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Somos un número

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Con frecuencia me quejo de la pasividad de los prestadores de servicios, pero la tecnología nos gana y las costumbres de nuestro país vecino también avanzan y no hay muro que lo detenga.

No soy fanática de la comida rápida; me gusta comer tranquila, acompañada de un vinito, y si tengo buena compañía ya la hice, y mi corazón se siente como una mariposa que vuela de rosa en rosa.

Desgraciadamente el “fast food” llegó para quedarse, y se me contraen los intestinos al tener que leer los odiosos carteles de miles de combinaciones gringas —y otras que ni por casualidad tengo idea de qué se tratan—, y veo que son la misma gata pero revolcada con diferentes acompañamientos y con nombres muy “nice”, que me desacomodan el alma.

Y si tenemos que ir a esas fábricas de ruido y enormes filas, ¡ay, mi santa madre!, ni se te ocurra preguntar algo porque el dedo inquisidor del servidor te señala que ahí lo tienes, como diciendo: no sabes leer pen… itente, y si vuelves a hacer otra pregunta escuchas con terror el sonido impaciente de todos los zapatos que están detrás de ti pidiendo tu cabeza.

Estoy segura que todos esos sabiondos ya conocen su torta o su pizza favorita y  no se atreven a hacer más preguntas por no parecer retrasados, y lo mismo sucede con las miles de combinaciones que hacen con el café y que son la misma gata revolcada, y para terminar te preguntan tu nombre que apuntan en un horrible vaso de cartón donde tomarás tu café, y a esperar tu pedido con una oreja pendiente para escuchar cuando te llamen, y otra para correr y buscar los aditamentos que quieras ponerle a tus alimentos acartonados que no saben a nada.

El otro día pedí una tisana, y me pregunta el impaciente verdugo: “¿azul o blanco?” Ah, chinga… ¿pues cuál es uno y cuál el otro? Y para evitar que me saliera la casta y mandara a todos a la fregada, le dije que me diera el que le diera la gana.

Cuando te gritan para recoger tu cara ración, me siento como una víctima del Holocausto.

No está en mí ir en contra de la modernidad, solo pido un poco de paciencia para los que estamos acostumbrados: a que te atiendan con cortesía, y disfrutar un buen plato bien sazonado, platicando, sin tener que correr y parar las orejas para escuchar tu nombre.

Rosa María Lara Aguirre

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