Inicio»Opinión»¿Has quedado en el camino?

¿Has quedado en el camino?

0
Compartidos
Google+

Bautismo del Señor

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (3,13-17):

 

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que descendía sobre Él en forma de paloma, y oyó una voz que decía desde el cielo: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.

 

Este domingo da fin al tiempo litúrgico de Navidad, con la celebración del bautismo del Señor. Jesús tiene ya treinta años. Hasta ahora ha vivido una vida tranquila y familiar, socialmente humilde, callada y anónima, como un judío observante y fiel a la Ley de Moisés.

Era un tiempo de sencillez y aprender lo familiar, diríamos, sin Palabras Divinas sino hechos humanos. Hay muchas ocasiones en la vida del cristiano en que pretendemos tomar el megáfono, y a “cristazo” limpio —como dijo Miguel de Unamuno— imponer creencias a gritos con el máximo ruido posible.

¿Te das cuenta que Jesús nos hizo comprender el valor de una vida ordinaria, vivida en sus mil pequeñas cosas con un grande y profundo amor que sabía dar relieve y altura a lo más corriente? Esta debería ser una lección fundamental para la inmensa mayoría de los hombres, cuya existencia también transcurre día tras día en un entramado de pequeños deberes.

Un ejemplo que nos ha de llevar a dar valor a lo más pequeño y ordinario, que al vivirlo con amor y esmero por hacerlo bien, puede alcanzar la bendición y la sonrisa de Dios. ¿Cuántas veces olvidamos esto y buscamos lo que no es nuestro, por tener un pensamiento ambicioso y altanero?

Cuando Jesús llegó al Jordán para bautizarse, el Bautista se resistió a hacerlo; simplemente no entiende cómo ha de bautizar a quien está tan por encima de su persona. El Señor piensa como nosotros los hombres, con la dimensión del poder y autoridad. Tiene que aprender que la humildad, es decir, bajar al nivel del otro y mirar con sus propios ojos, es el camino que marcará Jesús dando el ejemplo.

Nosotros como Juan el Bautista, debemos aprender la primera lección: quien quiera entrar en el Reino de los cielos tiene que seguir el camino de humildad; el camino propio del Maestro. Luego lo repetirá de muchas formas y en repetidas ocasiones; nos enseña, en efecto, que es preciso hacerse como niños y que quien se humilla será exaltado. Por eso se pone en la fila esperando su turno, como si necesitara la purificación o absolución por algún pecado. ¡Qué gran ejemplo de humildad!

Este es el camino para encontrar a Dios, el camino de la humanidad, el camino de la Iglesia… ¿Así lo vivimos? En su Bautismo, Jesús comienza su misión salvadora; inaugura una nueva era al dar a las aguas el poder de purificar a cuantos, creyendo en Él, se bautizarían una vez consumada la redención en la cruz. ¿Te sientes parte de esta historia de Dios, de la humanidad, de la Iglesia? ¿Somos fieles al camino que nos enseñó el humilde carpintero de Nazaret?

Primero mírate a ti. ¿Cómo y dónde buscas a Dios? ¿En la sociedad y la familia estás trasmitiendo la humildad de Jesús? ¿En la Iglesia, puedes palpar y sentir la presencia del Maestro y Padre sencillo sin calculaciones ni conveniencias?

La respuesta de Jesús a Juan Bautista clarifica desde el primer momento cuál es su misión: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. La obediencia de Jesús a la voluntad del Padre pone de manifiesto su condición de Hijo, ya que en aquella cultura la obediencia era lo que definía la relación de un hijo con su padre.

Obediencia no es sumisión, es seguimiento voluntario de lo que el Padre espera: su entrega hasta la muerte por la salvación del género humano. Que se cumpla “así”, quiere decir “hasta la cruz”.

Obediencia al mensaje de Jesús y al Padre no es fácil y son muchos quienes sufren sus consecuencias, a veces por parte de la sociedad y sus conveniencias, o por parte de la misma Iglesia.

La palabra del Padre después del Bautismo, declara a Jesús “mi Hijo amado, mi predilecto”. Esto quiere decir que es ungido, escogido y consagrado para la misión por el Padre. La preposición “mi” repetida, pone de relieve la intención del Padre. Cuando Jesús acuda a la sinagoga de Nazaret, leerá precisamente este texto para ratificar su misión y empezará su camino al Calvario. Varias veces tenemos que elegir entre lo que conviene a la sociedad, opinión, autoridades, o ser fieles a los principios que vive y defiende hasta la muerte Jesús.

Si Jesús, desde el día de su nacimiento en el Portal de Belén comparte nuestra condición humana, ahora con su Bautismo carga con nuestras deficiencias y pecados; se compromete de lleno en un intento de recuperarnos y de llevarnos a Dios. Y créeme: un día todos seremos juzgados por Él, sentado a la derecha del Padre por la fidelidad y el amor, y olvídate de las conveniencias u opiniones de los que cumplen su propia misión o intereses, incluso en el nombre de Jesús o del Padre Dios.

No me explico cómo hay quienes piden ser bautizados, sin estar conscientes de lo que implica vivir con esta bendición, y que después de recibirla pecan, denostan, critican, señalan y hasta blasfeman, aun sabiendo el dolor que provocan a sus (nuestros) hermanos.

Tal vez por eso nos quedamos tan fríos y tibios en las consecuencias de la vida cristiana posterior. No queremos implicarnos demasiado y esperamos  mensajes para que la autoridad nos resuelva todo, en vez de tomar nuestras propias decisiones. A veces estamos más pendientes de lo que opinan los demás sobre algún nuevo escándalo en nuestra Diócesis, que de nuestro propio criterio. Ya nos acostumbramos tanto a que otros hablen por nosotros, que nos quedamos callados y preferimos ser manipulados por quienes ven solo por sus intereses personales.

El Señor empieza su misión en el Bautismo, y la será fiel hasta el final. ¿Dónde has quedado tú en este camino? Hay que recuperar el camino de valores, de lealtad, de fidelidad y de compromiso, tanto en la sociedad, como en la Iglesia. Sin ellos seremos como “una campana que resuena o un platillo que retiñe”. (Cor 13,1).

La escena del Jordán es el principio de la vida pública del Salvador. A nosotros se nos abre también un tiempo “normal”, de camino corriente, tras la maravilla que hemos celebrado en Navidad. Pero también es tiempo de espera, de ilusión y entusiasmo familiar en la sociedad y en la Iglesia. No perdamos esta oportunidad de convertir este tiempo en algo “extraordinario”; no te quedes atrás como un espectador, porque “la verdadera sabiduría de la vida consiste en apreciar lo extraordinario en lo común”.

 

Padre Ángel de Jesús Salvador

Comentarios de Facebook
Noticia anterior

Regalan dulces y juguetes

Siguiente noticia

Solo daños materiales deja percance