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Saudade

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Para Daniel Cantarell, con afecto.

 

Introito.

El ciclo termina. Se quiera o no, en especial en este microcosmos que es Campeche, todo pasará con menor o mayor dolor, pero lo imposible que se creía podría suceder, ahora está sucediendo. Detrás está la vorágine de los años mozos cuando la vejez ni siquiera amenazaba con serlo. Simplemente no existía y los consejos sabios de nuestros padres demostraron su sapiencia y su verdad.

Minimizados por provenir de quienes no estaban a la altura intelectual —se creía— que aunque bien intencionados, no contaban con la experiencia necesaria para poder aconsejar sobre ese universo profesional en el que vivíamos, como si la vida fuera sólo eso: una profesión.

La soberbia embrutecía la mira y los años transcurrieron silenciosamente, taimadamente. Junto a esos años, la experiencia también se acrecentaba y maliciosamente se creía que era simplemente el antídoto de una venenosa realidad; el ocaso no existía ni se percibía siquiera como probable; los mínimos accidentes que se sucedían no encontraban eco en la realidad que se vivía: todo era éxito, había salud no sólo personal sino también familiar.

Pasan los años, pasan los sueños, pesan los años, los sueños ya son mínimos y ni siquiera pesan, se adoran, se necesitan…

Entrar al local en donde se vivieron tantos sucesos, la mayoría afortunados, ahora silencioso, solamente acompañado por los libros, por su olor único, por su sabiduría acumulada, por los sueños alcanzados.

Es difícil, muy difícil aceptar que ese rincón ya solamente quedará para la lectura calma, los recuerdos atropellados de esos años —muchos realmente— en que la vida transcurría en momentos felices, la mayoría, y escasos sinsabores; el calor de la familia, el cariño de los pacientes que se demostraron verdaderas amistades con la empatía que se emite de ellos hacia mí y recíprocamente.

El disco termina y con él, Chucho Pinto me acompañó horas y horas.

Continúan sonando los blues en las voces divinas de las señoras ya santificadas por sus cantos que transportaron, y continúan haciéndolo, a quienes tenemos la fortuna de escucharlas aunque se trate de los viejos acetatos, y ahora también viejos, los famosos CD (sidis).

Una caterva de viejos: Sinatra-Dean Martín, Bing Crosby, Johny Mathís, Nat King Cole, Barbra Streisand, Liza Minelli, Natalie Cole, Andy Williams, Tony Benet, Boby Darin, Samy Davis, etcétera, inundan con su sapiencia vocal mi aislado cuarto y mis libros.

En frente de mí, los cuadros y diplomas rellenan ese espacio, ya sobrepasado en su capacidad. Diplomas por congresos nacionales, internacionales, regionales, mundiales, etcétera. Recuerdo que no hace muchos años supe que los gastos por asistir a los congresos y cursos eran costeados por los laboratorios de las transnacionales.

Este pobre mortal desconocía esa realidad; la razón de mi ignorancia es que por decisión personal, hace más de 30 años, decidí no recibir a los representantes de esas transnacionales por la sencilla razón de que no me daba la gana, y esos momentos eran pérdida de tiempo para recibir dos o tres muestras de medicamentos que la mayor parte de ellos no estaban dentro de mi prescripción.

Entonces esas transnacionales agradecidas por las prescripciones de los médicos les costeaban todos los gastos para asistir a los congresos… y yo, como siempre, costeaba mis gastos. ¡Aha! ¡Qué tal de penitente e ingenuo doctorcito! Cuestión de ADN, lastimeramente imposible de evitar.

Ahora, volviendo la vista a esa pared cubierta por papeles y más papeles convertidos en diplomas, constancias y demás comprobantes, la interrogante que me asalta, avasalla, es: ¿y ahora qué voy a hacer con ellos; y con mis libros y con mi instrumental alemán que han vivido el paso de los años —47 de ejercer— la especialidad, y que como Johny Walker continúan tan campantes como nuevos?; y ¿qué hacer con mis recuerdos, mis vivencias, mi vida entera? ¿Quién se interesa por ellos? ¿A quién le importa? ¿A usted? O ¿a usted? ¡Vale!

 

Manuel R. Gantús Castro

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