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El bambú japonés

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Este es un relato que tal vez usted ya haya leído o escuchado,

pero pienso que no está de más repasarlo de vez en cuando,

sobre todo en este año que comienza, en que las

circunstancias actuales que no se ven muy claras.

El escritor Jorge Bucay, a través de este relato nos hace comprender que a veces al pasar necesidades y sentir que el mundo se nos cierra nos sirve para aprender, reflexionar y adquirir experiencias que en el futuro nos servirán de mucho, pues nadie nace sabiendo y lo que nos vaya sucediendo en el transcurso de la vida, no son fracasos, sino aprendizaje, pues todo ser humano trae consigo cualidades naturales que nuestro creador da a todos sus hijos para salir adelante.

El mencionado relato comienza diciéndonos: “Que no hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego.

También es obvio que quien cultiva la tierra no se detiene impaciente frente a la semilla sembrada, y le grita con todas sus fuerzas: ¡Crece, crece, crece!

Para no impacientarse de esa forma, es bueno saber que hay algo muy curioso que sucede con el bambú y que lo transforma en no apto para impacientes…

Primero, se siembra la semilla. La abonas y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no pasa nada apreciable. En realidad no pasa nada con  la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.

Sin embargo, durante el séptimo año sucede algo maravilloso: La matita de bambú aparece, y en un período de solo seis semanas la planta de bambú crece. ¡Más de treinta metros! ¿Tardó solo seis semanas en crecer? ¡No! La verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.

Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.

Sin embargo, en la vida cotidiana muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente el resultado del crecimiento interno, y que este requiere tiempo.

Quizá por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados a corto plazo abandonan súbitamente su sueño, justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.

Es tarea difícil convencer al impaciente, pues solo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y saben esperar el momento adecuado.

De igual manera, es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo, y esto puede ser muy frustrante.

En esos momentos (que casi todos tenemos), es bueno recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y saber que no debemos abandonar nuestro propósito, pues aunque no se vea, algo positivo está creciendo poco a poco hasta llegar a su maduración.

Quienes no se dan por vencidos van gradualmente creando los hábitos y el temple necesario, que les permitirá sostener el éxito cuando este al fin se materialice.

El triunfo no es más que un proceso que lleva su tiempo, maduración y dedicación, además que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros. ¡Acción y mucha paciencia!

En este mundo moderno en que vivimos, todo es apresuración.  Apresuramos a nuestros hijos para no llegar tarde a la escuela; nosotros mismos hacemos las cosas apresuradamente, además perdemos la fe cuando los resultados no se dan en el plazo que esperábamos y abandonamos nuestros sueños, y todavía nos generamos ansiedad, y de ahí viene el estrés.

Te propongo tratar de recuperar la perseverancia, la espera y la aceptación. Si no consigues lo que deseas, no desesperes; recuerda que quizá solo estás echando raíces para cuando venga lo demás”.

Deseo que en esta nueva aventura tengamos muchos momentos para celebrar.

Fe, y un feliz y próspero Año Nuevo 2017.

Addy Noemí  Hernández Navarrete

 

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