay, Jesús! Últimas palabras de Carlos V el 21 de septiembre de 1558, al fenecer diezmado por la gota y por “el agente no visto

de la muerte”, así llamadas las fiebres periódicas perniciosas

desde Hipócrates, en el siglo IV a.C.

 

Como se aprecia, la malaria (mal aire) o paludismo (mal de los pantanos) era una enfermedad en esos tiempos con perfil democrático.

Durante más de cuatro mil años se atribuyó a los miasmas palúdicos (efluvios malignos), la génesis de fiebres terribles con tremor generalizado y delirio de carácter infradiano, aparición terciana o cuartana y frecuente desenlace fatal.

Fue hasta en el heroico siglo XIX, cuando varios cazadores de microbios se enzarzaron en una carrera por tres continentes, para descubrir la causa y la forma de contagio de este terrible flagelo.

En 1880, el médico militar francés Charles Louis Alphonse Laveran, en Argelia, observó parásitos en los glóbulos rojos de pacientes enfermos de malaria, identificando por primera vez como agente causal a un protozoario, a partir de entonces conocido por mucho tiempo como el germen palúdico de Laveran, y bautizado oficialmente después como plasmodium, y por los italianos marchiafava y celli.

Pero fue hasta 1898, cuando el también médico militar Ronald Ross, escocés, demostró en sus experimentos en la India y en África, el papel inoculador de los mosquitos del género anopheles en el paludismo.

Por estos descubrimientos en la identificación del modo de transmisión y del agente causal del paludismo, respectivamente, el Instituto Karolisnka de Suecia, mantenedor del Premio Nobel en fisiología o medicina, distinguió  con este lauro al Dr. Ross en 1902, y al Dr. Laveran en 1907.

Como en otras afecciones —aún sin saber el origen ni la forma de contaminación de una enfermedad— se dispuso de tratamientos empíricos eficaces; para este mal, el uso del alcaloide quinina (corteza del árbol cinchona) se reveló como tratamiento adecuado, y fue importado de Perú hacia Europa por los jesuitas en el siglo XVII con gran éxito. En 1820, los franceses Pelletier y Caventou extraen y depuran de dicha corteza el ingrediente activo quinina (de amargura proverbial), expandiéndose su uso.

La malaria y el humano han viajado juntos desde hace más de 50,000 años, y muy probablemente la “heredamos” de nuestros ancestros chimpancés. Incluso, nuestra larga convivencia con este padecimiento ha generado una mutación adaptativa, buscando aumentar la sobrevida en el hombre que habita en regiones de alta prevalencia, conocida como anemia de células falciformes.

Aún en la actualidad, esta plaga causa más de 300 millones de casos y dos millones de muertes anuales en el planeta, si bien, ahora con mayor incidencia en zonas endémicas de África y Asia, con deficientes condiciones sanitarias.

Desde 2007, la Asamblea Mundial de la Salud —máximo órgano de decisión de la OMS— decidió conmemorar cada 25 de abril el “Día Mundial del Paludismo”, con el evidente propósito de reforzar las acciones contra este azote de la salud pública todavía vigente.

Esperemos, a corto plazo, que la historia funesta del paludismo termine con la buena noticia del éxito de una de las diferentes investigaciones actualmente en curso, en búsqueda de la vacuna adecuada.

Y la reflexión final es, sin duda, que por el número de casos de enfermedades y muertes provocadas en todo el orbe por paludismo, dengue, fiebre amarilla, zika, chikungunya, mayaro, fiebre del oeste del Nilo y otras, mismas que lo comparten como vector, el mosquito se posiciona como el animal más peligroso para el humano.

Fernando Sandoval Castellanos

 

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