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Trump y el futuro de México

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La opinión pública mexicana temía que Trump ganara la elección presidencial de Estados Unidos de América, tanto por la personalidad fascista de ese candidato, como por su amenazante y despectiva campaña contra los mexicanos y todos los inmigrantes irregulares.

Hizo proselitismo contrario a la civilidad democrática que se espera de los políticos gringos; lanzó epítetos contra todo aquel que no fuera estadounidense original y, al mismo tiempo, vendió la idea de recuperar su país para los nativos y conservadores; culpó a los extranjeros que viven en su casa de todos los males y problemas que padecen los Hijos de Lincoln, y se formaron dos escenarios: uno, el de la esperanza cosmopolita e integradora que abanderó Hillary Clinton, contra la promesa de volver a la grandiosidad sajona que representó Trump.

Ya vimos el resultado. Y haciendo a un lado los detalles circenses de los meses de campaña, lo cierto es que esa consecuencia electoral tiene contentos a poco más del 50% de la población, pero con el alma en un hilo a todos aquellos ciudadanos que se hallan en alguno de los supuestos rechazados por el ganador Republicano.

México está sufriendo el resultado. Y no es para menos. Las esferas del poder nacional tienen temores de que se cumplan todas las amenazas del magnate, y la población, la sociedad mexicana, también está contagiada de muchos temores y  gran incertidumbre. Y es que nuestra relación como países está muy marcada por el intercambio, el comercio, la diplomacia, la deuda, la globalización, las finanzas, el peso, el dólar. México y USA están muy ligados entre sí.  Es un nudo muy sólido el que nos ata, tanto, que todo lo ocurrido allá repercute de inmediato acá.

De todo esto, podemos sacar varias premisas. Primero, que las encuestas no son confiables, porque aunque vaticinaban una competición cerrada, la mayoría se inclinaba por la versión demócrata. Y fallaron. Las encuestas no son confiables. Otra lección para el mundo, no solo para México, es que la mayoría de votantes están en contra de la inmigración; hay un enorme resentimiento por la permanencia de otras nacionalidades ajenas.

El voto que le dio el triunfo a Trump fue el de las clases tradicionalistas, el voto adulto; el voto auspiciado por las grandes corporaciones financieras, comerciales y productivas con capital nativo; el voto blanco, el voto negro, el voto latino —irónico—. Pero no hay un mensaje de cambio, no hay esperanzas para la mejoría democrática, no huele a renovación, se respira enorme aroma de tradicionalismo, desprecio y altanería.

Y de inmediato ese cataclismo sacudió nuestros mercados. El temor y la confirmación de ese triunfo hicieron trizas el peso mexicano y lo pusieron a flotar, aunque los tecnócratas lo nieguen o lo llamen de manera más dulce. En los meses por venir veremos hasta dónde la realidad supera a los presagios, pero mientras queda claro que fue acertada la invitación del presidente Enrique Peña Nieto al próximo presidente norteamericano, porque dicha generosidad diplomática que tanto rechazo produjo en su momento, amortiguará —esperemos— la visión racista y hegemónica de Trump sobre nuestro país y los millones de indocumentados que viven más allá del Río Bravo.

José del Carmen Gómez Casanova

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