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Buenos días, buenas noches

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Sol y sombra

La naturaleza me obsequia una hermosa estampa cada que miro a través de mi ventana. Imponente palmera me saluda, pienso emocionada en mis amaneceres, mientras despierta la mañana y el sol baña con sus primeros rayos el nuevo día.  El batir de sus ramas parece decir, ¡buenos días!

Con la llegada de la noche se repite el hermoso momento. Entre las sombras advierto si hace aire, por el ir y venir de sus hojas; si no hay viento, admiro la apacibilidad de la palmera que igual se apresta al descanso mientras parece lanzar un guiño de ¡buenas noches!

Así ha ocurrido desde largo tiempo atrás en una especie de secreta complicidad. He visto pasar numerosas primaveras, veranos, otoños e inviernos, con la gallardía y fortaleza de su presencia ante mis ojos.

Sin embargo, un par de meses atrás me percaté que el verde tono de sus ramas disminuía, es decir, como que iba perdiendo color. Me dije, seguro es algo normal del invierno, aunque sé que las palmeras no pierden, como otras plantas, ni ramas ni hojas a causa de la estación más dura del año, menos aquí en Campeche que parece eterna primavera.

Iniciado el nuevo año noté que su aspecto no mejoraba, al contrario, cada vez perdía más colorido, incluso me atreví a pensar que sus ramas empezaban a palidecer y perder vigor, doblegándose ante la natural fuerza de gravedad.

Es marzo y desde hace días ya no recibo el tradicional saludo matutino o vespertino. Desde mi ventana poco puedo adivinar lo que sucede a sus raíces; lo que alcanzo a observar es que la palmera creo que está despidiéndose en silencio. Ignoro si a causa de alguna enfermedad de las que son comunes a las palmeras o por falta de agua, o quizá la vejez le llegó.

Hoy he visto que todas sus ramas están caídas como mirando al suelo, no hay verdor ni color, su largo tallo se va secando, una que otra rama se ha desprendido. Es nostálgico mirar cómo se escapa la energía de un magnifico árbol que muere de pie.

Sé que unos de estos días, al levantarme y mirar por la ventana, habrá desaparecido, habrá caído sola o habrá sido levantada del suelo, como decía Saramago.

Cuando ese día llegue estoy cierta que no sentiré tristeza, me dará alegría que esta palmera haya concluido su transición por este mundo y que, en nueva semilla, renacerá en algún sitio.

Estaré agradecida con la naturaleza por tantas mañanas y noches alegres que me regaló esta inesperada amistad a distancia, y como dice aquella bella estrofa de la conocida canción interpretada por Alberto Vázquez, “Tenemos recuerdos… este árbol y yo”.

 

Bertha Paredes Medina

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