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La familia Sulú Abá

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“Barrio, tú que sabes que la quiero, tú que sabes mi pena y mi dolor, ¡tú que sabes que la quiero! Dime, ¿por qué me abandonó?”,

Quintiliano Sulú Abá.

 

Corría el año 1880, en la población maya de Uxmal, Yucatán, en la que una sequía azotó la región. La mayoría de la población se dedicaba al trabajo del campo, padeciendo con ello pobreza y hambre. Muchos de sus habitantes optaron por encontrar nuevos horizontes, realizándose un éxodo a otros sitios de la península; es por ello que los hermanos Sulú, entre los que se encontraban Carmen, Emilio, Petrona y Manuel, llegaron a nuestro Estado y se asentaron en el poblado de Pich. La joven Carmen Sulú se trasladó unos años después a la capital, instalando su domicilio en el barrio de Santa Ana.

De su primer matrimonio, se sabe tuvo dos hijas: Valentina y Petrona; del segundo matrimonio, a Estebana, Emiliano y Quintiliano (Don Quintín). Eran una familia muy pobre; para hacerse de recursos, llevaba a su hermana al mercado algunas frutas y verduras para vender, que se producían en el terreno que habitaban.

Quintiliano (Don Quintín), siendo campesino, proveía de carne a la familia cazando animales como: venado, jabalí, conejos, pizotes, pavos de monte, entro otros más. Se dice fue buen cazador. Cuando tenía alrededor de 18 años, sus amigos lo animaron a boxear en una de esas funciones de box que se realizaban en el Circo Teatro Renacimiento. Sin consentimiento de su madre lo hizo, los momios estaban en su contra, pues su contrincante era un hombre con experiencia y fortaleza. Quintiliano subió al ring y en un solo round acabó con su contrincante.

Quintiliano era un hombre corpulento, de 1:80 m. de estatura y 85 kg. de peso, como resultado del trabajo fuerte y constante. Su madre le pidió que no se vuelva boxeador, por lo que decide a su pesar no continuar con esa incipiente carrera.

De la rama materna, encontramos a don Pedro Abá y doña Crescencia Silva, a quien llamaban Chencha de cariño. Él, de Papantla, Veracruz; hombre enjuto y alto, con vestimenta de alpargatas y camisa amarrada a la cintura; ella, de Chetumal, Q. Roo, baja de estatura, vestía blusa bordada saya y chanclas de charol. Esta pareja procreó dos hijas: Ángela y Aurora.

Don Pedro tenía una carreta, era carretillero, transportaba mercadería llegada de los barcos, único medio de trasporte en esa época; económicamente se ayudaba con la venta de las frutas que se producían en su huerta.

La más pequeña de las hijas, Aurora, logró estudiar la primaria, donde tuvo como condiscípulos —entre otros— a los doctores Luis y Jorge González Francis, así como a esa gran dama, doña Elsa San Román de Sansores.

Quintiliano y Aurora, él de 22 y ella de 15 años, se enamoraron y casaron procreando ocho hijos: Aurora, Carmen, Quintiliano, Luis Felipe, Guillermo, Rosario, Candelaria y Jesús, por cierto, esta última falleció a los 10 meses de edad, dejando en ellos un gran vacío que nunca pudieron superar, ya que unido a este hecho, su hijo Quintiliano —conocido también como Quintínito—, en esas fechas se trasladó a la Ciudad de México para integrarse como marino a la Armada de México, con tan solo 16 años de edad.

De los descendientes de Don Quintín, tengo la fortuna de conocer a Quintiliano, asiduo lector de TRIBUNA, del que siempre recibo comentarios de mis artículos. Hace unos meses lo contacté sabiendo que era santanero, para que me orientara referente al artículo que escribiría de esa ermita: “El Gran Poder de Dios”.

Quintiliano de nuevo me hace el favor de orientar sobre su familia, que forma parte de mi barrio. Me narra que de pequeño fue una fichita en la escuela, donde tuvo muchas reprimendas. De adulto lo mismo; como Juan Charrasqueado, mujeriego y tomador. Fue aprendiz de carpintero, de panadero, peón de albañil, y ayudó a su papá en el trabajo de las huertas podando, injertando, chapeando, etc.

A los 14 años incursionó en el boxeo, no con mucho éxito; se fajó cuatro veces en el cuadrilátero de la Arena del Tamarindo, ganando las tres primeras peleas; la cuarta en Champotón la empato, aún después de que en el primer round fue tirado a la lona con un golpe que le saco el aire, pero la campana lo salvó. Después de eso colgó los guantes.

Fue muy aventurero; se embarcó en el guarda costas número 37 de la Armada Nacional, recorriendo muchos de los puertos del Pacífico. Después de esa experiencia, retornó a su tierra natal y posteriormente buscó oportunidades en la ciudad de Chetumal, donde trabajó en los campos madereros como ayudante de carpintero y médico práctico. Estudió la secundaria en Instituto Campechano y fue condiscípulo de Oscar Alberto Pérez García (el campechano); tiene un libro de poemas, titulado: “Flores de mi pensamiento”.

Conoció y se casó con Angelita Gabourel Otermín, procreando cuatro hijos: Mario, Margarita, Ileana y Pedro; en esa época fue enviado a los campamentos como médico práctico, donde acumuló muchas anécdotas de esta experiencia.

En el año 1957, trabajando en la fábrica de triplay de los señores Vales, aquí en la ciudad conoció y fue cobijado por el Dr. Luis González Francis, a quien recuerda con mucho cariño, y que fuera designado director de la Unión Médica de Campeche A.C., que otorgaba la atención médica a los derechohabientes del IMSS, teniendo así la oportunidad de ingresar a esta institución médica.

En la medida en que mejoraban sus finanzas, su alcoholismo se agudizaba, y fue por reprimenda del Dr. Jorge González Francis que ingresó al grupo de alcohólicos anónimos (AA), y participó en la experiencia de un Cursillo de Cristiandad que le hizo ver el valor que tenía como persona.

Hoy, Quintiliano es un hombre tranquilo, en paz consigo mismo; su familia como la de todos los que hemos nacido en esta bella tierra, es mezcla de muchas razas que nos distinguen como campechanos.

 

Rodolfo Bernés Gómez

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