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Vocero diocesano, lenguaraz y acéfalo

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Pese a que arrastra una historia personal más negra que las manchas de hollín de las paredes de la Iglesia Catedral y del seminario, en donde varios menores de edad han sido mancillados por curas borrachos, homosexuales y pederastas, el vocero de la Diócesis de Campeche, Gerardo Casillas González –¿primo hermano del obispo José Francisco González González o alguna otra afinidad?— soltó la lengua sin conectar el cerebro.

La hemorragia intelectual del emisario del jerarca que desintegra, dispersa y disgrega a la Diócesis de Campeche, cuando en teoría debería integrarla, reunirla y unirla, tuvo su punto álgido cuando afirmó que el sacerdote veterocatólico Luis Felipe Izquierdo Cundafé ¡no pertenece a la religión católica!, y la piedra del egoísmo, la farsa y la mentira que lanzó —de acuerdo a la ley de la gravedad—  se precipitó y le cayó en pleno rostro.

Vaya con Casillas. Claro que quien acusa de pederastia por las vías penal y civil a los sacerdotes Martín Mena Carrillo y Francisco Velázquez Trejo, no es miembro de la Iglesia Católica. Precisamente se separó de ella, luego de que hace algunos años esos dos curas ebrios abusaron de él y de otros menores de edad.

El embajador del sultán de las Tres Piedras intentó en vano sorprender, cuando con el índice de su malestar casi islámico, señaló lo que, como coloquialmente se dice, todo mundo sabe que Luis Felipe Izquierdo Cundafé dejó ser católico.

Es cierto, no hay novedad en ello. Desde el primer contacto que Luis Felipe tuvo por vía telefónica desde Chile con la televisora Telemar y con nuestra casa editora, TRIBUNA, lo dejó en claro, y así lo ha recalcado durante sus permanencias en Campeche para ratificar sus denuncias penal y civil contra sus abusadores Mena Carrillo y Velázquez Trejo, como también en las ocasiones que ha entregado pruebas que robustecen sus demandas.

Pero cómplice, tramposo, taimado, mañoso y mentiroso, Gerardo Casillas González hace como que le hablan de arriba —y no precisamente de los cielos, sino de los aposentos del obispado en la Iglesia Catedral—, y olvida decir que Luis Felipe no solo fue miembro de la Iglesia Católica, sino que aspiraba a prepararse en los seminarios mayor y menor, para un día ser ordenado sacerdote. Una ilusión que lo llevó a vivir episodios de infierno.

Quienes tenían la misión de ayudar a formarlo en lo religioso, espiritual y el conocimiento del cristianismo, Martín Mena y Francisco Velázquez, terminaron por agredirlo y lastimarlo con acciones sodomitas. Destrozaron para siempre su virginidad física y moral, hicieron añicos su dignidad cristiana, irremediablemente lo despojaron de esperanza, pisotearon sus derechos humanos y quebrantaron su fe.

Fue tan enorme el daño que los curas pederastas le provocaron al entonces menor de edad Izquierdo Cundafé, que lo orillaron —ya se ha insistido— a que intentara quitarse la vida, máxime cuando con un último hálito de esperanza en los representantes de la Iglesia Católica, recurrió por ayuda moral y legal primero ante el entonces obispo de Campeche, Ramón Castro Castro, y luego ante su sucesor José Francisco González González, que sin recato ni disimulo le dieron la espalda, y han seguido defendiendo a capa y espada a los curas pederastas.

Así, sin encontrar eco a sus denuncias, sin hallar respaldo de los pastores de la Diócesis, sin que las enseñanzas cristianas de solidaridad, apoyo, comprensión, humildad, caridad, esperanza y fe se hicieran presentes en ningún momento para hacerle justicia contra sus abusadores, Izquierdo Cundafé, siendo todavía menor de edad, tuvo que enfrentar su propio y verdadero viacrucis personal, duro y severo.

Muy diferente a los rezos sin sentido, los rostros falsamente compungidos y los hábitos clericales que en realidad son disfraces que cubren las perversiones de los curas Mena Carrillo y Velázquez Trejo y sus cómplices Ramón Castro y José González. Hay que decirlo sin vacilaciones, treguas o miedos.

No obstante, dotado de una fe que temporalmente flaqueó, pero que definitivamente se fortaleció ante sus violadores, Luis Felipe siguió creyendo en la doctrina cristiana y logró ser ordenado sacerdote veterocatólico. Actualmente desempeña su misión espiritual en la República de Chile.

Izquierdo Cundafé no pertenece a la Iglesia Católica, insistió Gerardo Casillas. Y eso es cierto. Tan cierto como que el descubridor de la vaselina en polvo falta a los principios de esa Iglesia. ¿O a poco cree que no se sabe que él no ha respetado el celibato? Aún más, ¿pasará la pensión a su descendiente o descendientes como señala la ley?

Otro exabrupto de Casillas es su exhorto a no acudir a los rituales o sacramentos que los veterocatólicos realizan, porque ¡no obedecen al Papa! Y habla de Chile, no de Campeche. Aquí no existe esa congregación separada de la Iglesia romana.

Si de atinarle a la bacinica se tratara, Casillas González no sería precisamente un francotirador, porque si algo refulge en estos días de estiaje, es que Castro Castro y su sucesor González González no han obedecido las pretensiones papales de actuar cuando tengan noticias de abusos de curas contra menores. Los curas en Campeche acusados de pederastia y daños moral y psicológico, entre otros, permanecen en sus ministerios.

Otra muestra evidente de estulticia es el enclenque argumento de que el arzobispo de Chile, Cristian Caro, señaló que los ritos de los veterocatólicos no están incorporados “en el reconocimiento mutuo del bautismo cristiano por las iglesias cristianas” de aquel país. ¿Caro? Caro le está resultando el caldo a José Francisco, por las “albóndigas” tan pequeñitas de su vocero.

“Ellos —los veterocatólicos— tienen doctrinas abiertas, incluso contrarias, abriéndose en algunos casos al divorcio, relaciones homosexuales o al aborto”, deslizó también Casillas y ya encarrerado se lanzó igualmente contra la agrupación de Católicas por el Derecho a Decidir.

Otro desaguisado lo constituye la aseveración de que no están autorizados para promover el Evangelio. ¿Y de quién necesita autorización quien pretenda incursionar en esa faena? ¿Desde cuándo Casillas y adláteres se arrogaron el derecho a decidir lo que hace cada quien en favor de su fe? ¿Quién les escrituró el monopolio de la salvación de las almas?

Para rematar la cadena de incongruencias, Casillas llamó a los fieles a unirse a la Semana de la Caridad, durante la cual el jerarca de la Diócesis de Campeche pretende recibir generosas donaciones, “para los más necesitados”, que no están en los cinturones de miseria, sino en la mansión palaciega que Castro Castro construyó en el cerro de las Tres Piedras.

José Francisco sigue con absoluta fidelidad y supera ya con creces no la humildad que proclamó Jesucristo cuando estuvo en la tierra, sino el insultante y desvergonzado enriquecimiento de Ramón Castro Castro, quien se adueñó de tierras ejidales en Cuernavaca, Morelos, solo para construir su casa de campo y su cancha de tenis, y además se clavó las reliquias de oro del Arzobispado.

Sí, Gerardo Casillas González, el vocero de Francisco González, tiene la viga atravesada en el ojo, y en su altanería, simulación y estupidez, lleva la penitencia. ¿Viacrucis? El que padeció Luis Felipe Izquierdo Cundafé, quien con valor civil sigue exigiendo justicia contra los curas homosexuales, borrachos y pederastas.

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